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Tuesday, March 27, 2012

TINTA, SANGRE Y VINO


Este hemingwayano tenía muchas expectativas respecto del certamen.Uno sabe que en los concursos siempre aparecen dobleces, escenografías de cartón pintado que confunden a los espectadores y una suerte de magia que no siempre satisface. Este geronte lleva muchos años hablando sobre el norteamericano. Mis amigos ya me declararon "la viuda negra de Hemingway" y, como buen caradura, lo tomo a risa. Sin embargo, a veces parezco un niño tratando de ver si la bolsa de caramelos está llena y, sin darme cuenta, un día las golosinas se terminan.
Cuando decídí presentarme al concurso creí inocentemente que se trataría de una convocatoria dirigida a especialistas. Error. Los especialistas no prueban sus conocimientos en eventos de este tipo, lo hacen en foros internacionales o en reuniones específicas. Este periodista maduro no advirtió el cambio de época y se quedó con el viejo esquema  "del saber". Hoy la historia no la cuentan los que saben, para eso está Google y su verdad bíblica, el resto puede hallarse en las redes sociales que bien ayudan a la incomunicación.
No voy a analizar la decisión del Jurado ni la premiación. Observo que el premio mayor recayó en un joven dramaturgo español al que felicito. También analizo que la edad promedio de los finalistas ronda los 30 años -en mi caso fue un error o una gentileza-, y eso es auspicioso, porque demuestra que la literatura está en carne viva.
Finalmente mi agradecimiento a todos los que me ayudaron y leyeron LA LEYENDA DEL VINO. A los que casi obligué para que me criticaran y a los que votaron porque creyeron en la virtud del texto.
Lo que sigue es la crónica que Bodegas Paternina subió a su página.  


El sábado 24 de marzo de 2012 se llevó a cabo la entrega de premios del I Concurso de Relato Corto de Paternina “Tinta, sangre y vino”, fecha que hubiera coincidido con el 93 cumpleaños de Don Marcos Eguizábal, propietario desde 1984 de Bodegas Paternina.

Al acto acudió el jurado al completo:
Valerie Hemingway, que lo hizo gracias a las nuevas tecnologías, por video conferencia. Jose Luis Pérez Pastor, Director de Cultura del Gobierno de La Rioja ; Paul Pen, escritor y novelista de títulos como El Aviso;  Miguel Ángel Muro, doctor en Filología hispánica, Profesor Titular de la Universidad de La Rioja, especialista en el teatro de Bretón de los Herreros y en novela contemporánea española. Carlos Estecha, enólogo y director técnico de Bodegas Paternina.
Además del Consejero de Presidencia del Gobierno de La Rioja, Don Emilio del Río, la alcaldesa de Ollauri Doña María Luisa Ruiz Nanclares, el alcalde de Haro, D. Patricio Capellán y otras personalidades de la cultura y literatura.
La ceremonia comenzó con la firma del acuerdo de colaboración entre Bodegas Paternina y el Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, así la exposición “Tinta, sangre y vino” 55 aniversario de la visita de Ernest Hemingway a Bodegas Paternina viajará a diferentes universidades de Estados Unidos, para que dicho público vea a través de la mirada de Hemingway cómo es España. Por cada universidad que visitemos, un estudiante será becado para cursar diferentes asignaturas del programa de estudios del Instituto Franklin.
Después comenzamos la entrega de premios. El premio del público, “El encantador de letras” fue anunciado y entregado por Miguel Ángel Muro y leído por Carlos Estecha y allí estuvo Lourdes Denisse Calleja Ávila para poder recogerlo.
El segundo premio, “Madrid era una fiesta”, fue anunciado y entregado por José Luis Pérez Pastor y leído por Paul Pen, el autor, Mario Herrero Monreal, no pudo asistir a la entrega.
Por último, el premio más esperado, fue anunciado desde Montana y vía video conferencia por Valerie Hemingway, entregado por D. Emilio del Río y leído por Andrés Arenas, biógrafo de Hemingway, que nos estremeció con su lectura. El nombre del relato "Intenso y rápido", su autor Ozkar Galán Pérez recogió el premio junto a su hija.
El acto terminó con un cóctel y una visita a la bodega de Paternina “Conde de los Andes”

1º Premio: "Intenso y rápido" de Ózkar Galán Pérez - Madrid (España)




2º Premio: "Madrid era una fiesta" de Mario Herrero Monreal- Madrid (España)
Premio Especial del Público: "El encantador de letras" de Lourdes Denisse Calleja Ávila - Biarritz (Francia)

Enhorabuena a los tres.

A continuación el resto de relatos con el nombre de sus autores:

"Bestia Negra" - María Flores Verdú - Barcelona (España)
"Cuando anochece" - Juan de Molina - Cádiz (España)
"El legado de Hemingway" - Blanca Muñoz Rubio -  Valladolid (España)
"El vino y Hemingway" - Antonino de Mora Taberner - Albacete (España)
"Entre todas las mujeres" - Roberto Elvira Mathez - Buenos Aires (Argentina)
"La leyenda del vino" - José María Gatti- Buenos Aires (Argentina)
"Otra historia real" - Ignacio José Ascacíbar Gómez - Logroño (España)
"Remake" - Hugo Robles Lama - Santiago de Chile (Chile)
"Tres horas de sinestesia" - Daniel Aznar Alonso - Barcelona (España)

Monday, March 12, 2012

LA LEYENDA DEL VINO

“El vino de Rioja, y en concreto el de Paternina, era el que más le gustaba del mundo” Valerie Danby-Smith





Todos lo sabían. Todos callaban. Todos fueros cómplices. La orden debía cumplirse sin ninguna protesta. René Villarreal estaba convencido de que Papa, una tarde calurosa lo sorprendería con la botella de vino en la mano y le ordenaría descorcharla para que ese huracán de sabor mágico lo desmayara.

 
Mary Welsh, por indicación del médico José Luis Herrera Sotolongo, había limitado el consumo de alcohol en Finca Vigía. El compañero español que Ernest conoció en Paracuellos de Jarama, no se cansaba de insistir: “Hemingway podía vivir 90 años a pesar de su colección de heridas en el cuerpo”. Sin embargo, a Mary no le resultaba fácil sostener su tarea. Ernest siempre se las ingeniaba para quebrar el pacto de disminuir la cuota etílica diaria y se embravecía cuando la voz tenue de su esposa le negaba la bebida.

José Herrera, el “Pichilo”, quien cuidaba el jardín y preparaba celosamente los gallos de riña para el domingo, siempre tenía a mano una petaca que Ernest le había regalado. Cuando Papa hacía su recorrido y miraba los gallos, el “Pichilo” lo invitaba a calentar la garganta. Todo, claro está, quedaba en secreto, en una suerte de pacto, en un código de caballeros.

El primer intento de descorchar la botella de vino de la bodega Paternina fue cuando Hemingway recibió la triste noticia sobre la muerte de Adrienne Monier, el 18 de junio de 1955. Ernest permaneció sentado en el sillón de la sala, en total silencio, y después de una hora de reflexión lo llamó a René Villarreal. Minutos más tarde, su fiel asistente regresaba con la botella de vino de La Rioja. En el camino se interpuso Mary, quien desbarató la intentona, mientras resonaba el insulto en todo el ámbito silente de la casa: “¡Zorra, se acaba de suicidar Adrienne y yo quiero brindar por ella!”.

 La segunda embestida sobrevino después de haber pasado por “El Floridita”. Hemingway había bebido demasiado junto a Spencer Tracy y un grupo de amigos. El actor, vestido de elegante traje oscuro, ya cansado, se disculpó ante la rubia que lucía en su cuello el collar de perlas de dos vueltas y se fue al hotel. El novelista, con su guayabera blanca manchada del Bloody Mary que su esposa volcó sobre la barra, sólo quería llegar a Finca Vigía para terminar la noche matando al vino sagrado. Parecía escrito que el norteamericano no podía encontrar el momento propicio para darse el placer de degustar el caldo español en su boca. Quince meses después, Papa salía con la suya y regresaba a España. A esa tierra donde se mezclaban afectos y desencuentros, donde había nacido un amor imposible que nunca terminaba de concretarse. Papa siempre decía que amaba España y de ello no cabía duda. Desde 1923 se alimentaba con esa pasión. Todo era un ida y vuelta.

Ernest trotaría de forma interrumpida hasta 1931. Hecho un remolino, volvería durante el transcurso de la Guerra Civil, ganando prestigio como corresponsal bélico. Había entonces muchos sentimientos cruzados. Tío Ernesto tenía amigos en los dos bandos pero apoyó febrilmente a la República convencido de que el triunfo de los fascistas sería un peligro para toda Europa. Hemingway regresaría a su tierra adoptiva en 1953 y luego, casi como una obligación, retornaría en 1954, 1956, 1959 y 1960.

Papa arribará a la península aquel setiembre de 1955 y conocerá a Antonio Ordóñez luciendo su aureola de Premio Nobel. Primero hará una parada en Logroño, justificando su presencia en las Fiestas de la Vendimia y luego se entusiasmará con el triunfo de su adorado diestro. Pero lo suyo era la comunión con el vino. En esa aventura que Mary Welsh la vivía como tragedia, el torero y el escritor cortaron la cinta de la felicidad sumergidos en los calados centenarios de la Bodega Fernando Paternina. Allí cataron los vinos envejecidos y volaron junto a los duendes que acompañaban la ceremonia. Fueron momentos fuertes, intensos, de mutua confiabilidad, donde el tiempo parecía un espacio vacío.

Las horas vividas quedaron marcadas como tatuaje en la piel. Hemingway sólo debía cumplir con un viejo anhelo: encontrarse con Ted Allan, el escritor judío canadiense con quien había compartido los angustiantes días de la Guerra Civil. No se reunieron. De todos modos, Papa comprometió a su amigo para que visitara su residencia en Cuba y allí domaran la botella de vino riojano que Ava Gardner le había regalado. Pero esto tampoco sucedió.

El último intento de vencer a la derrota fue en octubre de 1959, a su regreso de España. Hemingway había hecho una parada en Nueva York, antes de regresar a Finca Vigía, donde esperaba la llegada de Antonio Ordóñez y su mujer Carmen. Todos juntos viajarían hasta Ketchum, para visitar la casa que sería el lugar del triste final del escritor.


A principios de enero de 1960, Mary y Ernest volverían a la vida tranquila de Finca Vigía. No sería por mucho tiempo. Todo indicaba que se iniciaba un período tormentoso. Antes de partir de la residencia donde Papa retuvo el baúl de sus sueños, habló un largo rato con su amigo más cercano, con su último confidente.

Nunca Hemingway pensó en el adiós definitivo. Siempre creyó que regresaría. Su corazón continuaría latiendo en La Habana mientras los vientos alisios siguiesen acariciándole el rostro.

Después de aquella reunión cumbre, la botella de vino Paternina quedó en manos de René Villarreal. Por años la guardó celosamente. Hoy la custodia en cofre de oro Raúl Villarreal, el hijo del mayordomo de Ernest Hemingway.

El tiempo tiene la última palabra.


Este relato acaba de ser seleccionado, dentro de los 12 finalistas, para acceder al premio del Concurso de Relatos Cortos, organizado por la Bodega Paternina de La Rioja (España).El público puede votar hasta el 23 de marzo, ingresando a www.paternina.com/hemingway 
Gracias por acompañarme.


Estimado José Maria Gatti:

Felicitaciones!!!! Me gusto mucho el relato.

Se lo leeré a mi padre cuando lo visite este próximo fin de semana.
Se que le vendrá una sonrisa y te lo agradecerá.

Felicitaciones nuevamente. Que tengas mucha suerte y te escribo pronto.


Abrazos


Raúl Villarreal


Querido José María

Me encantó seguir el camino de una vida, los azares del asombro, la
angustia de la muerte, la lucha ideológica y la propia fantasía, a
través del relato del misterio de una botella de vino que nunca pudo
cumplir el destino para el cuál fue creada, ser el recipiente de los
sueños que facilita en una vida de aventuras el baúl de la conciencia
de lo imposible.
A esos campos me llevó tu relato, no sé cuales habrán sido los valores
del jurado.
Gracias por hacerme compartir tu creación y felicitaciones por
permitirme recorrer los caminos de tu narración que com tanta
facilidad me llevaba de la posible realidad a la atrevida fantasía.
Un abrazo muy grande para vos y tu compañera. Nos vemos pronto

Roberto Campitelli









Friday, February 24, 2012

LA CASA DE HEMINGWAY




Uno se da cuenta que en el camino de la vida, las pérdidas son necesarias. Desde la mirada biológica, observamos que el crecimiento es un proceso crítico y que la realidad del cambio no da posibilidad de mirar atrás. Si acaso lo hacemos, si pretendemos guardar en un puño al pasado, esa cuota de nostalgia y melancolía nos dejará paralizados y aferrados a un tiempo que nunca volverá. Con los bienes materiales también nuestra estructura tambalea. Aquella silla, ese reloj, acaso el cuaderno de notas, son talismanes sensibles al tacto y al chasquido de la memoria ¿Y los aromas y perfumes que aún juguetean con nosotros? Todavía recuerdo ese olor que invadía la casa de mis abuelos y el refresco de granadina que calmaba mi sed en el verano. Todo pasa. Jamás pude borrar la fragancia de los jazmines en el patio de la casa y la triste humedad de la pared en el cuarto de baño. Todo es una melodía, un lienzo sin terminar, un cuento inconcluso, un poema que golpea al cerebro en la madrugada.





Digo esto porque acabo de recibir la noticia de que la casa donde vivió Hemingway durante su infancia y se recuperó de las heridas de guerra a su regreso de la Primera Guerra Mundial, está en venta. La residencia de Oak Park, amada por la madre del escritor, habitada en 1906, cuando Ernest tenía 7 años, tiene cartel de despedida.



Hemingway vivió en Oak Park los momentos más importantes de su vida. Hablamos de las raíces de ese tallo verde, de su contacto con las praderas y bosques, de su despertar al aire libre y tuteo con la naturaleza. También allí Grace lo paseó por museos, lo sentó en los teatros de ópera y le mostró esos lienzos gigantes pintados por artistas




En Oak Park recibió su única educación formal y el inicio de la educación religiosa. Allí quedaron sus peleas, enojos y la necesidad de escaparse para no ser domesticado. Hemingway nunca la amó, tal vez porque allí sufrió disfrazado de mujer, tocando el violín y expuesto a ver la muerte que su padre le mostraba sin razón.






La Fundación Ernest Hemingway de Oak Park es dueña de esta propiedad y la pone a la venta con la esperanza de encontrar un comprador que aprecie el legado literario. La había adquirido a un particular en el 2002. Fue diseñada por el arquitecto Henry G. Fiddlke en colaboración con Grace Hall Hemingway. La casa de Hemingway esta ubicada en 600 N. Kenilworth y consta de tres apartamentos, cada uno de ellos tiene dos dormitorios.


La Fundación se reserva el dominio de otra propiedad donde nació Ernest y que fue refaccionada en 1999, con motivo del centenario del natalicio del escritor. Allí funciona el Museo con toda la espiritualidad de Ernest y la buena voluntad de las guías quienes hacen que Hemingway siga vivo.



John W. Berry, presidente de la Fundación, tiene mucha fe de encontrar un comprador o un grupo de inversores que aprecien esta oportunidad. No es ingenuo, sabe perfectamente que muchos audaces ofertarán un precio sin reconocer la carga legendaria del inmueble. Otra posibilidad es que la familia asuma el compromiso y se quede con el libro de recuerdos. En lo personal, mis amigos y seguidores, no cuentan con la maleta de dólares para soñar con la compra de este ícono. Si por casualidad, alguno se atreve, le dejo un correo: johnwberry@mac.com Se reciben ofertas.Hemingway espera. 





ALGO MÁS SOBRE LA CASA


Ya pasaron unos días y como era de esperarse aparecieron los interesados. John W. Berry, nos informa como marcha el operativo.
Hemos recibido dos ofertas firmes para la compra de la casa, ambas de familias tradicionales de Oak Park.
Las dos han expresado su deseo de restaurar la propiedad, reconstruir en algún momento la sala de música y permitir el uso ocasional del espacio para programaciones educativas.
Un Subcomité de Fundación va a estudiar todas las ofertas y hará una recomendación a la Junta de directores sobre las mejores propuestas.
Como usted sabe, la casa sólo podrá modificarse con la aprobación del pueblo y del Comité de Preservación de Oak Park.
Ambas familias han confirmado que no planean ningún trabajo exterior salvo la reconstrucción de la sala de música.
La Fundación hubiera deseado que continuara la Universidad Dominicana, pero los compradores potenciales, para honrar el valor cultural y literario de la propiedad, desean que sólo este espacio se dedique a la memoria de Ernest Hemingway.
Saludos, John W. Berry
EHFOP Presidente

Thursday, January 26, 2012

LA GRANJA DE HEMINGWAY Y MIRÓ



No hace mucho tiempo que visité Tarragona. Tratando de cumplir un sueño postergado llegué hasta Cornudella y luego a Mont-roig. En Cornudella me embriagaron con sus vinos y tentaron mi gula con sus gigantescas avellanas. En Mont-roig mi paso fue apresurado aunque debía  inevitablemente asociarlo con Joan Miró. Sin darme cuenta estas dos ciudades tenían un vínculo sanguíneo directo con el artista catalán y, además, una historia que terminaría plasmada en un cuadro que ligaría la vida de Hemingway y Miró.


Cuando Miró llegó a París en 1920, era un españolito tímido y de aspecto pueblerino que traía pegado el sol en la piel y las ganas de triunfar. Tenía hábitos muy austeros y los bolsillos tan flacos que aquella expresión suya, años más tarde, no sería una exageración: “Por hambre, yo pinté muchas obras en estado de alucinación.” Era un muchacho tímido acostumbrado a la vida de campo. Hacía pie en la metrópoli con la ilusión de tutearse con los grandes, pero a todos les resultaba difícil sobrevivir en una ciudad donde el arte partía las paredes. Claro está que ese desafío lo angustiaba tanto que a determinado momento pensó en regresar a su país y dedicarse a trabajar la tierra..
Sus padres, quienes ya habían advertido una personalidad cerraba, decidieron en 1910 comprar una casa en las montañas en Mont-roig, en parte para ayudarlo a recuperarse de la depresión que arrastraba. Es allí donde el mundo interior de Miró se enriquece con el terreno natural. Su apasionamiento lo lleva a plasmar sobre una tela ese encuentro con la vida que se acostaba en la serenidad de un silencio abrumador. Esa necesidad de mostrar una porción de tiempo tan suya lo sobresaltaba, porque no podía vencer a la belleza del paisaje. Miró se disgustaba permanentemente pues sostenía una lucha despareja. Lo que él veía no era lo que pintaba, y si bien el código creativo tenía un sustento artístico, su espíritu pedía otra imagen. En algún momento cierta crítica amarilla pretendió golpear al artista con un juicio poco serio. Más de un clarificador tóxico deslizó que el catalán no sabía dibujar y por eso su arte se desplazó hacia una figuración mágica. Es verdad que por el mismo tamiz pasaron Picasso y  Dalí, aunque con sólo detenerse en la obra La Granja, todas las expresiones pierden valor. No es casual que hablemos de Picasso y Dalí, tan cercanos a Miró, como tampoco que reconozcamos a La Granja como una obra de peso. El artista tenía por el lienzo un verdadero afecto. Miró dijo en referencia al cuadro:Desde un gran árbol a un pequeño caracol, quise poner todo cuanto yo amaba en el campo. Creo que es insensato darle más valor a una montaña que a una hormiga (algo que los paisajistas no saben apreciar), por eso no dudaba en pasarme horas y horas para dar vida a la hormiga. Durante los nueve meses que trabajé en La Masía invertía siete u ocho horas diarias. Sufría terriblemente, bárbaramente, como un condenado”


Uno advierte cierta característica ingenua en todo el proceso de la obra y también la preocupación por exaltar la naturaleza y focalizar la fusión  de las pequeñas cosas con lo auténtico y humilde de la vida campesina. El trabajo, La Granja, terminó la fase temprana del pintor, que fue llamada "realismo poético". A mediados de los años veinte, Miró había abandonado las técnicas realistas de La Granja y había creado un estilo surrealista del automatismo y de la abstracción. Sin embargo el paso de una vida mezquina a un mundo cosmopolita le abrió los ojos. Esa resaca catalana se fue asimilando y el joven artista comenzó a beber el champagne francés que lo embriagó totalmente. Fue tal el proceso de cambio que por un tiempo dejó de pintar y solo observaba su obra sin terminar. La Granja la había bocetado en Mont-roig, la continuó en Barcelona  y ya en estado avanzado la  llevó a París. El “pintorcito” como le apodaba Hemingway, no quiso dar pasos en falso. Arregló con el escultor Pau Gargallo  la renta de su estudio de la rue Blo met, cercano al Bar Noir, por el invierno, y cuando el calor  del verano llegaba, sus pasos se volvían a Cataluña. En una primera instancia el artista confió sus cuadros a Joseph Dalmau, quien ya se había atrevido a mostrarlos en 1918, en Barcelona, pero Dalmau no estaba preparado para el desafío de París y a pesar del esfuerzo, fracasa. Miró sin sostén comienza a recorrer lugares y gracias a la ayuda de algunos galeristas logra que sus obras, por primera vez, sean expuestas en la Galerie La Licorne.



Hemingway conoció a Miró en París, durante el invierno de 1921. Ambos lloraban las mismas penurias pero en el mundo del fracaso la solidaridad aparece sin excusas. Ernest fue testigo que Joan sentía por La Granja un amor especial. Durante nueve meses el lienzo esperó que el artista finalmente decidiera darlo por terminado. Miró se rehusaba a liberarlo. Diría muchos años después: “Un cuadro no se acaba nunca”. Tal era su obsesión que cuando lo acabó no quiso exponerlo ni vendarlo. Tan solo un  grupo de amigos, entre los que se encontraba Hemingway, pudieron verlo. Esta paranoia fue recibida por el novelista como una virtud. Ese español hermético había golpeado a un Ernest sentimental. Al periodista le quedaba en claro que el trabajo de hormiga era el camino. Tal fue la química entre ambos que después de la tarea diaria se juntaban en el gimnasio local y cruzaban los puños. Para Miró el boxeo era una suerte de terapia relajante, para Hemingway una demostración de su capacidad física.


La vida parisina cada día se tornaba más dura y ante la cruda realidad Miró asumió que debería vender en lote su obra. Hemingway enterado de esta decisión lo acerca a Evan Shipman, un personaje que tenía una vida excitante. El poeta y escritor por aquellos años vivía en París y se convirtió en uno amigo muy cercano al entorno de Hemingway. En los años 30 luchó en la Guerra Civil Española y durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el batallón de tanques, vivió en la casa del novelista en Key West y fue tutor de Bumby,  a quien enseñó el inglés en Francia. Evan no era un marchand pero consignó ese lote de pinturas. Con los años Papa dijo: “Fue el único negocio bien hecho por Evan Shipman en toda su vida”.


Tiempo después, en uno de los tantos encuentros en  La Closerie des Lilas, Shipman le confiesa a Hemingway que quiere desprenderse de las obras de Miró y que sería muy bueno que La Granja se la quedara él. Ernest sorprendido le comenta del esfuerzo que había significado para Miró ese lienzo. “Es su vida”, le sentencia. Sin embargo para Shipman el cuadro era nada más que un bastidor pintado por un amigo. Entonces es que se produce este diálogo:

 -Ese cuadro valdrá mucho más Evan. No tienes idea de lo que estás perdiendo.

- Eso no importa. Si se trata de dinero, que sean los dados los que decidan.

- ¿Me estás insinuando que tiremos los dados y el ganador se queda con la obra?

- Sí, eso digo.

- No tengo derecho a jugar por ese cuadro. La oportunidad es tuya.

-Dejemos que los dados decidan el dinero. Si pierdo podrás comprarlo.


Lanzaron los dados y Hemingway resultó ganador. Fue así como el novelista se llevó La Granja. Ernest no podía ocultar su alegría y la felicidad de encontrarse con una obra que había visto crecer. La Masía (1921-1922), era un ingenuo inventario trascendental y casi religioso de la granja de la familia Miró realizado por un Joan muy influido por los frescos románicos del Museo de Arte de Cataluña.



A día siguiente Hemingway y Shipman fueron a la galería y acordaron el precio con el galerista: 5.000 francos pagaderos en 5 cuotas. La obra, obviamente, recién sería retirada un vez finalizado el pago de la última cuota. Todo se cumplió hasta la cuarta entrega, pero al llegar la quinta, Hemingway no contaba con el dinero.  Como todos los actos en la vida del novelista siempre las cosas transitaron por el límite. Con la ayuda de John Dos Passos y Evan Shipman comienzan a recorrer bares, cafés, burdeles y librerías, pidiendo dinero prestado. Colaboraron, entre otros: Francis Scott Fitzgerald, Cole Porter, Gertrude Stein y dos jóvenes pintores catalanes: Salvador Dalí y Pablo Picasso.


Con el cuadro bajo el brazo los tres norteamericanos subieron a un taxi y llegaron al departamento de Hemingway. “Fue un momento muy especial para los tres, estábamos felices. No lo cambiaría por ningún cuadro del mundo”, dijo el escritor. Años después expresaría: “Lo que hizo Miró en ese lienzo es todo lo que se puede sentir de España cuando se está allí y todo lo que se siente si se está ausente y no se puede ver. Nadie más ha sido capaz de pintar dos cosas tan opuestas en un mismo cuadro”.


La Granja siempre acompañó a Hemingway. A todo lugar donde viajaba el escritor la obra estaba presente. Pasó, por Chicago, Key West, La Habana. Hemingway ante la solicitud del Museo de Arte Moderno de Nueva York la concedió a préstamo entre 1959 y 1964. La muerte del escritor no determinó la finalización del pacto, Mary Welsh, en una actitud sincera, la cedió en 1987 a  la Galería Nacional de Arte donde hoy puede apreciarse. Como afirmaba su propio autor: “Cada una de las formas, cada color, deriva de un trozo de realidad”. Hemingway así también lo entendió.


Desde 1956 hasta su muerte, en 1983, Miró vivió en Palma de Mallorca en una especie de exilio interior mientras crecía el reconocimiento internacional de su figura. Allí cumplió el sueño de trabajar en un gran taller que el arquitecto Josep Lluis Sert construyó para él, en 1956. En 1975 abrió sus puertas en Barcelona la Fundación Joan Miró, que por expresa voluntad del artista, se convirtió en un centro de activa promoción del arte contemporáneo. Pese al universal prestigio de su obra, Miró no cejó nunca en la intensidad de su búsqueda y de nuevos territorios artísticos; sus diseños teatrales para el montaje de Mori el Merma, del grupo La Claca, o su última obra, la gran escultura monumental de fibrocemento y cerámica Mujer y pájaro, instalada en un parque de su ciudad natal, son el fiel testimonio de uno de los mayores artistas del siglo XX.

PREMIO 20 BLOGS 2011- VI EDICIÓN -
LA PIPA DE HEMINGWAY, EN EL RECIENTE CERTAMEN ANUAL ORGANIZADO POR EL DIARIO 20MINUTOS.ES DE ESPAÑA, HA SIDO SELECCIONADA ENTRE LAS 100 MEJORES BITÁCORAS, EN LA CATEGORÍA CULTURA Y TENDENCIAS.

Wednesday, January 04, 2012



ADRIENNE MONNIER SE ESTÁ APAGANDO


El 18 de junio de 1955 no fue su mejor día. Eran las 3 de la tarde cuando Mary Welsh le dijo a Ernest que Adrienne Monnier se había suicidado. Hemingway se sentó en la poltrona del living y se quedó paralizado, con la mirada perdida y ausente. Acababa una historia que había comenzado ocho meses atrás. Adrienne padecía  el síndrome de Ménière, un mal que le taladraba con un pitido rústico el centro de su cabeza y que ninguna droga lograba mitigar ese dolor insoportable. “Pongo fin a mis días al no poder soportar más los ruidos que me martirizan desde hace ocho meses” escribía Adrienne Monnier antes de su suicidio.

Hemingway nunca se sobrepuso a esta decisión. Es más, dio la orden que no se hablara más del tema. Pero…¿quién era Adrienne Monnier para el ya escritor consagrado? Estamos hablando de una mujer única que acometió la aventura de fundar una librería, en un tiempo en el que la palabra librera estaba vinculada más a las viudas o a las herederas de los libreros.


La llamó La Maison des Amis des Livres, un nombre ya mítico para el gremio librero. El establecimiento lo abrió en la Rue de l´Odeón, justo en el Barrio Latino de París. La Maison des Amis des Livres se convirtió en lugar de encuentro de escritores cuyas obras pasaron a la universalidad de la literatura: Paul Valèry, Samuel Beckett o Ernest Hemingway, por ejemplo, frecuentaron el local. Esta locura literaria nació en 1915, en medio de la bohemia y vanidades, en un París que comenzaba a arder como una hoguera.



En 1917 Monnier organizó su primer encuentro poético sobre la obra de Paul Valèry. Era una tarde de invierno y en La Maison des Amis des Livres se darían cita Léon-Paul Fargue, André Gide y un André Bretón, precursor del surrealismo, aún en uniforme militar. La guerra no había terminado y la lectura de poemas comenzó bajo la tenue luz de unos candelabros. 

Aquellos encuentros literarios no fueron la única marca de la casa de La Maison des Amis des Livres en los años posteriores de entreguerras. Monnier también se percató de que los tiempos habían cambiado. Después de la primera contienda mundial, los libros eran caros y la gente no los compraba como antaño. Asimismo, los libreros tenían que competir con los gabinetes literarios (centros con préstamo de libros), con la radio y con los semanarios de literatura. 

“No teníamos mucho dinero, detalle que nos obligó a especializarnos en la literatura “de la época”. Apenas abrimos con 3.000 volúmenes, mientras que algunos gabinetes de lectura se anunciaban con hasta 100.000 libros”, escribió Monnier. 

Además de esta cuidada selección de títulos y autores nuevos, la librera también apostó por una venta híbrida. Así, La Maison des Amis des Livres desplegaba en su entrada un tenderete de libros de segunda mano y de saldo.
Asimismo, Monnier fue contra la doctrina dominante de que el préstamo mataba la compra. Los gabinetes literarios prestaban libros a cambio de una cuota y ella quiso emular el sistema. Su librería decidió crear un abono de lectura para prestar novelas y poemarios. Sus clientes se llevaban un ejemplar, lo leían y, luego, si les gustaba, lo adquirían.
“Resulta casi inconcebible comprar una obra sin conocerla. (…) Toda persona de cierta cultura experimenta la necesidad de tener una biblioteca particular compuesta por libros que le gustan”, explicaba Monnier en sus escritos.
“Después de la guerra se editó demasiado. La especulación es la causa de todos los males. ¿Es el uso del préstamo lo que ha mermado las compras? La gente como nosotras no tiene razón para afrontar con pesimismo el futuro del libro: la élite no ha disminuido, más bien al contrario”, profetizaba Monnier en Rue de l´Odeón.  
Otra de las iniciativas de Monnier fue lo que ahora se llama estrategia vertical. Aquella librera primeriza maduró y creó varias editoriales para traducir libros extranjeros. Por ejemplo, ella fue quien introdujo la obra de Hemingway a los lectores franceses o quien logró que Samuel Beckett tradujera Finnegans Wake, de Jaime Joyce.



Sylvia Beach recuerda en sus memorias que: “Jamás había oído aquel nombre, ni el barrio de Odeón me era familiar, pero algo irresistible dentro de mí me atrajo hacia el lugar donde iban a sucederme cosas tan importantes. Crucé el Sena y pronto me hallé en la calle l´Odeón. Al final de la misma había un teatro que podía recordar a la casas Coloniales de Princeton y, hacia media calle en el lado izquierdo se veía una pequeña librería de color gris con las palabras “A. Monnier” encima de la puerta. Contemplé los atractivos libros del escaparate y, escudriñando hacia el interior de la tienda, ví todas las paredes cubiertas de estantes llenos de volúmenes recubiertos de ese brillante papel celofán con que están forrados los libros franceses mientras esperan, generalmente durante largo tiempo, que los lleven al encuadernador. Aquí y allá había también interesantes retratos de escritores”.    

Adrienne Monnier era una mujer robusta, rubia y blanca como una mujer escandinava, de mejillas sonrosadas y pelo lacio peinado hacia atrás desde la frente. Sus ojos eran muy llamativos, de un azul gris indefinido, ligeramente saltones, recordándome a los de William Blake, y su aspecto era el de una persona llena de vida”.
Adrienne y Sylvia mantuvieron una amistad erótica bajo el velo de discreción que caracterizaba la época. Se sabe que Adrienne había tenido relaciones anteriores y vivía con Suzanne Bonierre cuando conoció a Sylvia Beach y esta, también había amado secretamente a otra mujer.



Adrienne Monnier dirigió la revista Le naviere d’argent, en la que publicó a todos los escritores que admiraba. Fue una revista que, por ejemplo, editó el primer texto literario de Antoine Saint-Exupéry.

Hemingway con la muerte de Adrienne sintió que aquella vida de soñador se había terminado. Tanto a Monnier como a Beach le debe el enorme favor de haberse tuteado con la “creme” de París.

Aquel 18 de junio de 1955, la luz de sus ojos comenzaban a nublarse y una suerte de fantasía oculta abría el camino a la muerte. La realidad estaba muy cerca, más cerca que el final de su novela.

Tuesday, December 20, 2011

SHAKESPEARE AND COMPANY: LA LIBRERÍA QUE "LIBERÓ" HEMINGWAY.



Uno sabe que París no se termina nunca. Uno admite que a París no se la olvida fácilmente. Lo entiende después de caminarla y sorprenderse a cada paso. La experiencia es un rito personal que no se puede verbalizar fácilmente. Los amigos te dilatan el cerebro con el recuerdo de sus propias emociones y, seguramente, con la buena voluntad de que tú repitan esos momentos. Sin embargo, nada se iguala a ese transitar por sus veredas, al placer de detenerse en un café o al sublime mirar sin respeto al Arco del Triunfo.


En el mes de mayo, después de haber pasado por Barcelona, Pamplona y Bilbao, me regalé una semana en París. Como un visitante más, me desplacé hasta la mítica librería Shakespeare and Company. Sin temor a equivocarme, son muy pocos los turistas que recalan en París sin sacarse una foto frente al local de esta casa que se convirtió, a lo largo del siglo XX, en un santuario de los artistas anglófonos y de todo aquel que conoce un poco de literatura.

La primera Shakespeare and Company fue fundada por Sylvia Beach, en el 8 rue Dupuytren, antes de mudarse al 12 de la rue Odeón, en el sexto distrito. La librería y biblioteca circulante, era uno de los lugares de reunión de los escritores expatriados en París, un hogar acogedor, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes, libros nuevos en los escaparates y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos.


La librería funcionó entre los años 1919 y 1941, cuando fue cerrada por la ocupación nazi. La leyenda dice que la clausura se debió a la negativa de Sylvia Beach a venderle a un oficial alemán el último ejemplar de Finnegans’s Wake de Joyce.
La primera vez que Hemingway entró a la librería fue en diciembre de 1921, estaba un tanto intimidado, ya que no llevaba mucho dinero, además del temor que siente un joven aspirante a escritor cuando ingresa en una librería y se encuentra con una mujer que ha leído muchísimo.


Sylvia le extendió una tarjeta de suscriptor, a pesar de no tener lo suficiente para pagar. Y lo mejor del caso, le dijo que podía llevarse todos los libros que quisiera. Sylvia a pesar de lo mal que se sentía Hemingway al principio, lo trató muy bien, estuvo encantadora, sonriente, cordial y comprensiva. Tan avergonzado estaba Ernest que hasta su dirección en el 74 de la rue Cardinal Lemoine, conspiraba para acentuar su pobreza.
Hemingway había encontrado un tesoro maravilloso, sobre todo para un joven aprendiz de escritor, que necesita leer muchísimo y conocer las técnicas de otros escritores. Comenzó leyendo a Turguenev, los dos tomos de los Apuntes de un cazador, Hijos y amantes de D.H. Lawrence, La Guerra y la paz de Tolstoi y El jugador de Dostoievski.

Así describe Hemingway a Sylvia Beach: "Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chismes."

Sabemos que Hemingway siempre sintió un gran afecto por Sylvia Beach. Encontró en ella desde el principio la admiración constante y sin reservas que siempre necesitó y de la que Hemingway se sintió ávido, aún en la cumbre de su gloría. La veneración hacia Sylvia Beach era total. Gracias a Sylvia conoció a Adrienne Monnier quien tenía una librería frente a Shakespeare and Company, una mujer que fue su guía y lo puso a leer obras francesas modernas.


Sylvia nos describe la primera visita de Hemingway en 1921: “Al levantar la cabeza vi un gran joven de pelo castaño, con bigote, y le escuché decir con voz muy profunda que era Ernest Hemingway. Le dije que se sentara y supe, preguntándole, que era oriundo de Chicago. Me enteré también que había pasado dos años (sic!) en un hospital militar para recuperar el uso de su pierna. Dijo: ¿Quiere ver? Sí… claro, por supuesto, respondí. El trabajo del negocio Shakespeare and Company fue por lo tanto interrumpido mientras él se sacaba el zapato y el calcetín para mostrarme las terribles cicatrices que le cubrían la pierna y el pie”.

El recuerdo de Sylvia Beach en su libro nos acerca más a este mundo maravilloso:

“En lugar de fijar una fecha para la apertura de mi librería, decidí simplemente abrirla tan pronto como estuviera apunto.

Finalmente, llegó un día en que todos los libros que fui capaz de conseguir estuvieron en sus estantes y que se pudo caminar por toda la tienda sin tropezar con escaleras y tarros de pintura. Shakespeare and Company abrió sus puertas. La fecha fue el 19 de noviembre de 1919”.

Sylvia al referirse a Ernest, agrega:

“Aún me parece que los veo a los dos, padre e hijo, caminando hacia la tienda tomados de la mano. Bumby, subido en un alto taburete, observaba muy serio a su padre, sin mostrar ninguna impaciencia, esperando a que le suba en sus brazos; supongo que a veces debía de parecerle una larga espera. Luego los veía marcharse a los dos, pero aún no iban a la casa, pues tenían que esperar que Hadley terminara con la limpieza. Se marchaban al café de la esquina, se sentaban en una mesa y, con sus bebidas frente a ellos -la de Bumby era un refresco de granada- hablaban de los asuntos del día”.

Inexorablemente viene a mi memoria, aquel pasaje único escrito por Ernest en París era una fiesta:

"Si eres lo suficientemente afortunado como para haber vivido en París cuando joven, entonces vayas adonde vayas durante el resto de tu vida, eso permanecerá contigo porque París es una fiesta móvil".

Ernest, quien supo esconderse entre las paredes de libros de esa capilla, en uno de sus tantos arrebatos, “liberó personalmente” la librería al final de la Segunda Guerra. Volvamos al libro de Sylvia:

“Un oficial alemán de alta graduación, que acababa de apearse en un enorme coche militar de color gris, se paró a mirar un ejemplar de Finnegans Wake que estaba en el escaparate. Luego entró y en un inglés perfecto me dijo que quería comprarlo. “No está en venta” ¿Por qué? Le expliqué que era el último ejemplar que tenía y que quería conservarlo. ¿Para quién? Para mí. Estaba cada vez más enfadado. Me dijo que sentía un gran interés por la obra de Joyce. A pesar de todo me mantuve firme. Salió dando grandes zancadas y en cuanto se fue, saqué el libro del escaparate y lo puse en un lugar más seguro”.

A partir de ahí, Sylvia tuvo que cerrar su librería. Pasó seis meses en un campo de concentración. Al final de la ocupación aún permanecían en el barrio latino nazis que, apostados en los tejados, tenían a la población asustada. Un día vieron llegar unos militares…

“Todavía había tiroteos en la calle l´Odeon, y ya empezábamos a estar hartos de los alemanes, cuando un día subió por la calle una hilera de jeeps y se detuvieron frente a mi casa. Oí una voz grave que gritaba. ¡Sylvia!.

¡Es Hemingway! gritó Adrienne. Bajé corriendo y chocamos. Me agarró, me hizo dar vueltas en el aire y me besó, mientras la gente que estaba en la calle y en las ventanas nos vitoreaba.

Subimos al apartamento de Adrienne e hicimos sentar a Hemingway. Llevaba el uniforme de campaña sucio y ensangrentado. Dejó su metralleta en el suelo con un sonido seco y metálico. Le pidió a Adrienne un poco de jabón y ella le dio el último trozo que nos quedaba”.

Hubo que esperar hasta 1951 para que un estadounidense enfermizo, George Whitman, abriera otro “bookshop” en el 37 de la rue de la Bûcherie, en el quinto distrito de París. Whitman, apasionado viajero quien le contaba a todos sus clientes que había sido curado por los mayas en Latinoamérica y había tenido una novia esquimal en Groenlandia, decidió bautizar el lugar como Le Mistral, antes de retomar en 1962 con el nombre de Shakespeare and Company, tras la muerte de Sylvia Beach. Entre otros comentarios se apunta que el homónimo de Walt, decidió este nombre en homenaje a Gabriela Mistral.
 

George Whitman nació en New Jersey en 1923, se crió en Massachusetts, viajó desde niño con su familia por varias ciudades y estudió periodismo en Boston University. Luego recorrió, a veces a pie, EUA y partes de América Latina.



Se radicó después de la Segunda Guerra Mundial en París, donde organizó una biblioteca de libros en inglés, primero desde una habitación sin ventanas en el Hotel Suez, cerca de la Sorbona, y luego en un quiosco. En 1958, Sylvia Beach, le dio autorización para usar el nombre Shakespeare and Company.



En 1964, año que se celebró el 400 aniversario del nacimiento de Shakespeare, la librería Le Mistral se convirtió en Shakespeare and Company.



No obstante ese santuario con el nombre a cuestas cayó en desgracia. George Whitman tuvo problemas a lo largo de los años. En 1967 la librería se vio obligada a cerrar por un año.



George Whitman, quien en diferentes épocas de su vida se llamó comunista, utópico y humanitario, fue en realidad un romántico, amante de libros, poetas y escritores.



Vivió 98 años. Hace dos meses sufrió un derrame cerebral. Hasta ese momento se lo veía transitar entre los libros y saludar a todos. Dormía en el piso superior de la biblioteca en compañía de su perro y un gato que cuidada todos los ejemplares. Solamente lo vi pasar a mi lado y como el tímido de Hemingway con Sylvia, no fui capaz de saludarlo. Su hija Sylvia Beach Whitman se ocupará de Shakespeare and Company de ahora en adelante. Hace ya unos años había cedido las riendas de la librería y su comuna de escritores ambulantes a su hija, la segunda Sylvia Beach de la literatura.



En la actualidad, en la planta baja de la librería existe un "wishing well", un pozo de los deseos donde los turistas arrojan monedas y un “poet’s corner”, un rincón dedicado a la poesía. Uno es humano y ante estas realidades también responde como tal. Este cronista hizo lo propio con su moneda y se dijo: “Hola, Hemingway”.




En el primer piso, al que se asciende por una estrecha escalera, pueden pernoctar viajeros a cambio de algunas horas de trabajo diario en la tienda. En ese camino necesariamente hay que detenerse y mirar los dibujos de las paredes, un placer adicional que no puede olvidarse. Fue allí donde durmieron algunos de los mejores escritores que se expresaron en la lengua de Shakespeare durante el siglo 20 y donde acaba de morir una de las históricas figuras del París literario.



George Whitman falleció a los 98 años en el legendario local del barrio latino, especializado en literatura anglosajona y lugar de peregrinación de autores como Ernest Hemingway, Ezra Pound, Francis Scott Fitzgerald o James Joyce. Whitman había retomado el legado de la estadounidense Sylvia Beach, que hizo de Shakespeare and Company el epicentro de la bohemia norteamericana en Francia.



Era una de las postales vivientes de París: la silueta delgada y el pelo plateado de George Whitman moviéndose entre turistas, literatos o lectores anglosajones que se abrían paso entre toneladas de libros que llenaban cada recovecos de las estanterías de la rue de la Bûcherie, frente a la catedral de Nôtre-Dame.



“George Whitman murió en paz en su casa, en el apartamento del piso de arriba de su librería”, anunció el negocio en su página de Facebook.



Los estadounidenses de la “generación perdida”, Ernest Hemingway, Ezra Pound, Francis Scott Fitzgerald, John Dos Passos, la legendaria Gertrude Stein o el irlandés James Joyce fueron algunos de los peregrinos que se reunían en el local.




Cuando este sudaca llegó a la puerta de Shaskespeare and Company, se quedó sin aliento. Miró ese ingreso donde otros desprejuiciados turistas documentaban con fotografías su paso y se sintió feliz. Qué podía pedir un escritor sin equipaje en medio de autores como los nombrados, solo recordar que más tarde a esa fundación, se sumaron los autores de la beat generation Allen Ginsberg y William Burroughs o Henry Miller, uno de los narradores norteamericanos que más escribió sobre las diferencias entre ser escritor en Estados Unidos y Francia.


Al salir de la librería me senté en el banco que rodea al árbol que saluda a todos desde la vereda. Me pareció que Hemingway me estaba mirando y giré mi cabeza a la izquierda. Un flaco de barba y una rubia insípida se besaban. Era otra historia. Nadie sabía que La pipa de Hemingway estaba esperando un milagro. Dejé un ejemplar “olvidado” sobre ese banco. Alguien, en este momento, estará preguntado quien es ese José María Gatti, yo también me lo pregunto.