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Sunday, January 30, 2011

MARTHA ERES UNA MALDITA


Acaso sea Martha la mujer que mejor conoció a Hemingway. Acaso sea la única que lo entendió. Uno muchas veces lee y relee anécdotas, datos, referencias, torpes crónicas y se queda siempre con la sensación de saber quien fue Martha Gellhorn.
La crónica que sigue es una de las mejores que leí. La entrego con el placer de que todos tengamos la misma experiencia.


Martha Gellhorn: La reportera de batalla



Ninguna de las guerras que estallaron en sus ochenta y nueve años de existencia le fueron ajenas. Conflictos pequeños o masivos, cortos o prolongados, originados por la disputa de un pedazo de tierra o por el control del poder, entre nacionales o contra la invasión extranjera; no había una sola tragedia humana que le fuera ajena. Por eso se hizo periodista.


No nació reportera ni se lo había propuesto. De hecho, el escritor inglés Nicholas Shakespeare, quien fue su amigo en los últimos años de su vida, recordó en un revelador apunte biográfico que publicó en 1998 en la revista “Granta” (ella falleció el 15 de febrero de ese año) que antes de que apareciera un artículo con su nombre y apellido fue protagonista de un escándalo en París cuando la prensa informó que vivía abiertamente un romance impropio con Bertrand de Juvenel, quien era el hijastro y amante de la escritora Colette. Eran principios de los 30, Paris era una fiesta, y ella, rubia y enérgica, tenía algo más de veinte años y había llegado por primera vez a Europa con 75 dólares en la cartera, en busca de un tema para su novela. Porque ella deseaba ser escritora y nunca periodista. Su época y sus impulsos la convirtieron en reportera, una de las más grandes de todos los tiempos.


Nació en Missouri, Estados Unidos, en 1908, y su padre fue un migrante prusiano que amaba viajar como un condenado; su madre, Edna Fischel, fue una indómita mujer que participó activamente en un movimiento que luchó por el derecho de la mujer al voto. Libertad y rebeldía heredó de ambos esta mujer que sólo soñaba con dedicarse totalmente a la literatura y nunca al periodismo, cuando en 1936, en un bar de Key West, Florida, conoció al escritor cuyo nombre comenzaba a resonar debido a libros como “Fiesta”, “Adiós a las armas” y “Las verdes colinas de África”. Ernest Hemingway la deslumbró diciéndole que en España había estallado una guerra civil y que él iría como “corresponsal antiguerra”, como cronista de los guerreros del lado que según él representaban la justicia y la libertad: Los republicanos. A ella le fascinó la definición “corresponsal antiguerra” y aceptó al año siguiente viajar con él a Madrid, y vivieron juntos en el mismo hotel. Por si acaso se había conseguido un papel que decía que colaboraba en la revista “Collier’s”, pero la verdad es que le aterraba la idea de ser testigo de tanta violencia, sobre todo entre connacionales. Así empezaba cuando una bomba estalló en el hotel y tuvo que salir a ver lo que sucedía.


Sin nombrar a Hemingway, en la introducción de su libro de crónicas El rostro de la guerra recordó ese momento revelador que la marcaría para siempre: “Unas semanas después de haber llegado a Madrid, un amigo periodista me sugirió que escribiera. Al fin y al cabo, yo era escritora, ¿no? Pero, ¿Cómo podría escribir sobre la guerra, qué sabía yo de ella, y para quién iba a hacerlo? En primer lugar, ¿Cómo empezó todo? ¿Tenía que ocurrir algo colosal y definitivo para poder escribir un artículo? Mi amigo periodista sugirió que escribiera sobre Madrid. A quién podría interesarle, pregunté yo; lo que allí sucedía no era más que la vida cotidiana. El me hizo ver que aquella no era la vida cotidiana de todo el mundo. Era la guerra”. También recordó el envío de una primera crónica a la revista “Collier’s”, describiendo los horrores del conflicto y las matanzas de la población civil. Ella creyó que jamás la publicarían, pero se equivocó. La contrataron de inmediato.


Ese fue el principio de una portentosa carrera de sesenta años que la condujo a los escenarios de conflicto más diversos; y así como pudo observar la sofisticación progresiva de los armamentos, la modernización de las estrategias bélicas y la aparición de diversas formas de confrontación de famélicos pueblos contra grandes potencias, también mantuvo durante toda su vida una vigorosa campaña antibélica. La más notable de las corresponsales de guerra del mundo era una consumada pacifista que nunca declinó su permanente denuncia contra quienes inventaban batallas para engrosar sus cuentas bancarias. La más devastadora epidemia de la que todavía no se desprende la humanidad, decía ella, no era ni la corrupción ni la droga sino la venta de armas. Y lo decía con la certeza de quien había sido testigo de los peores enfrentamientos, como una periodista a quien le importaba más el sufrimiento de la gente que los cubileteos diplomáticos para alargar las guerras o la eficacia de las tácticas bélicas con tecnología de punta. Ella prefería escribir sobre la lucha por la vida, y no sobre las victorias de la muerte.


En eso se diferenciaba de Hemingway, a quien le fascinaba jugarse la vida y adoraba los conflictos armados, pero sobre todo ser protagonista de los mismos. Sus crónicas de la guerra civil en España son relatos en los que el centro de la atención suele ser él, mientras que ella, quien también había visto lo mismo que él, prefería que los combatientes y la gente relatasen las penurias de los días de fuego. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de que tarde o temprano sus discrepancias terminarían por erosionar y terminar con su relación, después que ella viajó a Finlandia para presenciar la invasión nazi a ese pacífico país, se trasladaron juntos a China para relatar la guerra de liberación dirigida por Chiang Kai-Chek contra la invasión japonesa. Y después de casarse el 21 de noviembre de 1940, estuvieron en los diversos frentes aliados en Europa que combatían al enemigo común alemán. Cuando el 25 de agosto de 1944 Hemingway celebraba la liberación de París en el Hotel Ritz, el matrimonio había naufragado y cada uno estaba por su lado como escritores y periodistas. Es más, entonces el novelista se había enamorado de otra persona con la que se casaría por cuarta vez, Mary Welsh.


La tercera mujer del autor de “Por quién doblan las campanas” – a quien le dedicó el libro – jamás hablo públicamente de la vida que compartió con él, sencillamente porque creía que no era importante. En Notingh Ever Happens to the Brave, que biógrafo Carl Rollyson escribió sobre ella, el autor reconoce que la reportera jamás acepto una entrevista con él, porque consideraba que todo lo que se quería saber de su existencia estaban en sus artículos. “Detesto las biografías por que solo se interesan en tus amantes y tus excentricidades”, le dijo ella a Rollyson: “se decidió mantener los detalles de mi vida intima en la oscuridad”. No obstante, el autor llego a la conclusión de que Hemingway fue el más grande error de su vida, llego a comentarle a Nicholas Shakespeare algunos aspectos reveladores de los años que compartió con Hemingway. “Me propuso matrimonio con tanta vehemencia que si no aceptaba me asesinaba en al acto”. Relato la reportera de guerra. “Era una inevitable atracción de opuestos. Cuando había decidido matarlo, de pronto aparecería con una enorme e irresistible sonrisa. Al enterarse mi madre de que me había casado con él, me dijo: “cómo pudiste hacerlo, Martha. Tú eres feliz. No podrán vivir juntos”. Tuvo razón. Mi madre fue a la única persona de mi familia a quien él quiso, hasta que un día Ernest le envió el manuscrito original de “El viejo y el mar” y ella se devolvió dulcemente diciéndole: “Gracias, pero ya tengo el libro”. El nunca más le dirigió la palabra. Era un egoísta y borracho. Jamás se atrevía a contestar el teléfono. Cuando escribía no existía el mundo para él. Era chocante para las mujeres, pero no era muy atractivo en la intimidad. El sexo para él era una necesidad, como las vitaminas. Al terminar mi novela ‘Liana’ me dijo que ‘estaba bien para una chica’, pero a mi madre le había escrito: ‘Es lo mejor que he leído hasta ahora’. La verdad es que me limitó en mi trabajo. No quería que fuera al frente de combate. Ya no podíamos seguir juntos. Cuando lo deje y le pedí el divorcio, al poco tiempo la noticia apareció en la revista ‘Time’. Yo lo único que quería era recuperar mi apellido y dejar de ser la mujer de Hemingway”.


“¿Qué sintió cuando se entero de que se suicido con un disparo en la boca?”, le pregunto Nicholas Shakespeare.


“Nada”, fue su única respuesta


Ella era así, de carácter bronco y decidido. En Hemingway: The Final Years, el quinto tomo de la monumental biografía escrita por Michael Reynols, reconoce que fue ella la única mujer que mantuvo a raya al novelista norteamericano fanfarrón y desconsiderado: “Toda su vida él forzó a sus esposas a que le pidan el divorcio para no sentirse culpable del rompimiento. Con Martha los roles fueron al revés. Cuando él regreso a la casa, su esposa ya no estaba y supo de ella solo cuando le reclamo el divorcio. Por eso jamás le perdonaría la vergüenza que le hizo pasar”. Así fue como la reportera siguió las incidencias del final de la Segunda Guerra Mundial sin su marido, de quien no supo que se había matado. Ella no había abandonado su carrera; por el contrario, se dedicó de lleno a los más importantes conflictos de la postguerra, como la división de Corea, el levantamiento popular en Java contra los colonistas holandeses y la guerra de independencia israelí frente a las Naciones Árabes en Oriente Medio, sin contar el juicio a los jerarcas nazis en Nüremberg. “Los pueblos no exigen nunca guerra, como prueba el hecho de que ningún pueblo cree haber iniciado una”, escribió a principio de los años sesenta. Entonces había decidido dedicarse solo a sus novelas y dejar el periodismo, pero el más pavoroso de los conflictos en los últimos cincuenta años la devolvió al campo de batalla: Vietnam.




“He escrito ficción porque era lo que deseaba hacer, y me he dedicado al periodismo por curiosidad”, asi justifico su viaje a la península de Indochina. “La curiosidad, creo, no tiene límites, se acaba con la muerte. Aunque he perdido hace tiempo la cándida fe en que el periodismo sea la luz que ilumina los recovecos de la vida, todavía creo que es mucho mejor que la total oscuridad. Alguien tiene que hacernos llegar las noticias, ya que no podemos saber todo por nosotros mismos. Yo no quería saber nada de las nuevas estrategias militares, ni ver otra vez como hombres jóvenes se mataban unos a otros por orden de sus vetustos superiores. Decidí ir a Vietnam porque tenía que saber por mí misma, ya que no lo podía saber por nadie: qué le ocurría a aquel pueblo sin voz de Vietnam”.


En una de sus más memorables crónicas concluyó de la siguiente manera un texto sobre la intervención norteamericana que acabo de modo catastrófico y humillante: “La guerra de Vietnam no es en absoluto un problema exclusivamente americano; es un problema de todos. Y puede ser nuestra última oportunidad para entender que ya no podemos permitirnos ni siquiera las guerras pequeñas. Puede que finalmente hayamos llegado al momento de la verdad y debamos decidir que ha quedado obsoleto, si la guerra o la especie humanan”. No era una fanática que agitaba a las masas con una pluma flamígera. Era una observadora pertinaz, y con la seguridad de haber estado en el terreno de los hechos, se forjaba una opinión. De allí que incluso criticaba a sus colegas: “Son crueles los reportajes sobre la guerra que parecen la descripción de un partido de futbol entre un equipo de héroes y otro de villanos, en el que el marcador reflejase el ‘número de cadáveres’ y el ‘porcentaje de muertos’”. Por su objetividad y vehemencia, su fervor incalculable para las víctimas, sus reportajes fueron incluidos en Reporting Vietnam, la más reciente y famosa colección de artículos de periodistas norteamericanos sobre la guerra que un hambriento y pobre ejercito gano a la más poderosa escuadra militar del mundo.


Estuvo en el Medio Oriente para la guerra de los Seis, en Nicaragua cuando los “contras” financiados por la CIA intentaron derrocar a los sandinistas, en El Salvador en los días de la salvaje represión militar con los auspicios de la Casa Blanca, en la invasión norteamericana de Panamá para derrocar al ex socio incomodo Manuel Antonio Noriega. Tenía más de ochenta años y mantuvo al tope el entusiasmo y la indignación contra la guerra, como cualquier otro muchacho que recién empieza a reportear conflictos. En uno de los últimos prefacios que escribió para su colección El rostro de la guerra, hizo un recuerdo de su existencia: “Después de una vida observando la guerra, considero que ésta es una enfermedad humana endémica, y que los gobiernos son sus portadores”, se explico: Escribí muy deprisa, como tenía que hacerlo; y siempre temía olvidar el sonido, el olor, las palabras, los gestos exactos que eran propios de ese momento y ese lugar. Pero la cualidad de estos artículos es que son de verdad, cuentan lo que vi. Puede que recuerden a otros, como me recuerdan a mí, el rostro de la guerra.


Nicholas Shakespeare – el escritor inglés que vivió en Lima y cuya novela The Dancer Upstairs (El bailarín del piso de arriba) se inspira en la captura de Abimael Guzman -, cuenta que ella odiaba que no le creyeran alguna de las historias que escribía. No soportaba que se dudase de su testimonio y experiencia. “Yo no puedo inventar”, solía expresar: Aunque no podía fumar, viajar, leer o beber, ella estaba al tanto de las noticias. “la conocí cuando estaba investigando el caso de los niños de la calle Brasil”, recordó Shakespeare: “Tenia 87 años y estaba fascinada con su trabajo de periodista como una adolescente”. Antes de morir instruyo a la hija que adoptó, Sandy, que cremara sus restos y arrojaran sus cenizas al Támesis “para continuar viajando”. Ella era Martha Gellhorn. Y bien pudo llamarse Coraje.


Fuente: La República – Ángel Páez

Saturday, January 22, 2011

ALGUNOS PIENSAN QUE HEMINGWAY EXISTE

Camino por la calle La Pampa. Estoy recién llegado de San Martín de los Andes. Todavía sigo pensando en el lomo de trucha y el chocolate caliente. Sigo. Me detengo en una librería por ese vicio inútil de mirar portadas de libros. Leo, se llama “El Banquete”, recorro con la mirada la vidriera, sorpresa:LA PIPA DE HEMINGWAY. Ingreso, le pregunto a la niña cómo llegó allí ese libro, me responde que nunca se sabe cómo llegan...!!llegan!!, me dice. De nada sirve que le diga que soy su autor. Le pregunto el precio. Me dice 18 pesos. ¿Lo lleva?. !!!Sí...claro!!!,respondo. Uno siente algo extraño cuando compra su propio libro en una librería sin que el librero advierta que es el responsable. Salgo. Llego a Avenida Cabildo. Ingreso en Manhattan, un café clásico de Belgrano. Saco de mi mochila la netbook. Busco Twitter y aparece un mensaje de Patricio Carranza. Con él me pasa algo especial, nos conocemos muy poco pero hay una suerte de “química”, así se dice,no. Bien, yo le regalé mi libro y Patricio el suyo. Él ya leyó LA PIPA, yo todavía estoy en deuda. Bueno, pero ahora me sorprende con una crítica que la siento profundamente porque el objetivo de mi libro era el que comenta Patricio. Les dejo la nota y a Carranza mi agradecimiento.

UN BUEN VASO DE RON por Patricio Carranza


El 22 de diciembre escribí en mi muro de Facebook: “Hermano, es el mejor ron que bebí en mi vida”, fragmento del libro “La pipa de Hemingway”, del escritor José María Gatti. Una buena amiga de Rosario agregó: “Ese comentario solía escuchársele a don Ernest cada dos horas aproximadamente”. Lo que mi amiga no sabía es que esa frase no perteneció a Ernest Hemingway, sino al peruano Hugo Patiño, amigo de Gatti que, en un abuso de confianza, le vació una botella de ron Gran Añejo Vigía (identificada con el número 2756) que para Gatti tenía un valor que iba mucho más allá de su graduación alcohólica. Una pérdida irreparable.


Anoche terminé de leer “La pipa de Hemingway”, un libro que me dejó una sensación extraña. Digo esto porque es un libro que no tiene final. Y que no lo tendrá aunque Gatti escriba infinitas secuelas. Porque es una bitácora -así lo describe el propio autor- de un viaje que parece no terminar nunca. En rigor de verdad, “La pipa de Hemingway” es la recopilación y publicación de los primeros posteos publicados a lo largo de 15 meses por José María Gatti en su blog del mismo nombre (www.lapipadehemingway.blogspot.com).


Y aquí va mi confesión. Nunca -y cuando digo nunca quiero decir jamás- leí nada de Ernest Hemingway. Ni media palabra. Sabía de él, claro, como sé de tantos otros escritores cuya lectura de sus obras es todavía para mí una asignatura pendiente. Lo curioso es que a partir de ahora lo conozco. Como deslicé hace unos días en Twitter, leyendo este libro sentí algo de pudor; de la mano de Gatti me metí en la vida del escritor norteamericano por la ventana. Lo espié. Supe de sus grandezas y de sus más profundas bajezas. Ahora sé de él más que de cualquier otro escritor que haya leído. Y eso me produce una sensación rara.


Cuando terminé de leer a Gatti me vino a la memoria una antigua charla post asado con un grupo de amigos. Con algunos decímetros cúbicos de tinto en el estómago, discutíamos si debíamos o no disociar al “barrilete cósmico”, al D10S, al elegido, del ser humano de Fiorito que con frecuencia nos daba alguna razón para putearlo. Llegamos a la conclusión casi dogmática de que “el Diego” es uno solo. Un privilegiado que juega a la pelota por instinto, que no necesita pensar lo que va a hacer con sus piernas: solo lo hace. Y también un chico que se hizo grande de golpe y a la fuerza, de la noche a la mañana. Diego Armando Maradona no sería él si le sacáramos cualquiera de sus componentes. Como a la mayonesa.


Con “La pipa de Hemingway”, José María Gatti expone a Hemingway al extremo, con la evidente intención de provocar. Pone toda la carne al asador. Demuestra que el escritor, el alcohólico, el misógino, el bipolar, el suicida, forman parte de un mismo y único producto. De esta forma no quedan excusas para enfrentar sin tapujos su obra literaria. Cosa que voy a hacer muy pronto.






Sunday, January 02, 2011

EL HEMINGWAY BISEXUAL


Uno como investigador muchas veces supone cosas. Después chequea datos y pregunta a otros colegas si son creíbles las referencias. Generalmente se discute; apasionadamente cada cual da su opinión, pero en la mayoría de los casos el punto final siempre es en soledad. El investigador que no se juega es un cobarde.

Desde hace tiempo se viene insistiendo en la bisexualidad de Ernest. Recuerdo que cuando en el Foro Cubano de 2007, este cronista habló sobre la bipolaridad de Hemingway, todos me miraron asombrados y sentí que me decías: “de eso no se habla”. Claro, parece ser que ciertos personajes son más de bronce que de carne y hueso y su situación estatutaria los inhibe de ser pecadores. Uno calla, pero la bisexualidad de Hemingway no era secreta. Ya sabemos de esa historia infantil con ropa de mujer, de la madre acariciando a su alumna de música, de las recomendaciones de Gertrude, Zelda, Dos Passos, en fin, la lista sería enorme. Cuando “Hem” escribe “El jardín del Edén” algo nos está diciendo. Cuando habla sobre Gregory hay todo un mensaje. Ahora… ¿quién se atreve a decir lo que se supone? Gatti, Recchia, Arenas… no, su nieto John Hemingway, el hijo de Gregory. Y lo hace con la altura que merece el tema. Desde ya que su libro es para un público acotado. Y los que tenemos la suerte y el beneficio de conocerlo no hacemos olas en el océano. Pero ahora la cosa es distinta, el periodista Mauricio Hernández de la revista Caras, versión mejicana, avanza con un reportaje donde John cuenta pelos y señales sobre la relación de su padre y abuelo. Lean el texto y después sigo:


La descendencia de Hemingway. Una "Extraña Tribu".


John Hemingway es autor del libro Strange Tribe: A Family Memoir; su padre, Gregory cambió de sexo; y su abuelo, Ernest, ganó el premio Pulitzer y el Nobel de Literatura.


Por: Mauricio Hernández


Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la familia de John Hemingway es una Tribu muy extraña.
John nació y creció en Florida mientras su padre estudiaba medicina en la Universidad de Miami. Ahí vivió hasta que cumplió 17 años, ahí empezó a descubrir su gusto por la literatura (tanto hacerla como consumirla). Emigró a Connecticut para concluir el bachillerato y al finalizar se cambió de costa y decidió estudiar historia en la Universidad de California en Los Ángeles.
“Soy una persona muy accesible, con un temple dominante - herencia familiar, sin duda - feliz por las publicaciones de mis escritos, a quien le gusta hablar con la gente y viajar”, cuenta John a Caras. “Escribir no es un pasatiempo, es una pasión y una profesión; me gustaría ser recordado como un buen escritor, aunque sin duda también me recordarán como el nieto de Ernest Hemingway”.
El joven Hemingway nos cuenta del divorcio de sus padres (cuando él tenía seis años), generado, principalmente, por los problemas que tenían los dos, pero que a pesar de ello, considera como una relación no del todo mala. También platica de la convivencia con sus diez hermanos y la excelente relación que lleva con su hermana mayor Lorian.


A pesar de las creencias populares, el contar con el apellido Hemingway no fue una ventaja para que John pudiera imprimir Strange Tribe: A Family Memoir. “No fue fácil encontrar un agente literario; tuve tres antes de dar con el correcto. Envié mi libro a tres diferentes editoriales antes de que mostraran interés por él. Puedo decir que tuve algunos beneficios por mi apellido, pero no es tan fácil como la gente piensa”, concluye.


John afirma que buscaba develar el contradictorio comportamiento de Ernest Hemingway. “Crecí con la imagen de mi abuelo como el supermacho, pero quise escribir algo que se ha discutido por años, su bisexualidad. Lo que analicé, y que es diferente de lo que todos sus biógrafos no pudieron lograr, fue mostrar las similitudes entre mi padre y mi abuelo”, asegura John.
El escritor asegura que el motivo de su libro es “... comprender la relación entre mi padre y mi abuelo, ya que mi papá fue una persona diferente en todos los sentidos: travesti en la adolescencia y en 1992 se realizó una operación de cambio de sexo”.
“Para mi fue relativamente difícil asimilar la operación transgénica que se realizó mi padre; principalmente porque la imagen de Ernest siempre estuvo presente, aunque los dos tenían muchas similitudes.
“En las investigaciones que realicé, más lo que los académicos y estudios acerca de mi abuelo han comentado desde la publicación de la novela póstuma El jardín del Edén, se deja entrever que mi abuelo ya hablaba del cambio de género.
“Strange Tribe: A Family Memoir”, empieza en el momento en que mi abuelo vio a mi padre ponerse uñas postizas cuando tenía 12 años", recuerda John. “Ernest no le dijo nada a mi padre en ese momento, pero después comentó con él: "Diggy (como le decían), tú y yo provenimos de diferentes tribus extrañas", la frase me pareció apasionante”.


Bueno, aquí todos los especialistas se callan y los familiares hablan. El libro no ha sido un éxito pero eso no importa. John nos está dando letra fina y lo más curioso es que la versión se socializa a través de un medio no especializado. Caras tiene un público característico y, a mi entender, esta noticia no le agrega nada a la colonia que sigue la publicación ¿Y a nosotros?...a nosotros tampoco. Hemingway sigue siendo el transgresor de siempre y por eso está vigente.

En verdad de no haber sido por John, todos hubiéramos mantenido un silencio hipócrita y en esta bolsa, también pongo a Valerie Danby-Smith, quien fuera la esposa de Greg con quien tuvo tres hijos y aunque su vida de relación fue ciertamente trastornada por el desequilibrio de “Gigi” eso no la hace inocente.

Hasta diría en el ánimo de mostrar la cara limpia, que esa suerte de festival machista que siempre fueron los Sanfermines, desde hace tiempo vienen exhibiendo su fotografía gay, lésbica, transexual y bisexual. Existen zonas gayfriendly específicas y sitios gays que coinciden con las infraestructuras de todo el año. John es un activo participante a los festivales donde su abuelo supo tener coronita.

Como vemos nada es novedoso y todo despierta comentarios que en definitiva no hacen otra cosa que iluminar más el rostro de Hemingway.

Importa saber si Ernest era bisexual. Eso es literatura…¿literatura?.



Friday, December 24, 2010

LOS OVNIS DE HILARY HEMINGWAY


Hilary Hemingway, sobrina de Ernest Hemingway, nunca llegó a conocer a su célebre tío. Como varios de sus parientes, tal vez apasionada por la letra impresa, Hilary decidió ser escritora, tarea nada fácil por llevar un apellido con demasiada carga. Sin embargo, la literatura de Hilary nada tiene que ver con fusiles, guerras, toros, pendencieros, rufianes, borrachos, pescadores, elefantes, mujeres fatales y suicidios. En verdad, los familiares del ilustre novelista fueron más prácticos y en lugar de comprometerse con una literatura de guerra se conformaron con una de batalla. Hilary está desde hace años buscando ovnis y no sería de extrañar que en su viaje se tope con el borrachín de su tío. Para que todo no sea una crítica, los invito a leer el artículo que sigue. Es posible que este narrador sea el equivocado.



Hilary Hemingway y su Dreamchild

por  Sean Casteel

El fenómeno ovni y los secuestros alienígenos parecen tener una capacidad infinita para sorprender y generar nuevas relaciones extrañas al “mundo real”. Por ejemplo, puede que los sorprenda saber que Hilary Hemingway, sobrina de Ernest Hemingway, a menudo considerado el más grande escritor del siglo 20, actualmente se gane la vida escribiendo novelas que hacen uso de la investigación sobre el secuestro y otras relaciones con los fenómenos OVNI.

“No estoy del lado de la familia que heredó el dinero de la finca de Hemingway”, dijo Hilary. ”Tengo que ganarme la vida. Y eso es bueno. Te mantiene escribiendo y trabajando duro”.

Hilary dijo que ella y su marido el coautor, Jeffry P. Lindsay, tienen que producir por lo menos uno o dos libros al año para tener una vida digna. El lanzamiento de su novela Dreamchild (Forge Books, 1998), que es la segunda parte de una trilogía de “la verdad encubierta como ficción”, novelas que tejen los últimos hallazgos de la investigación OVNI en una historia llena de suspenso, donde héroes y villanos luchan para hacerse con el control de, o al menos entender, el surgimiento acelerado de una presencia extraña que se remonta al incidente de Roswell en 1947.

Fue el padre de Hilary, Leicester Hemingway, el hermano menor, dieciocho años menos que Ernest, el primero que plantó la semilla en su mente, que más tarde se transformó en su gran pasión por el tema de los ovnis. Leicester fue uno de los primeros miembros de la Oficina de Investigaciones Especiales, un precursor de la CIA, y estuvo involucrado en el espionaje durante la guerra contra los alemanes en la década de 1940. Leicester mantuvo conexiones con el gobierno de oficiales de inteligencia de EE.UU. y le hizo carpetas de información secreta acerca de lo que más tarde Hilary se dio cuenta de lo que fue, posiblemente, el famoso incidente de Roswell.

“En cualquiera de Roswell u otra de las bases”, Hilary le dijo, “había partes de un disco que se estrelló, sobre el que estaban trabajando el equipo de ingenieros, tratando de averiguar cómo funcionaba”. Así que mi papá siempre decía: “Mira para arriba, al cielo. No siempre se pasa el tiempo mirando hacia abajo, porque nunca sabes lo que vas a ver”. “Él mismo había visto unas luces extrañas, a menudo al cruzar la Corriente del Golfo”.

Desde la infancia Hilary tenía interés en el tema ovni que continuó hasta bien entrada la edad adulta. Mantuvo una caja de recortes sobre ovnis que tenía la intención de mantenerla oculta incluso de su futuro esposo.

”Mi novio y yo fuimos a la casa donde crecí”, dijo, “y estábamos preparándonos para nuestra boda, cuando él descubrió la caja de recortes. Pensé, “¡Dios, no va a casarse conmigo ahora! Él va a pensar que soy una loca”. Pero para mi sorpresa él me dijo: “Sabes, yo también tengo una caja de recortes de cuando era un niño”.

La pareja ya habían escrito durante cuatro años varias notas. Cuando se dieron cuenta de su mutuo interés en el tema, surgió un guión llamado Dreamland, que luego llevaron a Hollywood y lo presentaron a quien quisiera escucharlo. La pareja tuvo la suerte de hablar delante de un público muy especial un día y así creció el interés.

”Probablemente el punto más alto de mi carrera en Hollywood”, dijo Hilary, “fue cuando estábamos trabajando con el actor, productor y director Joe Dante y Steven Spielberg, éste se detuvo y escuchó nuestro relato sobre Dreamland. Al final, me estrechó la mano y dijo: “Tienes una gran historia. Creo que Joe debe hacerla. Siempre es bueno conocer a otro creyente. Así que he usado para firmar mis libros “Siempre es bueno conocer a otro creyente." Pensé que era lindo”.

Hilary y Jeffry lograron firmar un acuerdo con Orion Pictures para hacer el guión de una película basada en su Dreamland, pero la compañía se declaró en quiebra poco después y el reparto de la película fue cancelado. Hilary dijo que ella interpretó la decepción como producto de Dios y que debía dejar la pantalla y dedicar su tiempo a escribir libros. Aproximadamente al mismo tiempo, Los Ángeles, comenzó a perder parte de su atractivo para Hilary, quien debía criar a su niña recién nacido.

“Teníamos los Siete Signos en Los Ángeles”, dijo. ”Tuvimos motines, inundaciones y terremotos. Tuvimos insecticidas que llenaban los cubos en todo el mundo para librarse de la mosca de la fruta. Acababa de nacer mi niña, y yo quería salir de la ciudad. Así que encontramos la oportunidad de mudarnos a la Florida y escribir novelas para ganarnos la vida, y parecía que la decisión fue la correcta”.

La historia narrada en Dreamland, que fue reescrita después como novela y se convirtió en la primera parte de la trilogía escrita por la pareja, se inició cuando se tropezaron con un tablón de anuncios de la computadora que era operada por Bob Lazar y Lear Juan, quienes estaban empezando a hablar en público sobre los acontecimientos que poco después se conocieron sobre el desierto de Nevada, en el mapa OVNI.

“Ellos estuvieron escribiendo sobre esta base alienígena en el Área 51 llamada Dreamland”, dijo Hilary. “Pensamos que esto era lunático real. ¿Quién iba a creer algo así?”

Sin embargo, Hilary y Jeffry descargaron toneladas de material en la base secreta, a pesar de su continua sospecha de que había más involucrados en esta locura que el gobierno real estaba encubriendo. Un par de años más tarde, durante la Guerra del Golfo de 1991, la Radio Pública Nacional anunció que estaban viendo a un grupo de combatientes Stealth que venían de la Base de Dreamland en el Área 51, cerca de Groom Lake, Nevada. Hilary se dio cuenta: “Oh, Dios mío, todo lo que estos chicos han estado diciendo es verdad”.

Hilary y Jeffry más tarde hicieron lo que ellos llaman su “Odisea OVNI”, un viaje de vacaciones que incluyó paradas en Gulf Breeze, Florida, y Roswell, Nuevo México, así como una visita a Rachel, Nevada, el pequeño pueblo situado en los bordes exteriores de Dreamland.

“Hemos encontrado el buzón negro que marca el lugar de la Zona 51”, dijo. “Sólo se detuvo nuestro coche y miramos alrededor”


La pareja pudo ver algo por las colinas, a la distancia, que se suponía era la legendaria Área 51. Se decidió ir por el único camino en el área, y seguir el camino de tierra hasta donde pudimos, hasta que llegó el signo infame que dice: “Fuerza Mortal no autorizado Más allá de este punto." Había cámaras de vídeo pequeñas detrás de la cerca de los árboles Joshua.

”Estamos en medio del desierto y no hay nadie alrededor. Me dije, adelante. Nos dirigimos de nuevo por el camino de tierra. Fuimos detenidos por el oficial de Lincoln del Departamento del Sheriff, quien nos dijo que era un área restringida”.

Hilary sostiene que la verdadera razón por la que se detuvo fue porque su presencia era no deseada, cerca de la instalación de clasificados. El Sheriff al parecer no quería que se conozcan las imágenes de vídeo.

“No nos metieron en la cárcel”, dijo. Un año más tarde, con sorpresa vi a “Larry King Live” haciendo un show a partir de ahí. Ahora están incluso las publicaciones de mapas de carreteras que lo muestran como una atracción turística.

“El primer libro fue sobre una mujer que quería tener un hijo con su esposo”, comenzó, “estaba embarazada y no estaba embarazada. Ella sufría de pesadillas y sentía que algo le había sucedido. Finalmente descubrió que el feto había sido tomado de ella. Al final del libro, se entera de que el feto se ha puesto de nuevo en ella por los extranjeros, pero ha sido modificado genéticamente. Nos quedamos con una especie de escenario donde todo el mundo inquieto de la familia ha sobrevivido a la terrible experiencia, pero ¿cómo ha cambiado el estado de este bebé? No lo sé”

“En el segundo libro el niño tiene cinco años”, continúa, “y aparentemente es muy diferente del resto de sus compañeros de escuela. Su necesidad es ser capaz de comunicarse. Lo hace con el tiempo y es el conducto entre la humanidad y los extraterrestres. ¿Tratar de entender lo que son extraterrestres y qué quieren? ¿Cuál es su agenda? Descubrimos que su necesidad es saber el tipo de la humanidad que se mueve a lo largo de toda la vida y como se han estado moviendo a lo largo de la humanidad.

La tercer etapa esta en conceptualización, se ocupará de la historia del niño a los quince años e incluirá la parte posterior de la ingeniería de una nave alienígena en Dreamland, el punto de partida de la historia.

Obviamente en la serie, hay muchos elementos familiares, los elementos que surgen de las décadas de la investigación OVNI realizados en el mundo no-ficción por todos, desde Budd Hopkins con Erik Van Daniken. Hilary dijo que ella y Jeffry son adelantados sobre el hecho pero tiene una deuda enorme para con algunos de los nombres conocidos.

Hilary solamente dio a conocer algunos casos específicos en los descubrimientos del investigador y autor de Budd Hopkins que se tradujeron en parcelas dispositivas de ciencia ficción de la trilogía.

Aparte de las piezas exóticas de la historia, “Dreamland” y “Dreamchild”, también se basan en una gran corriente de la ciencia. De hecho hay en la "ciencia dura" muchos descubrimientos que fueron hechos durante el proceso de escritura y que aparecen mágicamente sincronizados y tienen mucho que ver con el calentamiento global, y como Hilary comenzó a especular sobre la posibilidad de una abertura del agujero de ozono en América del Norte.

“Uno descubre que lo que está escribiendo está sucediendo actualmente”, dijo, “y entonces usted tiene que escribir de tal manera que todo sea tiempo pasado. Debido a que ya pasó el momento de la publicación del libro”.

Hilary dijo que sería posible ir capítulo por capítulo y describir tanto las cosas que son verdaderas o que ella cree que son verdad.

“Yo diría que el 99 por ciento de la ciencia es real”, dijo. “Yo también diría que el 99 por ciento de la información que digo en el extranjero no la creen. Aunque personalmente no puedo responder por ella como una investigadora, puedo decir que la gente que tomó la información de los investigadores es legítima. Por ejemplo, creo que hay una base de Dulce, en Nuevo México, donde el gobierno ha estado trabajando con los extranjeros. Creo que las mutilaciones de ganado más importantes que han estado ocurriendo en el área de Colorado tienen que ver con la presencia alienígena”.



























































Friday, December 10, 2010

LA CAPITAL DEL MUNDO



Hay en Madrid infinidad de muchachos llamados Paco, diminutivo de Francisco. A propósito, un chiste de sabor madrileño dice que cierto padre fue a la capital y publicó el siguiente anuncio en las columnas personales de El Liberal: PACO, VEN A VERME AL HOTEL MONTAÑA EL MARTES A MEDIODÍA, ESTÁS PERDONADO, PAPÁ; después de lo cual fue menester llamar a un escuadrón de la Guardia Civil para dispersar a los ochocientos jóvenes que se habían creído aludidos. Pero este Paco, que trabajaba de mozo en la Pensión Luarca, no tenía padre que le perdonase ni ningún motivo para ser perdonado por él. Sus dos hermanas mayores eran camareras en la misma casa. Habían conseguido ese empleo simplemente por haber nacido en la misma aldea que otra ex camarera de la pensión, que con su asiduidad y honradez llenó de prestigio a su tierra natal y preparó buena acogida para la gente que de allí llegase. Dichas hermanas le habían costeado el viaje en ómnibus hasta Madrid y obtenido su actual ocupación de aprendiz de mozo. En la aldea de donde provenía, situada en alguna parte de Extremadura, imperaban condiciones de vida increíblemente primitivas, los alimentos escaseaban y las comodidades eran desconocidas, y tuvo que trabajar mucho desde muy pequeño.


Se trataba de un muchacho bien formado, con cabellos muy negros y más bien crespos, dientes blancos y un cutis envidiado por sus hermanas. Además, poseía una sonrisa cordial y sencilla. Su salud era excelente, cumplía a las mil maravillas con su trabajo y amaba a sus hermanas, que parecían hermosas y avezadas al mundo. Le gustaba Madrid, que todavía era un lugar inverosímil, y también su trabajo, que llevaba a cabo entre luces resplandecientes y con camisas limpias, trajes de etiqueta y abundante comida en la cocina, todo lo cual le parecía excesivamente romántico.


Entre ocho y una docena eran las personas que vivían en la Pensión Luarca y comían en el comedor, pero Paco, el más joven de los tres mozos que atendían las mesas, sólo tenía en cuenta a los toreros, los únicos que existían para él.


También vivían en la pensión toreros de segunda clase, porque su situación en la calle San Jerónimo les convenía, además de que la comida era excelente y el alojamiento y la pensión resultaban baratos. El torero necesita la apariencia, si no de prosperidad, por lo menos de crédito, ya que el decoro y el grado de dignidad, aparte del valor, son las virtudes más apreciadas en España, y los toreros permanecían allí hasta gastar sus últimas pesetas. No existen antecedentes de que alguno de ellos hubiera abandonado la Pensión Luarca por un hotel mejor o más caro; los de segunda clase no mejoraban nunca su situación; pero la salida del Luarca se producía con rapidez ante la aplicación automática de la norma según la cual nadie que no hiciese nada podía permanecer allí ya que la mujer a cargo de la pensión únicamente presentaba la cuenta sin que se la pidieran cuando sabía que se trataba de un caso perdido.


Por entonces eran huéspedes de la pensión tres diestros, dos picadores muy buenos y un excelente banderillero. El Luarca constituía un verdadero lujo para los picadores y banderilleros, que, como tenían sus familias en Sevilla, necesitaban alojamiento en Madrid durante la estación primaveral. Pero les pagaban bien y tenían trabajo seguro, pues tal clase de subalternos escaseaban mucho aquella temporada. Por lo tanto, era probable que esos tres subalternos ganasen más que cualquiera de los tres matadores. De éstos, uno estaba enfermo y trataba de ocultarlo; otro ya había perdido la preferencia que el público le otorgó como novedad; y el tercero era un cobarde.


En cierta época, hasta que recibió una atroz cornada en la parte baja del abdomen, en su primera temporada como torero, el cobarde poseía coraje excepcional y habilidad notable y todavía conservaba muchas de las sinceras admiraciones de sus días de éxito. Era excesivamente jovial y reía constantemente, con o sin motivo. En la época de sus triunfos fue muy aficionado a las chanzas, pero ahora había perdido ésa costumbre. Estaban seguros de que ya no la conservaba. Este matador tenía un rostro inteligente y franco, y se comportaba en forma muy correcta.


El matador enfermo tenía cuidado de no revelar nunca esta circunstancia, y era minucioso en lo de comer un poco de todos los platos que servían en la mesa. Tenía gran cantidad de pañuelos, que él mismo lavaba en su cuarto, y, últimamente, vendió sus trajes de torero. Había vendido uno, por poco dinero, antes de Navidad, y otro en la primera semana de abril. Eran trajes muy caros, que siempre fueron bien conservados, y todavía le quedaba uno. Antes de ponerse enfermo fue un torero muy prometedor y hasta sensacional, y, aunque no sabía leer, tenía recortes según los cuales se lució más que Belmonte al hacer su debut en Madrid. Comía siempre solo en una mesa pequeña y pocas veces levantaba la vista del plato.


El matador que en una ocasión fue una novedad en el ambiente era muy bajo, muy moreno y muy serio. También comía solo en una mesa separada. Sonreía rara vez y nunca reía con estruendo. Era de Valladolid, donde la gente es demasiado seria, y lo consideraban un torero hábil; pero su estilo había pasado de moda antes de que hubiese podido ganar el afecto del público con sus virtudes: coraje y serena inteligencia. Por lo tanto, su nombre en un cartel no atraía público a la plaza, La novedad consistía en su baja estatura, que apenas le permitía ver más arriba de las cruces del toro, pero no era el único con esa particularidad y jamás logró conquistar el afecto del público.


De los picadores, uno tenía cara de gavilán y era canoso, delgado, pero con piernas y brazos fuertes como el acero. Siempre usaba botas de ganadero debajo de los pantalones; por las noches bebía demasiado, y en cualquier momento se detenía en la contemplación amorosa de todas las mujeres de la pensión. El otro era alto, corpulento, de cara trigueña, buen mozo, con el cabello negro como el de un indio y manos enormes. Ambos eran grandes picadores, aunque del primero se decía que había perdido gran parte de su destreza por entregarse a la bebida y a la disipación; y del segundo, que era demasiado terco y pendenciero para poder trabajar más de una temporada con cualquier matador.


El banderillero era de edad madura, canoso, ágil como un gato a pesar de sus años y, al verle sentado a la mesa, se diría estar en presencia de un próspero hombre de negocios. Sus piernas estaban todavía en buenas condiciones para aquella temporada y, mientras pudieran moverse, tenía bastante inteligencia y experiencia como para conservar el trabajo por largo tiempo. La diferencia estaría en que, cuando perdiera la rapidez de sus pies, siempre tendría miedo en los aspectos que ahora no lo inquietaban, tanto en la arena como fuera de ella.


Aquella noche, todos habían salido del comedor, excepto el picador de cara de gavilán que bebía demasiado, el subastador de relojes en las exposiciones regionales y fiestas de España, que también era muy aficionado a empinar el codo, y dos sacerdotes gallegos que estaban sentados en un rincón y bebían, si no demasiado, por lo menos bastante. En aquella época, el vino estaba incluido en el precio del alojamiento y la pensión, y los mozos acababan de traer frescas botellas de Valdepeñas a las mesas del subastador de rostro estigmatizado, luego a la del picador y, finalmente, a la de los dos curas.


Los tres camareros estaban ahora en un extremo del salón. Según el reglamento de la casa, tenían que permanecer allí hasta que abandonaran el comedor los comensales cuyas mesas atendían, pero el que tenía a su cargo la mesa de los dos sacerdotes tenía que asistir a una reunión de carácter anarco¬sindicalista, y Paco había aceptado reemplazarlo en sus tareas habituales.


Arriba, el matador enfermo estaba acostado boca abajo en la cama, solo. El diestro que había dejado de ser una novedad miraba por la ventana mientras se preparaba para ir al café, y el torero cobarde tenía en su cuarto a la hermana mayor de Paco y trataba de lograr de la muchacha algo a lo que ella, entre carcajadas, se negaba.


-Ven, salvajilla.


-No -dijo la mujer.


-Por favor.


-Matador -dijo ella, cerrando la puerta-. Mi matador...


Dentro de la habitación, él se sentó en la cama. Su rostro presentaba todavía la contorsión que, en la arena, transformaba en una constante sonrisa, asustando a los espectadores de las primeras filas que sabían de qué se trataba.


-Y esto -estaba diciendo en voz alta-. Toma. Y esto. Y esto.


Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacía tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hombro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él perdió de vista los cuernos y dio dos vueltas encima de ellos antes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuernos sin perder la serenidad.


Abajo, en el comedor, el picador miraba a los curas desde su asiento. Si hubiese mujeres en el salón, a ellas hubiera dirigido su mirada. Cuando no había mujeres, observaba con placer a un extranjero, a un inglés, pero, como no había ni mujeres ni extranjeros, ahora miraba con placer e insolencia a los dos sacerdotes. Entretanto, el subastador de cara estigmatizada se puso de pie y salió después de doblar su servilleta, dejando llena hasta la mitad la botella de vino que había pedido. No terminó toda la botella porque tenía varias cuentas sin pagar en el Luarca.


Los dos curas no se fijaron en el picador, pues conversaban animadamente. Uno de ellos decía:


-Hace diez días que estoy aquí, esperando verlo. Me paso el día entero en la antesala y no quiere recibirme.


-¿Qué hay que hacer, entonces?


-Nada. ¿Qué puede hacer uno? No se puede ir en contra de la autoridad.


-He estado aquí dos semanas, y nada. Espero, pero no quieren verme.


-Venimos de la tierra abandonada. Cuando se acabe el dinero podemos volver.


-A la tierra abandonada. ¿Qué le importa a Madrid, Galicia? Somos una región pobre.


-En Madrid es donde uno aprende a comprender las cosas. Madrid mata a España.


-Si por lo menos atendieran a uno, aunque fuese para una respuesta negativa...


-No. Tiene que esperar hasta cansarse y desfallecer.


-Pues bien, ya veremos. Puedo esperar como lo hacen otros.


En este momento, el picador se puso de pie, caminó hacia la mesa de los sacerdotes y se detuvo cerca de ellos, con su pelo canoso y su cara de gavilán, mientras los miraba con una sonrisa.


-Un torero -explicó uno de los curas al otro.


-¡Y qué torero! -dijo el picador, y de inmediato salió del comedor, con la chaqueta gris, el talle ajustado, las piernas estevadas y los estrechos pantalones que cubrían sus botas de ganadero de altos tacones, que sonaron con golpes secos cuando se alejó fanfarroneando, mientras sonreía porque sí. Su mundo profesional pequeño y estrecho, era un mundo de eficiencia personal, de nocturnos triunfos alcohólicos y de insolencia. Encendió un cigarrillo y salió rumbo al café, no sin antes inclinar bien su sombrero en el zaguán.


Los curas salieron inmediatamente después del picador, dándose prisa al advertir que eran los últimos en abandonar el comedor, y entonces no quedó nadie en el salón, excepto Paco y el camarero de edad madura, que limpiaron las mesas y llevaron las botellas a la cocina.


En la cocina estaba el muchacho que lavaba los platos. Tenía tres años más que Paco y era muy cínico y mordaz.


-Toma esto -dijo el hombre mientras llenaba un vaso de Valdepeñas y se lo ofrecía.


-¿Y por qué no? -y el joven tomó el vaso.


-¿Y tú, Paco?


-Gracias -dijo éste, y los tres se pusieron a beber.


-Bueno, yo me voy -dijo el mozo viejo.


-Buenas noches -le dijeron los jóvenes.


Salió y ellos se quedaron solos. Paco tomó la servilleta que había usado uno de los curas y, erguido, con los tacones plantados, la bajó mientras seguía el movimiento con la cabeza, y con los brazos efectuó una lenta y vasta verónica. Luego se dio vuelta y, adelantando ligeramente el pie derecho, hizo el segundo pase, ganó un poco de terreno sobre el imaginario toro y realizó un tercer pase, lento, suave y perfectamente medido. Después recogió la servilleta hasta la cintura y balanceó las caderas, evitando la embestida del toro con una media verónica.


El muchacho que lavaba los platos, que se llamaba Enrique, lo observaba con un gesto de desprecio.


-¿Qué tal es el toro? -preguntó.


-Muy bravo -dijo Paco-. Mira.


Y, deteniéndose, erguido y esbelto, hizo cuatro pases más, perfectos, suaves, elegantes y graciosos.


-¿Y el toro? -preguntó Enrique, apoyado en el fregadero. Tenía puesto el delantal y todavía no había terminado su vaso de vino.


-Tiene gasolina para rato -contestó el otro.


-Me das lástima -dijo Enrique.


--¿Por qué? ¿Está mal?


-Fíjate.


Enrique se quitó el delantal y, mientras señalaba al toro imaginario, esculpió cuatro gigantescas verónicas perfectas y lánguidas, y terminó con una rebolera que hizo girar el delantal sobre el hocico del toro mientras se alejaba de él.


-¿Qué te parece? -concluyó-. ¡Y pensar que tengo que ganarme la vida lavando platos!


-¿Por qué?


-Por el miedo. El mismo miedo que tendrías tú al encontrarte en la arena frente a un toro.


-No -replicó Paco-. Yo no tendría miedo.


-¡Bah! Todos tienen miedo. Pero un torero puede dominar ese miedo y vencer al toro. Cierta vez intervine en una lidia de aficionados y tuve tanto miedo que escapé corriendo. Todos creían que sería algo muy divertido. Tú también te asustarías. Si no fuera por el miedo, cualquier limpiabotas de España sería torero. Y tú, un muchacho del campo, te asustarías más que yo..


-No -dijo Paco.


En su imaginación lo había hecho muchísimas veces. Infinidad de veces vio los cuernos, el hocico húmedo del toro, las orejas crispadas y luego cómo agachaba la cabeza para la embestida. Oía el golpe seco de los cascos del animal. Lo veía pasar a su lado mientras él balanceaba la capa. Vio la nueva embestida y volvió a balancear la capa, y luego una y otra vez, para concluir mareando al animal con su gran media verónica y alejándose con oscilaciones de las caderas, con pelos del toro que se habían prendido de los adornos de oro de su chaqueta en los pases más ajustados. El toro había quedado hipnotizado y la multitud aplaudía con entusiasmo... No, no tendría miedo. Otros podían sentirlo, pero él no. Sabía que iba a ser así. Aunque siempre hubiera tenido miedo, estaba seguro de que podría hacerlo con toda calma. Tenía confianza.


-Yo no tendría miedo -repitió.


-¡Bah! -volvió a exclamar Enrique, y después de una pausa agregó-: ¿Y si hiciéramos la prueba?


-¿Cómo?


-Mira -explicó el lavador de platos-. Tú piensas siempre en el toro, pero te olvidas de los cuernos. El toro tiene tanta fuerza que los cuernos cortan como un cuchillo, se clavan como una bayoneta y matan como un garrote. Mira -y al decir esto abrió un cajón de la mesa y sacó dos cuchillas de cortar carne-. Las ataré a las patas de una silla. Luego haré de toro poniéndola delante de mi cabeza. Imaginémonos que las cuchillas son los cuernos. Si logras hacer esos pases, puedes ser considerado una cosa seria.


-Préstame tu delantal. Lo haremos en el comedor.


-No -dijo Enrique, despojándose repentinamente de su amargura habitual-. No lo hagas, Paco.


-Sí. No tengo miedo.


-Pero lo tendrás, cuando veas cómo se acercan las cuchillas...


-Ya veremos -concluyó Paco-. Dame el delantal.


Y Enrique empezó a atar las dos cuchillas de hoja gruesa y afilada como la de una navaja a las patas de la silla, utilizando dos servilletas sucias que arrollaba a la altura de la mitad de cada cuchilla, apretándolas lo más fuerte que le era posible.


Entretanto, las dos camareras, hermanas de Paco, se dirigían al cine para ver a Greta Garbo en «Anna Christie». De los dos sacerdotes, uno estaba sentado leyendo su breviario, y el otro rezaba el rosario. Todos los toreros de la pensión, excepto el que se encontraba enfermo, habían hecho ya su aparición nocturna en el café Fornos, donde el picador corpulento y de cabellos negros jugaba al billar, y el matador bajo y respetuoso se hallaba delante de una taza de café con leche en una mesa muy concurrida, al lado del banderillero y de unos obreros serios.


El picador canoso dado a la bebida, tenía un vaso de brandy cazalás y observaba con placer la mesa ocupada por el matador que ya había perdido el coraje, otro que renunciaba a la espada para ser de nuevo banderillero y dos viejas prostitutas.


Por su parte, el subastador estaba charlando con varios amigos en la esquina; el camarero alto estaba en la reunión anarco-sindicalista, esperando con ansiedad la ocasión de hacer uso de la palabra, y el mayor de los camareros se encontraba sentado en la terraza del Café Álvarez, bebiendo una copa de cerveza. En cuanto a la dueña de la Pensión Luarca, dormía ya, boca arriba, con el almohadón entre las piernas. Era una mujer alta, gorda, honrada, limpia, tranquila y muy religiosa. Todavía añoraba a su marido y no dejaba de rezar por él todos los días, a pesar de que hacia veinte años que había muerto. El matador enfermo continuaba en su cuarto, solo, acostado boca abajo, con un pañuelo en la boca.


En el desierto comedor, Enrique estaba haciendo el último nudo en las servilletas que ataban las cuchillas a las patas de la silla. Después dirigió las patas hacia adelante y sostuvo la silla sobre su cabeza, a cada lado de la cual apuntaba una de las afiladas cuchillas.


-Pesa mucho -dijo-. Mira, Paco, va a ser muy peligroso. No lo hagas.


Estaba sudando...


Frente a él, Paco sostenía el delantal extendido, con un pliegue en cada mano, con los pulgares arriba y los índices hacia abajo, esperando la carga de la imaginaria bestia.


-Avanza en línea recta -indicó-. Luego vuélvete como hace el toro. Y hazlo todas las veces que quieras.


-¿Y cómo sabrás cuándo cortar el pase? -preguntó Enrique-. Es mejor hacer tres y después una media.


-Entendido. Pero, ¿qué esperas? ¡Eh, torito! ¡Ven, torito!


Con la cabeza gacha, Enrique corrió hacia él, y Paco balanceó el delantal junto a la afilada cuchilla, que pasó muy cerca de su vientre, negro y liso, de puntas blancas, y cuando Enrique se dio vuelta para volver a atropellar, vio la masa cubierta de sangre del toro y oyó el golpe de los cascos que pasaban a su lado, y, ágil como un gato, retiró la capa, dejando que aquél siguiera su carrera. Enrique preparó entonces una nueva embestida y esta vez, mientras calculaba la distancia, Paco adelantó demasiado su pie izquierdo -cosa de dos o tres pulgadas- , y la cuchilla penetró en su cuerpo con la misma facilidad que si se hubiese tratado de un odre. Entonces sintió un calor nauseabundo junto con la fría rigidez del acero. Al mismo tiempo oyó que Enrique gritaba:


-¡Ayl ¡Ay! ¡Déjame que lo saque! ¡Déjame sacártelo!


Paco cayó hacia adelante, sobre la silla, sosteniendo todavía en sus manos el delantal convertido en capa. Enrique, en su afán de separar al compañero, empujaba la silla, y la cuchilla se hundía en él, en él, en Paco...


Por fin salió, y él se sentó sobre el piso, en el charco caliente que se agrandaba cada vez más.


-Ponte la servilleta encima. ¡Fuerte! -dijo Enrique-. Aprieta bien. Iré corriendo en busca del médico. Debes contener la hemorragia.


-Haría falta una ventosa de goma -respondió Paco, que había visto usar eso en la arena.


-Yo atropellé en línea recta -balbuceó Enrique, sollozando-. Lo único que quería era mostrarte el peligro...


-No te preocupes -la voz de Paco parecía lejana-, pero trae el médico.


En la arena, cuando alguien resulta herido, lo levantan y lo llevan corriendo a la sala de operaciones. Si la arteria femoral se vacía antes de llegar, llaman al sacerdote...


-Avisa a uno de los curas -continuó Paco, que sostenía la servilleta con todas sus fuerzas contra la parte baja del abdomen. No podía creer que le hubiera ocurrido aquello.


Pero Enrique ya estaba en la calle San Jerónimo y se dirigía corriendo hacia el dispensario de urgencia. Paco se quedó solo. Primero se levantó, pero el dolor lo hizo caer de nuevo, y permaneció en el suelo hasta lanzar el último suspiro, sintiendo que su vida se escapaba como el agua sucia sale de la bañera cuando uno levanta el tapón. Estaba asustado, y, al sentirse desfallecer, trató de decir una frase de contrición. Recordaba el comienzo, pero apenas pronunció, con la mayor rapidez posible: «¡Oh, Dios mío! Me arrepiento sinceramente de haberte ofendido, a Ti, que mereces todo mi amor, y resuelvo firmemente...»; se sintió ya demasiado débil y cayó boca abajo sobre el piso, expirando en pocos segundos. Una arteria femoral herida se vacía más pronto de lo que uno piensa.


Mientras el médico del dispensario subía por la escalera acompañado por el agente de policía, que llevaba del brazo a Enrique, las dos hermanas de Paco estaban en el monumental cinematógrafo de la Gran Vía. La película de la Garbo les deparó una gran desilusión. Nadie quedó conforme con el mísero papel de la gran estrella, pues estaban acostumbrados a verla siempre rodeada de gran lujo y esplendor. Los espectadores demostraban su desagrado mediante silbidos y pateos. Los otros habitantes del hotel estaban haciendo casi exactamente lo mismo que cuando ocurrió el accidente, excepto los dos curas, que habían terminado sus devociones y se preparaban para ir a dormir, y el canoso picador, que trasladó su copa a la mesa ocupada por las dos viejas prostitutas. Un poco más tarde salió del café con una de ellas: la que había acompañado en la borrachera al matador que perdiera el coraje.


Y el joven Paco no se enteró nunca de esto ni de lo que aquella gente iba a hacer al día siguiente. Ni se imaginaba cómo vivían, en realidad, ni cómo terminarían sus existencias. Murió, como dice la frase española, lleno de ilusiones. No había tenido tiempo en su vida para perder ninguna de ellas, ni siquiera, al final, para completar un acto de contrición.


Tampoco tuvo tiempo para desilusionarse por la película de Greta Garbo, que defraudó a todo Madrid durante una semana.
                                        ERNEST HEMINGWAY

Wednesday, December 01, 2010

PHOTOHEMINGWAY 18

La familia. Esa suerte de herencia recibida en un tiempo donde las decisiones son de los otros. Ese cofre escondido que de buenas a primeras uno debe sostenerlo en las manos y cuidarlo con el corazón abierto. La familia. Una tierra prometida o una isla desierta. Un candil encendido o una ciudad a oscuras. Un regalo en el árbol de navidad o una artesanía barata de feria comunitaria. La familia. Mi familia.

Acaso Hemingway supo de un lazo primario. No será mentira o ficción eso de las peleas, de los padres autoritarios. Ese Ernest que incansablemente tenía que demostrar su condición de ser independiente no era el necesitado de un abrazo fraternal. Y a lo largo de esa vida… los hermanos, los hijos, los sobrinos, los nietos. Esos tíos imponentes y esas tías gordas e inquisidoras. La familia. La deuda pendiente. La obra sin terminar. La novela sin publicar. La hora del suicidio. La última copa de un whisky amargo. La familia.