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Wednesday, April 27, 2011

ME MORIRÉ EN PARÍS


París está lleno de primavera en las calles. No es el París con aguacero de César Vallejo ni el de las lágrimas de Julio Cortázar. No es el París de cielo plomizo, de llovizna tenue, de viento delincuente. Es el París que me toca vivir con las ganas de llegar hasta La Closerie de Las Lilas, en una tarde del sol inigualable, y buscar entre las mesas a ese Hemingway que se ha pedido entre en los libros.


Es el París de la librería Shakespeare and Company, repleta de textos que emanan olor a papel envejecido, donde un perro me persigue y los visitantes no saben si esperar a Joyce, a Pound, o mirar a un costado para recibir el saludo de Man Ray. Es el París mío, único e irrepetible que anhelé tener al alcance de la mano, el París que me recibe con Hugo Pratt y yo lo adivino sentado con el Corto Maltés.


Es el París de una mañana apurada en el café Margot mientras unos latinos reconocen mi canto porteño y me preguntan por Argentina. Quiero pensar que también es el mismo París del Hotel Ritz, del Museo D’Orsay, de la Biblioteca Nacional y sus cuatro torres que son libros abiertos gigantes, el de la Casa Argentina, el de esas norteamericanas coloradas y lechosas que discuten sobre los lugares donde pueden comer por siete euros, el París de Ada y Patrick quienes me dedicaron la tarde de domingo para hablar de inmigrantes corruptos y contarme que una semana atrás había estado Miguel Ángel Estrella cantando Luna Tucumana. Es el París de los músicos callejos que me paro a escuchar y dejarle dos euros, el París de Montmartre, del Barrio Latino, la Ópera Garnier. Acaso hay otro París, el de la noche, el del peligro en la madrugada, el de la Basílica del Sacré-Coeur, el de Ile de la Cité.


Necesariamente yo soy otro y el mismo, el que quiere seguir pensando en ese Hemingway de la Generación Perdida, pero mi historia ha cambiado como mi reloj biológico. Tal vez El París era una fiesta no sea el París vaut bien une messe y tenga como Enrique IV que decirle adiós a mis principios o seguir pensando como reniega Enrique Vila-Matas que París no se acaba nunca.

Friday, April 08, 2011

ES QUE TODO SUCEDE EN PAMPLONA


Uno sabe de antemano que en esa ciudad que se llama en verdad Iruña, está el duende de Hemingway. Es primavera y la temperatura trepa los 28 grados. Sin embargo, todavía se observa a todos con la ropa de invierno. Me propongo hacer la ruta de Ernest - ya acotada por cierto- porque de esos lugares que solía frecuentar Papa, solo queda el catálogo de la Guía Hemingway 100 años.



Me preocupo por conectarme con algunos de sus autores: José Antonio Iturri, Manuel Hidalgo, Nacho Álvarez “Barquerito”, Fernando Redón, José Gabriel R. Pazos, César Oroz y Fernando Hualde. Llego hasta el Hotel La Perla y tengo la suerte de entrevistarme con Fernando Hualde. Hablamos en un mano a mano sin pausa. Le explico que vengo desde Argentina y me mira con cierta admiración. Le cuento que estuve previamente en Tarragona y Bilbao y que después de Pamplona me espera Barcelona, París y Lima. Se sorprende porque le parece un recorrido muy largo. Intento seducirlo para que finalmente me libre el acceso a la habitación donde Hemingway llegaba borracho. Me dice que está reservada pero que tratándose de esta “visita” hará la vista gorda. Le pregunta cuanto cuesta el cuarto de dormir y me murmura en voz baja: “520 euros más impuestos”.



Ingreso y me tiemblan las piernas. Miro todo y disparo mi cámara fotográfica. Suena la campanilla del teléfono y todo parece acabar. Desde la recepción le llaman a Fernando. Me despido de esas paredes que guardan un perfume a alcohol tardío, escritos pendientes y chupinazos. Parece un privilegio pero lo siento como una necesidad. Me llevo de las palabras de José A. Iturri para seguir mi discurso: “Puede que la Pamplona de la década de los veinte, la Pamplona sanferminera que conoció Hemingway, fuera una ciudad polimorfa, siempre sujeta al ojo de quien la viera o a la intención con que la mirara. Pero, en honor a la verdad, existen datos bastante fidedignos para hacer la radiografía más o menos exacta de aquella ciudad de la que Hemingway, y de eso no cabe ninguna duda, fue “huésped constante”. A Hemingway, el urbanismo de Pamplona le interesó más bien poco. Hemingway, por lo que ha trascendido y por lo él mismo nos ha legado, fue un hombre de recorridos cortos, como no podía ser de otra manera en una ciudad como Pamplona. Y más, porque prácticamente se pasaba la mayor parte del tiempo en la Plaza del Castillo- entonces de la Constitución- y en sus alrededores”.



Hago lo mismo. El sol me golpea y me refugio en el Café Iruña. Ingreso en el privado para fumadores y allí está parado Hemingway para recibirme. No lo veo demasiado contento. No hay nadie en el salón. Solo él y yo. Le pregunto sobre sus amigos y no me contesta. Se que le disgusta si lo toco. Me mira y observa mi gorra. Se ríe.



De un manotón me la saca y se la pone en su cabeza. Le pido que me deje reservar una foto. Mira a su alrededor y acepta. Está por perder la paciencia. Lo veo en su mirada. Llega una pareja y pasa a nuestro lado.El señor balbucea... “Hemingway....Hemingway”. Dejo el salón y paso al otro espacio. Nadie sabe que vengo de hablar con esa estatua dorada. Me siento. Pido un café. Una moza venezolana acepta mi sonrisa. “¿Usted dialogaba con Hemingway?”. Debe estar equivocada, respondo. Termino mi café. Regreso a la plaza. Pamplona no vive de fiesta pero yo sí. No veo toros, norteamericanos borrachos, pañuelos rojos. Pamplona espera sus Sanfermines y este cronista desea un poco de tranquilidad para decir que Hemingway no es un fantasma, un mito, un suicida.

Thursday, March 24, 2011

HEMINGWAY ME ESPERA EN TARRAGONA Y BILBAO


Quiero anunciarles a todos los amigos de La pipa de Hemingway que estaré junto a un grupo de especialistas de todo el mundo conmemorando en Tarragona y Bilbao, el cincuentenario de la muerte del escritor norteamericano. Es un verdadero honor porque soy el único argentino seleccionado para participar de este acontecimiento. Los seguidores del blog van a conocer los detalles del evento.
Debo agradecer a Giuseppe Recchia quien ha confiado en mi trabajo y a todos lo que han hecho posible la realización  del encuentro hemingwayano.
Les dejo el programa de actividades y nos volvemos a reencontrar muy pronto.

PROGRAMMA EVENTO HEMINGWAY A TARRAGONA E A BILBAO



Organizzato da: Miasto Kina Production di Katowice, Comune di Tarragona, Comune di Bilbao, Istituto Hemingway di Bilbao, Centro Promozione e Turismo e Spettacolo di Cecina, Cineora Production di Parigi – coordinato da Jaume Queralt


In attesa di conferma: comuni di Cecina e di Alghero (sindaco Marco Tedde).






Lunedi 4 aprile si terrà a Tarragona la commemorazione di Ernest Hemingway a 50 anni dalla sua morte. Saranno i primi funerali in forma pubblica, omaggiati da artisti, attori, scrittori, cantanti (di 12 nazionalità: Spagna, Italia, Francia, America, Polonia, Argentina, Brasile, Cile, Venezuela, Marocco, Egitto e Cuba) richiamati a Tarragona anche per onorare allo stesso tempo un altro evento: quello della scomparsa della corrida dalla Catalugna, prevista per legge, nel 2012.


Il programma a Tarragona è così articolato:






ore 8 del mattino


lavori preparativi alla Cattedrale di Tarragona con la troupe tecnica;


ore 10.00


inizio riprese con attori, personalita', toreri, etc.


Felix Ballesteros (sindaco di Tarragona), con Jaume Pujol (arzobispo metropolita), Josep Poblet, Presidente diputaciòn, Irma de l’Aguila, José Maria Gatti, oltre a giornalisti, toreri e attori (Jaume Queralt, Pilar Lopez De Ayala, Delphine Chainac, Audrey Turner, Sofiia Manousha, Anas El Baz, Alexandra Maich, Andrea Monteiro, Laura V. Bustillos, Fathy El Gharbawy, Krystyna Latawska) accompagnano il corteo funebre, verso il cementerio di Tarragona; alla fine ci sarà un breve concerto con pezzi inediti dedicati ad Hemingway;


ore 13.00/15.30 Ristorante JOAN GATELL


i principali interpreti della scena si recheranno al Ristorante JOAN GATELL di Cambrils (noto ristorante della regione dove un tempo si recava spesso Luis Miguel Dominguin). Qui si girerà una scena del docufilm, alla Terraza;


ore 16.00/18.00 Anfiteatro Romano, conferenza stampa


trasferimento all'anfiteatro Romano dove il Sindaco Felix Ballesteros, prima della conferenza stampa, terrà un discorso di commemorazione per il 50mo anniversario della morte di Hemingway; a seguire Irma de l’Aguila terrà un breve commento di addio all’amico Hemingway (Adiós a un amigo de Cabo Blanco); poi Franco Lanzilli annuncerà il festival internazionale itinerante dedicato ad Hemingway, “Europa Film Festival”, che avrà Tarragona come tappa prioritaria dell’evento.


La conferenza stampa durerà 30 minuti con proiezione trailer e vari interventi: Giorgio Tonti (grande direttore della fotografia e collaboratore per oltre 10 anni di Orson Welles), Jaume Queralt senior, José Maria Gatti, Franco Lanzilli, Sebastiano Catte, etc.


ore 20, casa Queralt


con invito a cena e per girare la scena di Jaume Queralt junior con l'attrice che interpreterà Ava Gardner.


Nota: la salma simbolica di Ernest Hemingway sarà realmente sepolta nel cimitero di Tarragona con una lapide disegnata dal pittore di Tarragona Jaume Queralt senior.


Non è un caso che il grande Orson Welles sia sepolto nei pressi di Bilbao e che sia Hemingway che il regista e attore Orson Welles ora siano così vicini, accomunati da una terra che ancora oggi li adora e li riconosce ad eterna memoria.



ISTITUTO HEMINGWAY in Bilbao


Il giorno 5 aprile, alle ore 14.30 del pomeriggio, si terra' un incontro, relatori JOSE MARIA GATTI e ANDRES ARENAS GÓMEZ con toni e modalita´ da confererenza/dibattito, con i personaggi sopracitati. Oltre agli studenti saranno presenti: giornalisti, scrittori, personalità della città, ma su invito, in base alle conoscenze e ad inviti mirati. L’incontro sara´ oggetto di riprese per il cinema e la televisione;


Il dibattito vertera` sul dramma del famoso “suicidio di Hemingway” e sulle notizie sempre piu`insistenti, a livello internazionale, che confermerebbero la tesi dell’omicidio.


La partecipazione dei Comuni e dell’istituto consiste nella collaborazione a livello comunicativo, invitando soprattutto la stampa e coinvolgendo le principali personalita´ della citta´;


L’elenco delle personalità sarà aggiornato entro venerdì prossimo.


L’intervento organizzato dall’Istituto Hemingway di Bilbao in una sala conferenze del Suo Istituto dove al tavolo saranno seduti: al centro JOSE MARIA GATTI, alla sua sinistra il docente ANDRES ARENAS GÓMEZ; alla sua destra il direttore dell’Istituto, JOSE A. LOPEZ.


Ci saranno poi gli allievi dell’Istituto, la stampa, i fotografi e le personalità della città (nel caso anche le TV, se invitate e alcuni attori del film).


Il direttore dell’Istituto prende per primo la parola e presenta l’incontro, poi cede la parola al Prof. Andres Arenas Gomes che presenta, a sua volta, Jose Maria Gatti e le ragioni dell’incontro (il suo tema: “Perché Hemingway non si è suicidato”). Infine la parola passa a Jose Maria Gatti che parla del cosiddetto suicidio di Hemingway, ma prima s’inizia col suo filmato “Abandono de persona”). Jose Maria Gatti parlerà quindi circa mezz’ora e poi inteverrano gli studenti, i giornalisti, etc e chiuderà poi il moderatore prof, Andres Arenas Gòmes. Il tutto durerà circa 1h e 30 min. La parte del contraddittorio è improvvisata e comunque reale.


OSPITI PRINCIPALI


Jose Maria Gatti (scrittore) Argentina


Irma del Aguila (scrittrice) Perù


Bruce Palait (musicista) Canada


Audrey Turner (cantante e attrice) Los Angeles


Laura Bustillos (cantante e attrice Los Angeles


Andrea Monteiro (attrice) San Paolo (Brasile)


Jamila Ouzahir + 2 Parigi, ufficio stampa


Delphine Chaneac, Sofiia Manousha (attrici) Francia


Team tecnico Francia 7 Erwan Cadic, Cécile Hommeau, Veronica Herrera, etc


Polonia 2 attori Agnieszka Michalska, Krystyna Latawska


Italia team tecnico 7 +


Attori 2+ Produzione 4


Stampa (la Repubblica) Giorgio Tonti e team, Ezio Mulattieri, Sebastiano Catte,


Alexandra Maich, Laura Putti, Franco Lanzilli, Donata Mariani e Tiziana Deodato


Egitto 1 attore Fathy El Gharbawy


Marocco 1 attore Anas El Baz


Spagna 15 personaggi Pilar Lopez De Ayala, Andres Arenas Gòmez, etc.


TOTALE 50 persone

Sunday, March 13, 2011

HEMINGWAY: MEDIO SIGLO SIN LA VERDAD

Cincuenta años atrás, la noticia sobre la muerte del escritor norteamericano Ernest Miller Hemingway llenaba los cables de las agencias de todo el mundo. Como ya en otras oportunidades se había jugado con su fallecimiento, esta nueva versión bien podría ser otra burla del novelista o una puesta en escena para el lanzamiento de su última obra. Nada de eso. Con este acontecimiento se legitimaba una realidad llena de dudas, incógnitas y sospechas que aún hoy todavía persisten. La lectura más lineal desde entonces es la teoría del suicidio, casi diríamos que es la más lógica, tratándose de una personalidad tan controvertida como la de Hemingway y contando con los antecedentes genéticos que lo hacía un suicida potencial ¿Por qué poner en duda la decisión dramática del escritor? Por varios motivos. El entramado no es sencillo. En primer lugar porque hay un abandono de persona sumado a su propio abandono. Hoy la psicología habla de resiliencia, algo así como la capacidad para sobreponerse al dolor emocional y continuar a pesar de las adversidades. Pero la historia de vida de Ernest era demasiado traumática para transformar todo en un proceso dinámico. Hemingway se abandona desde su juventud y es abandonado en su madurez. El desprecio personal resulta romántico, el otro morboso.


Desde hace tiempo sostengo que ningún acto del novelista puede entenderse sin hablar de su bipolaridad. Esto disgusta a muchos pero Ernest desde los 18 años es un paciente de riesgo. Hoy se sabe que una de cuatro personas bipolares es proclive al suicidio. También se conoce que los tratamientos llevados a cabo 50 años atrás no se preocupaban por este juego de diferencias. La estructura maníaco-depresiva fue la caja donde se depositaron todas las irregularidades cometidas por el autor. Alguna vez el derrotado había triunfado, en otras el valiente caía derrumbado.

Mis investigaciones me acercan a un hecho definitorio. El tratamiento del escritor en la Clínica Mayo fue el error más grave cometido en el proceso de su enfermedad. Sigo insistiendo que hasta tanto no tengamos acceso a su carpeta médica todas van a ser conjeturas y me inclino decididamente por la teoría del “suicidio inducido”. Al afirmar esto descalifico al acto del suicidio en sí por entender que el individuo no se enfrentaba al hecho de su realidad. Es igual al caso del enfermo terminal. Como ya no hay nada que hacer, dejamos al paciente sin ayuda. Aquí es donde centralizo el abandono que se suma al propio y se lo estimula con una medicación como la reserpina que desequilibró todo su sistema nervioso.


Vuelvo a la Clínica Mayo que tiene el tesoro guardado y pregunto: ¿Por qué ningún familiar pidió esa documentación?¿Por qué el centro de salud se ampara en el secreto médico y no permite a otros profesionales conocer el estado de ingreso y egreso del enfermo?¿Por qué Mary Welsh fue amenazada y perseguida?, ¿Por qué Valerie Hemingway muy sutilmente habla de las presiones del gobierno de Eisenhower?¿ Por qué en su libro todo es anecdótico?¿Por qué el norteamericano debió abandonar Cuba con la ropa puesta?¿Por qué los Kennedy se empeñaron en negociar la salida de las pertenencias del escritor de su residencia en Finca Vigía en el marco del mayor secreto? ¿Por qué el escenario donde apareció muerto el narrador no pudo ser fehacientemente preservado y se limpió en horas sin dejar ningún rastro posible para el correspondiente peritaje? ¿Por qué Mary en sus memorias no aclara nada? ¿Por qué Mary dejó libre el acceso a las llaves que permitieron a Ernest tomar su escopeta sin problema? ¿Por qué un funeral tan precario? ¿Por qué la residencia de Idaho se cerró y no es museo? ¿Por qué Valerie Hemingway confiesa “ yo también soy una Hemingway” y calla?


Cuando se lanza la noticia sobre la muerte del Premio Nobel, en un primer momento se habla de “accidente”. Con el correr de las horas se recaratula el hecho como suicidio. Pero entre el accidente y el suicidio hay demasiados errores. Mary Welsh estaba cansada, sola, sin el apoyo familiar, luchando contra todo, sabía que Ernest después de su internación en la Clínica Mayo, era un ser con severas dificultades. En setiembre de 1959 la CIA ya tenía resuelto el derrocamiento de Fidel Castro. El documento de J.C.King, el encargado de América Latina en la División del Hemisferio Occidental, había llegado al escritorio del presidente Dwight Eisenhower. Pero el relato comienza antes. En 1957 Fulgencio Batista había ordenado una pesquisa en La Vigía, buscando un arsenal de armas. Esto hace que Hemingway se vaya. La orden partía desde Estados Unidos y era preciso contar con datos certeros porque la carpeta secreta EMH estaba en el despacho de asesores y hablaba de “espía político”. Para la Navidad de 1958, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) ya tenía en claro que había que terminar con los revolucionarios y todos “aquellos que adherían a la Revolución”.

Hemingway regresa a la isla en marzo de 1959. Dos meses antes, en Nueva York había dado declaraciones a la prensa y reconocía al desarrollo de la revolución cubana. La permanencia del autor de Adiós a las armas en la isla sería muy breve. Ya desde Washington la orden sonaba a amenaza. Ernest y Mary tratando de suavizar cierto malestar latente invitaban a una reunión de amigos todos los jueves en Finca Vigía, entre esos “amigos” estaba Philip W. Bonsal el embajador norteamerico quién sería el encargado de decirle a Hemingway que se marchara. Fue muy duro para el escritor. La opción era irse o ser catalogado de traidor.

El 7 de enero de 1960 en Washington era designado J.D. Esterline como jefe de un grupo interno creado por Allen Dulles para coordinar el “Proyecto Cubano”. Todo indicaba que los días posteriores serían un infierno.

En marzo de 1960 el buque La Coubre transportaba algo más de 75 toneladas de municiones y granadas antitanques y antipersonales para fusiles FAL, como parte de contratos suscritos durante 1959 por representantes del Gobierno Revolucionario con la Fábrica Nacional de Armas de Guerra, de Bélgica.

Atracó alrededor de las diez de la mañana en el muelle Arsenal de la antigua Pan American Docks, frente a los patios de la Estación Central de los Ferrocarriles Occidentales de Cuba.

Transcurrida una hora aproximadamente, se inició la descarga de las municiones ubicadas en el entrepuente inferior de la bodega número seis de popa, lo que se extendió hasta minutos antes de las tres de la tarde.

Luego se procedió a abrir los compartimentos superiores de la propia bodega, donde se hallaban las cajas de granadas, para comenzar su descarga. Todo se desarrollaba normalmente.

Pasadas las tres y 10 minutos de la tarde, cuando ya se encontraban sobre el muelle las primeras cajas de granadas y se manipulaban otras dentro de la nave, se produjo una estremecedora explosión escuchada en toda la ciudad de La Habana.

Parte de la popa del buque, del muelle y de los almacenes aledaños quedaron totalmente destruidos.

Los cuerpos de los trabajadores, soldados y marinos franceses que allí se encontraban resultaron destrozados.

Unos 30 minutos después, mientras decenas de personas realizaban las labores de socorro sobre el buque y en el muelle siniestrado, un segundo estallido provocó enormes bajas entre los que a riesgo de sus propias vidas auxiliaban y rescataban a sus compañeros.

En el proceso investigativo quedó demostrado que las dos explosiones se habían producido en el interior del compartimento donde se descargaban las granadas.

Fue establecido que no se trató de un accidente, sino de un hecho intencional, un sabotaje preparado en el exterior.

Todas las evidencias señalaban como responsable de este crimen a los servicios de inteligencia estadounidenses y en especial a la CIA.

Dos semanas después, el 17 de marzo de 1960, el presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, firmaba el documento titulado "Un programa de acciones encubiertas contra el régimen de (Fidel) Castro".

Ernesto Miller Hemingway, en virtud de tanta muerte, desgracia y amenaza, abandona Cuba repentinamente el 25 de julio de 1960. Piensa regresar, de lo contrario no hubiera dejado todo como si se tratara de un viaje turístico. Este hecho es clave y determinante. El golpe emocional es como una nueva descarga eléctrica en su cerebro. Se enoja, no quiere hablar, dice que no se va a ir a vivir a San Valley, de hecho se queda en Nueva York y el 4 de agosto viaja a España, donde se despide de sus amigos. De regreso lo espera Idaho, donde el frío ya lo atormentaba. El resto, lo que todos conocen o quieren ignorar.

50 años atrás Hemingway dejó de creer en la literatura. Una página en blanco le nubló la vista y un recuerdo lejano lo dejó sin memoria. Empezaba a gestarse el mito. Nacía el personaje de la novela inacabada.




































Monday, February 28, 2011

ALGUIEN ESTÁ HABLANDO CON HEMINGWAY


Dentro de pocas semanas, los suplementos literarios de todo el mundo dedicarán un espacio a Ernest Hemingway. No es que de buenas a primeras  los diarios y las revistas descubrieron que el norteamericano es un escritor importante-al menos eso sigo creyendo-sino porque se cumplen cincuenta años de su muerte.

Cuando esto acontece, generalmente los sellos editoriales preparan reimpresiones y hasta se atreven a convocar a un par de escritores para que opinen sobre el autor. A mí ya me ha llegado una gacetilla donde sin autorización alguna me integran a un grupo para que en tres carillas diga algo novedoso sobre el Tío Ernesto.


Están los otros que llamarán a los sesudos analistas que aprovechando el acontecimiento y presionados por los editores, armarán una crónica detallada sobre Ernest. Seguramente refritarán algunos comentarios abyectos y con un poco de edulcorante mezclado con menta y ron, servirán un trago barato para un público que sólo sabe de Hemingway por El viejo y el mar. No está mal, como dice un amigo hemingwayano, “son pocos los locos como nosotros que todavía seguimos pensando en este borracho”. Guste o no, los actos conmemorativos ya empezaron. En Tarragona, a escasos noventa kilómetros de Barcelona, del 3 al 5 de abril habrá una movida especial para renovar el “funeral” de Hemingway. Recordamos que ese entierro tan poco serio del novelista, sólo fue un acto privado y deslucido. Aquí se plantea una recuperación de la memoria y habrá conferencias, música, gastronomía y la presentación del film-documental EL MUNDO DE HEMINGWAY, un trabajo realizado por Giuseppe Recchia y un equipo de actores inmejorables. Allí estaré para acompañar el esfuerzo. Pocas horas después de dejar Tarragona, me traslado hasta Barcelona y en la Librería Argot, el 7 de abril, hablaré sobre HEMINGWAY: ABANDONO DE PERSONA, una charla donde expongo los motivos del suicidio del novelista. Desde la tierra de Gaudí voy hasta Bilbao y en el Instituto Hemingway de esa ciudad repetimos los conceptos para una platea de estudiantes. Ya de regreso a América me esperan en Lima, del 12 al 14 de mayo, en un encuentro que bautizamos EL MAR DE HEMINGWAY. Digo “bautizamos” porque la idea nació el año pasado cuando con Irma del Águila creímos necesario recordar la visita de Ernest al Perú, cuando se estaba filmando El viejo y el mar, en Cabo Blanco. En esa caleta de Piura el norteamericano pasó treinta y cinco días pescando y gozando de la buena vida. Ahora con un poco de ánimo y buena voluntad vamos a conmemorar el cincuentenario de la muerte y recordaremos esa vista al país andino. Están invitados John Hemingway-nieto de Ernest-,Valerie Hemingway-nuera del novelista-, Douglas LaPrade, Andrés Arenas Gómez, Giuseppe Recchia, Guido Guerrera, Jorge Trípodi Falco, Ricardo Koon, Guillermo Niño de Guzmán, Gonzalo Cornejo, Rosella DiPaolo, en fin, la lista es mucho más amplia. Si desean conocer un poco más sobre el encuentro los invito a EL MAR DE HEMINGWAY, grupo abierto en Facebook.

Ya les seguiré contando esta aventura.






Monday, February 14, 2011

AMIGOS Y ENEMIGOS


En la vida de Ernest el camino de la amistad siempre fue un terreno espinoso. Quienes más lo ayudaron fueron sus mayores críticos. Este juego perverso era la fórmula venenosa de sobrevivir que Hemingway se empeñaba en dar a beber con su whisky más preciado.
El siguiente artículo de Guillermo Niño de Guzmán me ayuda a no mentir. Ustedes tendrán oportunidad de saber por otra pluma que ésta historia de deslealtades era frecuente y que el Hemingway héroe y sobrestimado fue un ser humano con sus virtudes y defectos. Una persona de carne y hueso, no un guerrero de bronce.

HISTORIA DE UN COMBATE LITERARIO

GUILLERMO NIÑO DE GUZMÁN


Unos años después de la muerte de Ernest Hemingway, se encontraron veinte kilos de manuscritos almacenados en la bóveda de un banco cubano. Aparte de algunas piezas de ficción, entre lo más valioso del hallazgo destacaban varios documentos personales. Uno de éstos era la larga carta —diez páginas— que Scott Fitzgerald le dirigió en 1926, en la que analizaba minuciosamente la novela que Hemingway se aprestaba a publicar ese mismo año: Siempre sale el sol (The sun also rises, más conocida como Fiesta, título que se eligió para su edición inglesa). Aquel verano ambos pasaban la temporada en Juan-les-Pins, un hermoso balneario de la Riviera francesa, y Hemingway le había dado una copia de los originales para que le hiciera comentarios y sugerencias.

A los 27 años, Hemingway era un escritor desconocido que luchaba por abrirse camino, mientras que Fitzgerald se había establecido como un autor de éxito. Éste contaba ya con tres novelas y dos colecciones de narrativa breve. Asimismo, sus cuentos eran adquiridos a precio de oro por las revistas más populares de la era del jazz. Hemingway, por el contrario, había publicado unas plaquettes en ediciones marginales que sólo circulaban entre los expatriados norteamericanos de París y se ganaba la vida a duras penas como periodista. Admiraba, sin duda, el talento de Fitzgerald pero, sobre todo, envidiaba su éxito. En cualquier caso, era capaz de reconocer la mayor experiencia literaria de Scott y deseaba escuchar sus críticas y observaciones.

Siempre sale el sol tuvo una acogida unánime, tanto por parte de la crítica como del público, y marcó el despegue de la carrera de Hemingway. Más aún, fue publicada por el reputado sello Scribner's, cuyo editor, Max Perkins, había aceptado la generosa e insistente recomendación de Fitzgerald —otro de sus autores— para incorporar al joven novelista a su catálogo. Con los años la figura se invertiría y mientras la fama de Hemingway subía como la espuma, el éxito de Fitzgerald fue evaporándose, hasta su fallecimiento. Después, el primero se portaría de manera muy ingrata con el segundo, al ridiculizarlo sin contemplaciones en su libro póstumo de recuerdos París era una fiesta (1964). Y, además, negaría haberle solicitado su colaboración y haber seguido sus observaciones críticas. Sin embargo, el legado hallado en el banco cubano puso la verdad al descubierto. No sólo apareció la carta mencionada —que por alguna extraña razón Hemingway se empeñó en conservar—, sino otro manuscrito de importancia capital: los dos capítulos de Siempre sale el sol que fueron suprimidos a instancias de Fitzgerald.

La amistad que unió a ambos escritores fue tan estrecha como conflictiva. Como observa Matthew J. Bruccoli, quien ha estudiado a fondo esa relación (Fitzgerald and Hemingway: A Dangerous Friendship, Nueva York, 1994), los dos eran alcohólicos y por tanto no debe sorprender que se conocieran en un bar de París, el Dingo, ubicado en la Rue Delambre. Esto ocurrió en abril de 1925, cuando Fitzgerald acababa de publicar El gran Gatsby y se había convertido en toda una celebridad. Apenas tres años mayor que Hemingway, Francis Scott era un tipo de carácter alegre, sensible e inseguro que se ufanaba de haber estado en Princeton, pero lamentaba no haber sido enviado a ultramar cuando se enroló en el ejército durante la Primera Guerra Mundial. Nacido en St. Paul, pueblo de Minnesota, e hijo de un discreto hombre de negocios, tuvo una buena educación gracias a la herencia de su madre. Su obsesión por Zelda Sayre (una guapa y engreída sureña que no estaba dispuesta a asumir la vida ajustada que Scott podía ofrecerle al salir del ejército) lo llevó a trabajar en el campo de la publicidad en Nueva York. No le fue tan bien como esperaba y optó por dejar el puesto para rescribir la novela que había terminado mientras estaba confinado en el cuartel. Contra todo pronóstico, De este lado del paraíso (1920) fue un suceso editorial. Se vendieron cuarenta mil ejemplares en el primer año, lo que hizo posible que Scott consolidara su situación económica y se casara finalmente con la reticente Zelda.

Por su parte, Hemingway se había criado en un hogar conservador de clase media (su padre era médico) de Oak Park, un suburbio de Chicago. Intrépido y vital, había trabajado como aprendiz de reportero antes de marcharse a la guerra como conductor de ambulancias para la Cruz Roja. Herido de gravedad en el frente italiano, fue recibido como un héroe al volver a su ciudad natal. Retomó su oficio periodístico en Toronto y Chicago, y luego decidió emprender una carrera literaria. Recién casado con Hadley Richardson, a fines de 1921 se trasladó a París, donde podría dedicarse a escribir ficción mientras hacía labores de corresponsal para diarios de su país.

Cuando Hemingway evocó aquellos tiempos en sus memorias parisinas no vaciló en referirse a su precaria situación económica. Según Bruccoli, esa pobreza es una invención del novelista, pues si bien Hemingway ganaba a destajo, su esposa disponía de unos tres mil dólares de renta anual (el cambio de moneda en la Europa alicaída de la posguerra resultaba muy favorable para un norteamericano). Obviamente esta suma no permitía una vida lujosa, pero sí bastaba para cubrir los gastos cotidianos y para solventar viajes a España y vacaciones en las estaciones de invierno de Suiza y Austria. "El hambre era una buena disciplina", alegaba Hemingway al recordar esos años, "cuando éramos muy pobres y muy felices". Sin embargo, como apunta Bruccoli, la memoria es infiel, pues los Hemingway también contaban con una cocinera.



Uno de los escollos más grandes en las relaciones entre Fitzgerald y Hemingway fueron las diferencias económicas. El nivel de vida de Scott era demasiado alto para Hemingway. En efecto, los Fitzgerald derrochaban el dinero a manos llenas, con esa alegría y desparpajo propios de los locos años veinte. Aquello no le hacía nada de gracia a Ernest, aunque Scott era muy generoso y no dudaba en pagar abultadas cuentas en los cafés de Montparnasse y en el bar del Ritz. Ambos escritores congeniaron de inmediato, y la debilidad que compartían respecto a las bebidas espirituosas fue decisiva para reforzar el vínculo. Pero, a diferencia de su recio amigo, Fitzgerald no toleraba bien el alcohol y sus borracheras solían derivar en el escándalo.

En París era una fiesta, Hemingway se regodea al exacerbar las torpezas y debilidades de Scott. Su visión no sólo es injusta, sino burlona, y a menudo roza la crueldad. Hemingway cuestionaba la fascinación que el mundo de los ricos ejercía sobre su amigo. Fitzgerald, de acuerdo con su testimonio, se empeñaba en sostener que los ricos eran diferentes. "Claro —le replicaba el sardónico Ernest—, ellos tienen más dinero." Al parecer, esta famosa anécdota no es del todo exacta, pero Hemingway se valió de ella para desdeñar a Fitzgerald como un tipo frívolo y limitado. Ya en los años treinta, cuando Scott había caído en desgracia, se había referido a él en "Las nieves del Kilimanjaro" de manera compasiva y denigrante. A pedido de Fitzgerald, quien se sintió herido por la alusión, tuvo que cambiar el nombre del personaje cuando incluyó el relato en la recopilación de su narrativa breve.

La actitud de Hemingway resulta inadmisible, más aún por tratarse de un amigo que tanto le había apoyado literaria y materialmente. ¿Era simple envidia por el éxito inicial de Scott u obedecía a la animadversión que le suscitaba Zelda, a la que culpaba del derrumbe de su marido? La explicación quizá resida en un episodio ocurrido en París en junio de 1929. La anécdota sería irrelevante si no comprometiera a una persona tan orgullosa y competitiva como Hemingway. Aficionado al boxeo, acostumbraba practicar este deporte con sus colegas. Uno de sus contrincantes habituales era el escritor canadiense Morley Callaghan, a quien había conocido cuando trabajaba en Toronto. Ernest invitó a Scott al gimnasio para que controlara el tiempo, pero éste se olvidó de señalar el final de una vuelta y dejó que continuara la pelea más allá de los tres minutos estipulados. Su distracción permitió que, durante la prórroga "ilegal", el diestro Callaghan lograra encajarle a su contendiente un fuerte golpe en la mandíbula que lo derribó con estrépito. El imbatible Hemingway montó en cólera y culpó a Scott de haber actuado con mala fe.

Las cosas no terminaron allí. El chisme de la "derrota" de Hemingway circuló en los ambientes de expatriados norteamericanos de París y llegó hasta Estados Unidos. Furibundo, Ernest presionó a Scott para que enviara un cable a Callaghan exigiéndole una rectificación. El canadiense, quien no se había jactado de su hazaña, se molestó a su vez y el editor Max Perkins se vio obligado a intervenir como mediador. Lo peor fue que, a raíz de todo esto, salió a relucir un infundio de Robert McAlmon (un pequeño editor de París que había publicado el primer título de Hemingway, Tres cuentos & diez poemas, en 1923), bisexual y malicioso, quien había acusado de homosexualidad tanto a Fitzgerald como a Hemingway. A la larga, Scott llegaría a pensar que los chismes de McAlmon contribuyeron a destruir su amistad con Ernest, tal como anotó en un cuaderno íntimo. En suma, una historia estúpida e infantil, en la que el único perjudicado fue Fitzgerald, quien debió pagar su torpeza por el resto de sus días. A partir del incidente, su amistad con Hemingway empezó a deteriorarse sin remedio.

La correspondencia entre ambos escritores —se conservan 57 cartas y telegramas: 28 de Scott y 29 de Hemingway— revela el afecto y la complicidad que los había ligado, en especial en el periodo 1925-1926. Asimismo, confirma que Fitzgerald socorrió a su amigo cada vez que éste se encontraba en apuros financieros. El intercambio epistolar se mantuvo hasta semanas antes de la muerte de Scott. En las misivas figuran memorables declaraciones, bromas y confidencias que sólo podían haberse dado entre amigos muy cercanos. No obstante, con el paso del tiempo y los vaivenes de sus respectivas carreras, se puede advertir un cambio de sentimientos. Fitzgerald comienza a sentirse disminuido a medida que Hemingway se impone en el mundo de las letras. En una carta no puede evitar la sensación de culpa generada por su dipsomanía —adicción que Hemingway le reprochaba a menudo— y le asegura, con una frase patética, que "hace un mes que no bebo una sola gota, pero ya se acercan las Navidades".

En los últimos años de su vida, Fitzgerald sentía casi pavor de enfrentarse a Hemingway. Luego de la etapa parisina, cuando ambos retornaron a su país, se vieron esporádicamente (cuatro veces entre 1931 y 1940). Scott se sentía incómodo y nervioso ante el amigo que ahora paladeaba el triunfo y no ocultaba sus aires de superioridad. En una ocasión, en enero de 1933, se reunieron en Nueva York con su compañero de generación, el crítico Edmund Wilson. La cita fue un desastre total. Fitzgerald se emborrachó, se puso insoportable y los insultó antes de desplomarse sobre el suelo. Ciertamente, mientras Hemingway acumulaba experiencia y se fortalecía, Fitzgerald se hacía más vulnerable y enrumbaba cuesta abajo. La decadencia de Scott llegó a tal extremo que debió buscar un trabajo de guionista en Hollywood para poder sobrevivir. Terminar Tierna es la noche (1934) le había tomado nueve años y, pese a haber cifrado todas sus esperanzas en esta novela, fue recibida sin pena ni gloria (lo curioso es que Hemingway la consideraba su obra cumbre). Abatido, olvidado y con Zelda internada en un manicomio, Scott Fitzgerald falleció de un ataque al corazón el 21 de diciembre de 1940. Tenía 44 años. Pocos días antes le había escrito a Hemingway por última vez, para agradecerle el envío de Por quién doblan las campanas, a la que dedicó los mayores elogios.




La mezquindad de Hemingway se percibe sobre todo en su tendencia a minusvalorar el aporte de Fitzgerald a su obra. Sin duda, le disgustaba tener que deberle algo a otro colega. Sherwood Anderson y Gertrude Stein, quienes le habían apoyado en sus inicios, también fueron víctimas de su arrogancia. En su relación con Scott le fue imposible frenar una acuciante rivalidad, latente desde el principio de su amistad. En ese sentido, vale la pena resaltar el comportamiento de Fitzgerald. El interés que puso en promover la carrera de Hemingway y sacarlo de la oscuridad es digno de un agente literario. No sólo se esforzó por procurarle un editor importante, prestarle dinero o escribir acerca de sus libros, sino que puso a su servicio su experiencia creativa. Había tenido la intuición suficiente para vislumbrar el genio de Hemingway y decidió ayudarle a mejorar sus habilidades narrativas.

Antes de ocuparse de Siempre sale el sol, Scott le aconsejó realizar unos cortes en el relato sobre boxeo "Cincuenta de los grandes". La primera versión escrita por Hemingway comenzaba así: "—Oye, Jack —dije—. ¿Cómo hiciste para ganarle a Leonard? —Bueno —dijo Jack—. Benny es un boxeador muy listo. No deja de pensar en ningún momento, y mientras él se devanaba los sesos yo me cansé de pegarle." Hemingway excluyó este pasaje porque Fitzgerald le dijo que era "algo trillado". Muchos años después lamentaría haber accedido a esta sugerencia, aunque omitió mencionar que no fue la única supresión que efectuó por recomendación de su amigo. Entre los papeles de Hemingway se halló una copia del cuento con una nota suya de puño y letra que dice: "Las tres primeras páginas del relato mutilado por Scott Fitzgerald...". Asimismo, aparecieron unas observaciones manuscritas de Scott en las que le insta a cortar las seis páginas iniciales. "Tal vez su concisión lo haga aburrido", advierte sobre el planteamiento narrativo. "La imposibilidad misma de concentrar la atención por un tiempo; el mero hecho de dejar únicamente los grandes momentos es, quizá, lo que le dé esa apariencia de arranque lento." Al final, Hemingway suprimió dos páginas y media del comienzo. Es posible que la anécdota excluida no fuera tan trillada como argumentaba Fitzgerald, pero, en todo caso, los cortes realizados por indicación suya dotaron de mayor fuerza a la historia al introducir de lleno al lector en medio de la acción.

En cuanto a Siempre sale el sol, Hemingway se obstinó en negar que hubiera hecho modificaciones en el texto por influencia de Fitzgerald. La verdad es que él mismo le había pedido sus comentarios, como corrobora su correspondencia: "Me encantaría que me aconsejaras o que me dijeras cualquier cosa sobre la novela. Nadie la ha leído hasta ahora." Como opina Scott Donaldson en su Hemingway contra Fitzgerald, Francis Scott se quedó desconcertado por la apertura fallida de la novela. Y, aunque se veían a diario, prefirió hacer una crítica minuciosa por escrito. Él era el novelista experimentado y Ernest un novicio, pero no se jactó de ello sino que obró con sutileza. Le dijo que había recibido excelentes consejos de gente que no había escrito novelas como Edmund Wilson y Max Perkins, y que no había vacilado en aceptar cambios de varios miles de palabras en El gran Gatsby. Continuaba su larga carta:

En todo caso, creo que hay partes de Siempre sale el sol que son descuidadas e ineficaces. Como dije ayer (y, como recuerdo, al tratar de que cortaras la primera parte de "Cincuenta de los grandes"), encuentro en ti la misma tendencia a envolver o [...] embalsamar en mera palabrería una anécdota o broma que casualmente te atrae, que encuentro en mí mismo al intentar conservar un pasaje de "buena escritura". Tu primer capítulo contiene unas diez cosas así y da una sensación de casualidad condescendiente.

Luego pasaba a señalar sus objeciones. En la página 1 objetaba, por ejemplo, expresiones como "historia de moral elevada", "como decía Brett" (cosas de O. Henry), "demasiado cara". Su crítica es dura aunque certera: "Pienso que hay a lo largo del texto más o menos veinticuatro pretenciosidades, jactancias y suficiencias que estropean la narración entera".

Para Fitzgerald, el tono de los capítulos con que se abría la novela no era el adecuado y difería mucho del que adoptaba después Jake Barnes, el narrador protagonista. Tampoco le gustaba la descripción irónica de Montparnasse, que le parecía similar a la de una guía turística, así como el empleo de recursos fáciles y gastados, y los excesos del autor al pretender ser gracioso. En realidad, toda esa introducción contenida en los capítulos primero y segundo era innecesaria. Dilataba demasiado el arranque de la historia y perjudicaba la acción dramática. Fitzgerald insistió en que Hemingway debía revisar drásticamente el principio. Su recomendación era que no se limitara a "podar poco a poco" sino que desechara "lo peor de las escenas".

Hemingway sopesó la crítica pormenorizada de su amigo y tuvo la perspicacia suficiente para reconocer el valor de sus indicaciones. Sin embargo, en lugar de rescribir la apertura de la novela, optó por eliminar los dos primeros capítulos en su integridad. Cabe añadir que Scott nunca pretendió atribuirse las mejoras que propiciaron su intervención creativa, mientras que Ernest se esmeró por minimizar sus aportes. Antes de abandonar la Riviera, Fitzgerald le envió un mensaje en el que le reiteraba su apoyo incondicional: "Si hay algo que necesites tanto aquí como en América —algo acerca de tu obra o algo de dinero o de ayuda humana— recuerda que siempre puedes recurrir a mí. Tu buen amigo, Scott."

No obstante, a partir de entonces la amistad entre ambos escritores fue dominada por un sentimiento de rivalidad. Hemingway se comportó de manera ruin con el amigo que tanto había hecho por él. Quizá las únicas palabras amables que le dedicó a Fitzgerald fueron aquellas con las que aludió a su destino trágico en sus recuerdos parisinos y que pueden considerarse entre las más hermosas líneas que se han escrito sobre el autor de Hermosos y malditos: "Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo.”

Ernest Hemingway sobrevivió 21 años al que fuera el mejor amigo de su juventud. A la larga tampoco conseguiría escapar al deterioro físico y mental, pero ésa es otra historia.








































Sunday, January 30, 2011

MARTHA ERES UNA MALDITA


Acaso sea Martha la mujer que mejor conoció a Hemingway. Acaso sea la única que lo entendió. Uno muchas veces lee y relee anécdotas, datos, referencias, torpes crónicas y se queda siempre con la sensación de saber quien fue Martha Gellhorn.
La crónica que sigue es una de las mejores que leí. La entrego con el placer de que todos tengamos la misma experiencia.


Martha Gellhorn: La reportera de batalla



Ninguna de las guerras que estallaron en sus ochenta y nueve años de existencia le fueron ajenas. Conflictos pequeños o masivos, cortos o prolongados, originados por la disputa de un pedazo de tierra o por el control del poder, entre nacionales o contra la invasión extranjera; no había una sola tragedia humana que le fuera ajena. Por eso se hizo periodista.


No nació reportera ni se lo había propuesto. De hecho, el escritor inglés Nicholas Shakespeare, quien fue su amigo en los últimos años de su vida, recordó en un revelador apunte biográfico que publicó en 1998 en la revista “Granta” (ella falleció el 15 de febrero de ese año) que antes de que apareciera un artículo con su nombre y apellido fue protagonista de un escándalo en París cuando la prensa informó que vivía abiertamente un romance impropio con Bertrand de Juvenel, quien era el hijastro y amante de la escritora Colette. Eran principios de los 30, Paris era una fiesta, y ella, rubia y enérgica, tenía algo más de veinte años y había llegado por primera vez a Europa con 75 dólares en la cartera, en busca de un tema para su novela. Porque ella deseaba ser escritora y nunca periodista. Su época y sus impulsos la convirtieron en reportera, una de las más grandes de todos los tiempos.


Nació en Missouri, Estados Unidos, en 1908, y su padre fue un migrante prusiano que amaba viajar como un condenado; su madre, Edna Fischel, fue una indómita mujer que participó activamente en un movimiento que luchó por el derecho de la mujer al voto. Libertad y rebeldía heredó de ambos esta mujer que sólo soñaba con dedicarse totalmente a la literatura y nunca al periodismo, cuando en 1936, en un bar de Key West, Florida, conoció al escritor cuyo nombre comenzaba a resonar debido a libros como “Fiesta”, “Adiós a las armas” y “Las verdes colinas de África”. Ernest Hemingway la deslumbró diciéndole que en España había estallado una guerra civil y que él iría como “corresponsal antiguerra”, como cronista de los guerreros del lado que según él representaban la justicia y la libertad: Los republicanos. A ella le fascinó la definición “corresponsal antiguerra” y aceptó al año siguiente viajar con él a Madrid, y vivieron juntos en el mismo hotel. Por si acaso se había conseguido un papel que decía que colaboraba en la revista “Collier’s”, pero la verdad es que le aterraba la idea de ser testigo de tanta violencia, sobre todo entre connacionales. Así empezaba cuando una bomba estalló en el hotel y tuvo que salir a ver lo que sucedía.


Sin nombrar a Hemingway, en la introducción de su libro de crónicas El rostro de la guerra recordó ese momento revelador que la marcaría para siempre: “Unas semanas después de haber llegado a Madrid, un amigo periodista me sugirió que escribiera. Al fin y al cabo, yo era escritora, ¿no? Pero, ¿Cómo podría escribir sobre la guerra, qué sabía yo de ella, y para quién iba a hacerlo? En primer lugar, ¿Cómo empezó todo? ¿Tenía que ocurrir algo colosal y definitivo para poder escribir un artículo? Mi amigo periodista sugirió que escribiera sobre Madrid. A quién podría interesarle, pregunté yo; lo que allí sucedía no era más que la vida cotidiana. El me hizo ver que aquella no era la vida cotidiana de todo el mundo. Era la guerra”. También recordó el envío de una primera crónica a la revista “Collier’s”, describiendo los horrores del conflicto y las matanzas de la población civil. Ella creyó que jamás la publicarían, pero se equivocó. La contrataron de inmediato.


Ese fue el principio de una portentosa carrera de sesenta años que la condujo a los escenarios de conflicto más diversos; y así como pudo observar la sofisticación progresiva de los armamentos, la modernización de las estrategias bélicas y la aparición de diversas formas de confrontación de famélicos pueblos contra grandes potencias, también mantuvo durante toda su vida una vigorosa campaña antibélica. La más notable de las corresponsales de guerra del mundo era una consumada pacifista que nunca declinó su permanente denuncia contra quienes inventaban batallas para engrosar sus cuentas bancarias. La más devastadora epidemia de la que todavía no se desprende la humanidad, decía ella, no era ni la corrupción ni la droga sino la venta de armas. Y lo decía con la certeza de quien había sido testigo de los peores enfrentamientos, como una periodista a quien le importaba más el sufrimiento de la gente que los cubileteos diplomáticos para alargar las guerras o la eficacia de las tácticas bélicas con tecnología de punta. Ella prefería escribir sobre la lucha por la vida, y no sobre las victorias de la muerte.


En eso se diferenciaba de Hemingway, a quien le fascinaba jugarse la vida y adoraba los conflictos armados, pero sobre todo ser protagonista de los mismos. Sus crónicas de la guerra civil en España son relatos en los que el centro de la atención suele ser él, mientras que ella, quien también había visto lo mismo que él, prefería que los combatientes y la gente relatasen las penurias de los días de fuego. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de que tarde o temprano sus discrepancias terminarían por erosionar y terminar con su relación, después que ella viajó a Finlandia para presenciar la invasión nazi a ese pacífico país, se trasladaron juntos a China para relatar la guerra de liberación dirigida por Chiang Kai-Chek contra la invasión japonesa. Y después de casarse el 21 de noviembre de 1940, estuvieron en los diversos frentes aliados en Europa que combatían al enemigo común alemán. Cuando el 25 de agosto de 1944 Hemingway celebraba la liberación de París en el Hotel Ritz, el matrimonio había naufragado y cada uno estaba por su lado como escritores y periodistas. Es más, entonces el novelista se había enamorado de otra persona con la que se casaría por cuarta vez, Mary Welsh.


La tercera mujer del autor de “Por quién doblan las campanas” – a quien le dedicó el libro – jamás hablo públicamente de la vida que compartió con él, sencillamente porque creía que no era importante. En Notingh Ever Happens to the Brave, que biógrafo Carl Rollyson escribió sobre ella, el autor reconoce que la reportera jamás acepto una entrevista con él, porque consideraba que todo lo que se quería saber de su existencia estaban en sus artículos. “Detesto las biografías por que solo se interesan en tus amantes y tus excentricidades”, le dijo ella a Rollyson: “se decidió mantener los detalles de mi vida intima en la oscuridad”. No obstante, el autor llego a la conclusión de que Hemingway fue el más grande error de su vida, llego a comentarle a Nicholas Shakespeare algunos aspectos reveladores de los años que compartió con Hemingway. “Me propuso matrimonio con tanta vehemencia que si no aceptaba me asesinaba en al acto”. Relato la reportera de guerra. “Era una inevitable atracción de opuestos. Cuando había decidido matarlo, de pronto aparecería con una enorme e irresistible sonrisa. Al enterarse mi madre de que me había casado con él, me dijo: “cómo pudiste hacerlo, Martha. Tú eres feliz. No podrán vivir juntos”. Tuvo razón. Mi madre fue a la única persona de mi familia a quien él quiso, hasta que un día Ernest le envió el manuscrito original de “El viejo y el mar” y ella se devolvió dulcemente diciéndole: “Gracias, pero ya tengo el libro”. El nunca más le dirigió la palabra. Era un egoísta y borracho. Jamás se atrevía a contestar el teléfono. Cuando escribía no existía el mundo para él. Era chocante para las mujeres, pero no era muy atractivo en la intimidad. El sexo para él era una necesidad, como las vitaminas. Al terminar mi novela ‘Liana’ me dijo que ‘estaba bien para una chica’, pero a mi madre le había escrito: ‘Es lo mejor que he leído hasta ahora’. La verdad es que me limitó en mi trabajo. No quería que fuera al frente de combate. Ya no podíamos seguir juntos. Cuando lo deje y le pedí el divorcio, al poco tiempo la noticia apareció en la revista ‘Time’. Yo lo único que quería era recuperar mi apellido y dejar de ser la mujer de Hemingway”.


“¿Qué sintió cuando se entero de que se suicido con un disparo en la boca?”, le pregunto Nicholas Shakespeare.


“Nada”, fue su única respuesta


Ella era así, de carácter bronco y decidido. En Hemingway: The Final Years, el quinto tomo de la monumental biografía escrita por Michael Reynols, reconoce que fue ella la única mujer que mantuvo a raya al novelista norteamericano fanfarrón y desconsiderado: “Toda su vida él forzó a sus esposas a que le pidan el divorcio para no sentirse culpable del rompimiento. Con Martha los roles fueron al revés. Cuando él regreso a la casa, su esposa ya no estaba y supo de ella solo cuando le reclamo el divorcio. Por eso jamás le perdonaría la vergüenza que le hizo pasar”. Así fue como la reportera siguió las incidencias del final de la Segunda Guerra Mundial sin su marido, de quien no supo que se había matado. Ella no había abandonado su carrera; por el contrario, se dedicó de lleno a los más importantes conflictos de la postguerra, como la división de Corea, el levantamiento popular en Java contra los colonistas holandeses y la guerra de independencia israelí frente a las Naciones Árabes en Oriente Medio, sin contar el juicio a los jerarcas nazis en Nüremberg. “Los pueblos no exigen nunca guerra, como prueba el hecho de que ningún pueblo cree haber iniciado una”, escribió a principio de los años sesenta. Entonces había decidido dedicarse solo a sus novelas y dejar el periodismo, pero el más pavoroso de los conflictos en los últimos cincuenta años la devolvió al campo de batalla: Vietnam.




“He escrito ficción porque era lo que deseaba hacer, y me he dedicado al periodismo por curiosidad”, asi justifico su viaje a la península de Indochina. “La curiosidad, creo, no tiene límites, se acaba con la muerte. Aunque he perdido hace tiempo la cándida fe en que el periodismo sea la luz que ilumina los recovecos de la vida, todavía creo que es mucho mejor que la total oscuridad. Alguien tiene que hacernos llegar las noticias, ya que no podemos saber todo por nosotros mismos. Yo no quería saber nada de las nuevas estrategias militares, ni ver otra vez como hombres jóvenes se mataban unos a otros por orden de sus vetustos superiores. Decidí ir a Vietnam porque tenía que saber por mí misma, ya que no lo podía saber por nadie: qué le ocurría a aquel pueblo sin voz de Vietnam”.


En una de sus más memorables crónicas concluyó de la siguiente manera un texto sobre la intervención norteamericana que acabo de modo catastrófico y humillante: “La guerra de Vietnam no es en absoluto un problema exclusivamente americano; es un problema de todos. Y puede ser nuestra última oportunidad para entender que ya no podemos permitirnos ni siquiera las guerras pequeñas. Puede que finalmente hayamos llegado al momento de la verdad y debamos decidir que ha quedado obsoleto, si la guerra o la especie humanan”. No era una fanática que agitaba a las masas con una pluma flamígera. Era una observadora pertinaz, y con la seguridad de haber estado en el terreno de los hechos, se forjaba una opinión. De allí que incluso criticaba a sus colegas: “Son crueles los reportajes sobre la guerra que parecen la descripción de un partido de futbol entre un equipo de héroes y otro de villanos, en el que el marcador reflejase el ‘número de cadáveres’ y el ‘porcentaje de muertos’”. Por su objetividad y vehemencia, su fervor incalculable para las víctimas, sus reportajes fueron incluidos en Reporting Vietnam, la más reciente y famosa colección de artículos de periodistas norteamericanos sobre la guerra que un hambriento y pobre ejercito gano a la más poderosa escuadra militar del mundo.


Estuvo en el Medio Oriente para la guerra de los Seis, en Nicaragua cuando los “contras” financiados por la CIA intentaron derrocar a los sandinistas, en El Salvador en los días de la salvaje represión militar con los auspicios de la Casa Blanca, en la invasión norteamericana de Panamá para derrocar al ex socio incomodo Manuel Antonio Noriega. Tenía más de ochenta años y mantuvo al tope el entusiasmo y la indignación contra la guerra, como cualquier otro muchacho que recién empieza a reportear conflictos. En uno de los últimos prefacios que escribió para su colección El rostro de la guerra, hizo un recuerdo de su existencia: “Después de una vida observando la guerra, considero que ésta es una enfermedad humana endémica, y que los gobiernos son sus portadores”, se explico: Escribí muy deprisa, como tenía que hacerlo; y siempre temía olvidar el sonido, el olor, las palabras, los gestos exactos que eran propios de ese momento y ese lugar. Pero la cualidad de estos artículos es que son de verdad, cuentan lo que vi. Puede que recuerden a otros, como me recuerdan a mí, el rostro de la guerra.


Nicholas Shakespeare – el escritor inglés que vivió en Lima y cuya novela The Dancer Upstairs (El bailarín del piso de arriba) se inspira en la captura de Abimael Guzman -, cuenta que ella odiaba que no le creyeran alguna de las historias que escribía. No soportaba que se dudase de su testimonio y experiencia. “Yo no puedo inventar”, solía expresar: Aunque no podía fumar, viajar, leer o beber, ella estaba al tanto de las noticias. “la conocí cuando estaba investigando el caso de los niños de la calle Brasil”, recordó Shakespeare: “Tenia 87 años y estaba fascinada con su trabajo de periodista como una adolescente”. Antes de morir instruyo a la hija que adoptó, Sandy, que cremara sus restos y arrojaran sus cenizas al Támesis “para continuar viajando”. Ella era Martha Gellhorn. Y bien pudo llamarse Coraje.


Fuente: La República – Ángel Páez