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Wednesday, October 24, 2012

LA ÚLTIMA SEMANA EN LA HABANA





Uno que lleva varios años persiguiendo enfermizamente todo lo referente a Ernest, permanentemente se encuentra con novedades. La vida de Hemingway permite ficcionar cualquier historia y de hecho muchas de estas narraciones son excelentes. Los textos de Leonardo Padura, de Enrique Vila-Matas, la buena pluma de Paula Mc Lain, Gioia Filiberto, Scout Donaldson, Lisa Ann Twomey, Joe Haldeman, Irma del Águila, John Hemingway, Allie Baker, Juan Villoro; en fin, sólo algunos ejemplos de los innumerables escritores que aportaron datos, referencias, anécdotas y comentarios que multiplicaron el interés por el autor norteamericano. Ahora, una pareja de canadienses ha publicado – 6 de junio de 2012- una novela sobre los últimos días de Ernest en la isla. Otra vez Cuba y Finca Vigía son el escenario de esta obra cuyos autores tratan de hacernos vivir un recorrido de aventureros.



Wayne y Eleanor se conocieron en el Colegio Victoria de la Universidad de Toronto, en la década del 70, cuando él cursaba una maestría en teología, y ella, una licenciatura en inglés. Wayne, a quien su esposa describe como un verdadero “almacén de conocimientos” sobre Ernest Hemingway, fue la garantía de que la obra de ficción se ajustara lo más posible a la realidad histórica, mientras que Eleanor le aportó a la trama su fértil imaginación.





Ellos compartieron una oficina de estudios de posgrado en la Universidad de Manitota y el trabajo como maestros de inglés en Ridley Collage, antes que ella se dedicara a enseñar inglés en Grey Gables. Por un tiempo vivieron en el campus del Ridley y allí comenzó a gestarse la idea del libro.



Wayne Fraser y Eleanor Johnston se enamoraron de Hemingway por separado mientras cursaban el preuniversitario, a través del libro de memorias del narrador canadiense Morley Callaghan sobre el verano de 1929 en París, That Summer in Paris. Ese año fabuloso convivieron en la ribera izquierda del Sena, luminarias de la literatura en lengua inglesa como Francis Scott Fitzgerald, James Joyce y el propio Hemingway.



Hemingway’s Island, o La isla de Hemingway es narrada por dos de sus personajes: Mary Welsh, la última de las cuatro esposas del autor de El viejo y el mar, pone por escrito cada día de su última semana con el escritor en Finca Vigía -el hogar de Hemingway cerca del suburbio habanero de San Francisco de Paula- con la intención de enviar el texto a la revista Life. Nos preguntamos si realmente este diario existió. Analizo si en esta travesura de los autores no hay un hilo de veracidad. Mary estaba cansada, presionada, aturdida, vituperada. Ernest sumamente golpeado con la noticia de que debía dejar la isla. Algo olía a podrido. Los norteamericanos indignados. Los caribeños embravecidos ¿Casualidad que Mary preparara un informe para Life? ¿Life no estaría jugando a dos puntas? Silencio…¿silencio?.





Medio siglo después, Alf O’Malley, un joven graduado universitario canadiense, desembarca con su novia embarazada en La Habana, a mitad del 2010 y atraviesa aventuras y desventuras en la búsqueda del supuesto manuscrito escrito de Mary. Aquí la historia se desmerece. En lo personal creo que hubiera sido necesario agregar documentación. Alf queda desdibujado, tendría que haber luchado un poco más por conseguir el material. En este aspecto los autores se quedaron dormidos. Después de la partida de Ernest de LaHabana, hay centenares de anécdotas que sumarían adrenalina a las páginas del libro.



En lo que respecta a los autores, que son pareja en la vida real, construyeron una hermosa familia formada por tres hijos y cinco nietos. Compartieron sus cátedras en la Universidad de Ridley y actualmente administran un sitio web www.wayneandeleanor.com Wayne, según lo describe Eleanor es un “deposito de conocimientos” sobre Hemingway. No cabe duda por lo que uno lee. Por su parte, Eleanor aportó la mirada femenina y la fértil imaginación ante las pesadillas que invadían a un Hemingway deteriorado. Queda en claro que la documentación trajo una cuota significativa de realidad y el lector no sabe cual es la diferencia entre verdad o ficción. Como Eleanor escribe en su blog: Mi estilo de escritura es complicado y específico, enredado y confuso, pero directo. Me dejo llevar por el impulso y a veces pierdo el hilo de lo que está pasando, eso me sirve para desenredar las nudos de la historia.



La escritura, como todo lo que hacemos juntos, es una peregrinación, una búsqueda, una forma de expresar el significado ¿Cómo uno sabe cual es tu alma gemela? Acaso Hemingway lo sabía, acaso Mary era su mujer ideal, su soñada esposa, acaso Mary Welsh era esa señora que acompañaba a Hemingway, su enfermera, su terapeuta, su doméstica.




El libro en versión castellana se conocerá el próximo año. Mientras tanto seguiremos buscando ese diario, del que no estoy tan seguro exista.

















Wednesday, October 10, 2012

HEMINGWAY, FONTANARROSA Y EL LIBRO DE PATERNINA







Estoy convencido que el negro Fontanarrosa se quedó con el libro para léelo sin apuro. De otra forma no le encuentro explicación. A ver si ustedes coinciden conmigo. El sábado viajé a Rosario para encontrarme con un amigo quien presentaba su libro de cuentos. Toda la ciudad estaba invadida por aficionados al rugby. Como viejo jugador, yo también me sentía parte de esa gente que se había puesto la camiseta de la selección argentina para alentar a Los Pumas. Otro hecho deportivo se sumaba y me inquietaba. El domingo jugaba Vélez contra Nells y mi corazoncito estaba intranquilo. El tiempo era de terror: llovía, después llovía y finalmente…llovía. Cerca de las 11 nos juntamos en el café Flora y desayunamos mirando el río. El Paraná esperaba alguna señal nuestra. No hubo señal, nos entretuvimos hablando sobre lo cambiada que está Rosario y criticando a un grupo de mujeres que charlaban a los gritos. Finalmente llegó la hora de la verdad, mi amigo sacó el libro de un sobre verde y me dijo: “ya te lo dedico”. Yo quise hacer lo mismo con el mío, pero con el apuro me lo había olvidado en el hotel. Ante esta distracción, me disculpé: “a la noche te lo muestro”. Hasta aquí todo bien (o mal). Nos separamos a las dos y me fui a descansar al hotel. Desperté y seguía lloviendo. Bajé hasta la cafetería y pedí un té. En la pantalla del plasma un relator deportivo que no conozco hablaba sobre el encuentro de Los Pumas mientras mostraban escenas de los partidos anteriores. Aproveché y llamé a otro amigo, sentenció que esta noche, después de la presentación del libro, nos vamos a “copetear a El Cairo”.
Volver al café El Cairo es muy fuerte y tratar de buscar en una mesa al negro Fontanarrosa, doloroso.Regreso, la lluvia continúa, Hemingway y Fontanarrosa no están. Me lamento y pienso: se fue y yo tenía tantas cosas que preguntarle, ¿qué mierda estás haciendo?, “mira Negro, este libro es muy bueno, son los relatos finalistas del concurso ‘Tinta, sangre y vino’ que organizó las Bodegas Paternina con motivo de cumplirse el 55 aniversario de la visita de Hemingway a la bodega.




Como expresó Elvio Gandolfo: “Ahora se hizo realidad literal lo que puse una vez en una contratapa: cuando escribía, Fontanarrosa se instalaba en una Mesa de Galanes intemporal donde charlan Roberto Arlt, Hemingway, Mark Twain o Chejov. Ese cuarteto se debe estar divirtiendo mucho en este momento”. Suena el celular y es otro amigo escritor que me insulta porque llegué a Rosario y no fui capaz de llamarlo. Me disculpo y le digo que a la noche nos juntamos en El Cairo así charlamos de todo un poco. Ya voy calentando los motores. A las 20, la repetida mesa donde se ubica el autor y los dos analistas que elogian las virtudes del escritor, y en el pasillo, los libros elegantemente dispuestos, para que uno extraiga del bolsillo del pantalón los 80 pesos que vale la obra, no sin antes decir: “hay que apoyar al amigo”.




Rituales que siempre se repiten mientras uno le pregunta al que juega de local, quien es esa rubia despechugada que regala una sonrisa a todos los viejetes que se relamen pensando en terminar la noche a lo Sabina. Vuelvo a la habitación, preparo la ropa y marcho al baño para ducharme. El sobre con el libro lo dejo sobre la cama para no olvidármelo. Bajo al lobby y espero que me pasen a buscar. Observo la pantalla del televisor y ahora ya se ve al público en el estadio de Rosario Central. Me avisan que está un auto en la puerta esperando. Con el sobre en la mano salgo y saludo ¿Todo bien?, Sí, todo bien, respondo. La sala es chica y está repleta, saludo y me ubican en un asiento reservado de la tercera fila. A mi lado una señora perfumada en exceso me pregunta si soy escritor. Cometo el error de decirle que sí. “Yo soy poeta, acaban de premiarme en Victoria”.Le sonrío ¿Usted es poeta? No señora, soy investigador…Ah, otra especialidad…Comienza el acto y ya quiero irme. Trato de no incomodarme pero siempre me pasa lo mismo. Por fin las palabras de agradecimiento de mi amigo y los aplausos. Me cruzo con mi otro cofrade y me recuerda: “Nos vamos para El Cairo”.
Afuera llueve. Llegamos al café y siento que algo me va a suceder. No puedo explicarlo, ese lugar me despierta admiración y melancolía. Ocupamos la mesa al lado de la ventana, la lluvia es más intensa. Ordeno un mojito y la mesera se excusa porque no hay menta. Pido una Cuba Libre. Ahora llueve torrencialmente. Mi amigo todavía está con el sonido alegre de la presentación. Mi otro amigo me pregunta si viajo nuevamente a Europa por el viejo borracho. Le respondo que estoy tratando de organizarme porque tengo una invitación de Cuba y otra de Italia. Del bolsillo de su campera saca un libro que quiere regalarme. “Mirá, es una edición de autor, acá las editoriales no te dan bola y menos si es poesía. Lo presenté en el Colegio de Escribanos. No vendí nada”. A nuestra mesa se acerca una señora que se presenta como relacionista. Mi amigo le dice que yo soy “el tipo de quien te hablé”. ¡¡¡Qué placer conocerlo…usted es el sabe de Hemingway!!! Se sienta. Me parece que quiere noche. Llueve…llueve y llueve. Me disculpo y voy al baño. Me encuentro con la escultura de Fontanarrosa y quedo electrizado.




Lo miro y parece decirme: “…Y el libro de Paternina!!!”. Vuelvo. Apuro un trago de la Cuba Libre y muestro el libro. Mi amigo me lo arrebata y busca mi relato. “La leyenda del vino… qué buen título…un grande mi amigo”. A la relacionista le estallan los ojos y no sabe cómo hacer para arañarlo. Un trueno quiebra el hechizo. Una parejita se detiene frente a la ventana y se besa. La lluvia tapa a los autos. Me parece que de aquí no nos vamos hasta mañana. Retorna el libro a mis manos y lo guardo en el sobre. Mi amigo me dice que Los Pumas perdieron. Mi otro amigo que es de Nellws me desea lo mejor para mañana. La relacionista nos invita a todos a comer a la parrilla Güemes. Le digo que mañana estoy saliendo temprano para Buenos Aires. Insiste. Guardo silencio. A pesar de la lluvia salimos. El auto está estacionado a mitad de cuadra. El sobre con el libro lo preservo en el interior de mi campera. Apuramos el paso. Un indigente me pide una moneda. Le doy dos pesos. Subo al auto. En el trayecto mi amigo me obliga a que desayunemos antes de la partida. Acepto. El ómnibus parte de la terminal a las 11.30. Llegamos al hotel y me despido. Subo a mi habitación y abro el cierre de mi campera. Sorpresa, infarto, pánico, todo junto. El sobre con el libro no está. Sudor frío, bronca ¿Lo perdí en el trayecto del café El Cairo al automóvil? No, ésta fue una trampa del negro Fontanarrosa. Él quería leer todos los relatos del concurso “Tinta, sangre y vino” y yo fui tan maleducado que no se lo mostré.


Ustedes dirán si estoy equivocado. Para mí, el negro está masticando los relatos y Hemingway lo mira atentamente. Perdón Papa. Gracias Fontanarrosa.




Thursday, September 06, 2012

EL BORRACHO SEXAGENARIO, LA NAVE DEL OLVIDO Y EL VINO DE LOGROÑO.






Estaba todo listo para subir el último posteo de LA CALDERA DE PIGGOTT cuando las noticias se precipitaron.¡¡¡ Malditas novedades !!!. Como en las redacciones de los diarios, el editor debe cerrar el sumario priorizando la mejor información y, en rigor, no puedo dejar de lado mi condición de periodista. Ustedes podrán decirme que al tema de Piggott hay que darle un final, estoy de acuerdo, pero resulta que ese librito que todavía no sabemos si es una novela corta o un cuento largo llamado EL VIEJO Y EL MAR, acaba de transformarse en sexagenario.




Y a un sexagenario se lo respeta, se lo saluda con cortesía, se le brinda el asiento en el bus, se le cede el paso…en fin: se lo mima; y entonces este cronista que ya es sexagenario, les dice a las nuevas generaciones que ese texto es una obra maravilloso, que esa novela es nada más, ni nada menos, que el propio Hemingway y que sin demorarse… corran a comprarla y obséquiensela a sus  hijos, nietos, amigos, compañeros, enemigos y demás deudos.




El 1ro. de setiembre de 1952 la revista LIFE comete la locura de publicarla y de ahí en más, un aire fresco y renovado en la vida de ese borracho malhumorado. Pero aquí no termina la cosa, este es un dato de color, hay temas más importantes recita la vecina de mi barrio mientras me saluda sin saber quién soy.¡¡¡Claro que hay noticias más importantes!!!, me digo. Mi amigo Hernán Balderrama, el capitán de la Miss Texas, el escritor que dialoga con el mar en el Perú, me confesó que esa mítica embarcación que tiene amarradero en el puerto del Callao, vuelve a Cabo Blanco. Balderrama la había comprado hace ya muchos años porque sabía su historia.




La Miss Texas fue la nave que utilizó Ernest Hemingway cuando pasó 35 días en Cabo Blanco tratando de pescar el merlín gigante que lo consagrara como el gran pescador de todos los tiempos, y en esa caleta donde se filmó parte del film EL VIEJO Y EL MAR aquel Hemingway ya encabronado repartió insultos y frases envenenadas que hasta la propia Mary Welsh no pudo resistir.


Hace un año atrás, este loco escribiente y un grupo de aventureros de igual calaña, decidimos subirnos a la nave y Hernán Balderrama, con paciencia franciscana, nos contó toda la hazaña marítima. Pero resulta que ahora la Miss Texas se vuelve a Cabo Blanco y regresa para ser nuevamente la princesa deseada, la doncella maquillada que alborotará a cientos de turistas que escucharon hablar de ese escritor norteamericano de barba blanca. La Miss Texas -que también es sexagenaria- fue vendida a el grupo peruano Inkaterra, quien prevé iniciar el próximo año la construcción de su hotel en Cabo Blanco, en la provincia de Talara (Piura).

José Koechlín, el presidente del grupo, advierte además que tiene organizado la ruta del merlín y para ello rescató la Miss Texas, para que los pescadores y turistas vuelvan a repetir las hazañas de Hemingway. 

Y cuando estoy tratando mostrarme sereno, porque todo esto me descontrola, me avisan desde Logroño que el libro con los 12 relatos finalistas del concurso Tinta, sangre y vino organizado por las Bodegas Paternina, ya está listo.


Entonces salto de emoción, me levanto abruptamente de la silla, me choco con el escritorio y hago volar la taza de café colombiano todavía caliente. Reniego de mi torpeza y es peor, no advierto que las hojas de mi novela ya están empapadas, totalmente amarronadas, listas para el cubo de residuos.

Volvamos a empezar. Tres hechos que me obligan a pedir disculpas y decirles que Piggott no está tan lejos. Esperen, todo pasa.

Friday, August 10, 2012


PIGGOTT: LA CALDERA DE HEMINGWAY (tercera parte)



Toda vez que este cronista intenta entender la afectividad de Hemingway, se choca con  un intrincado laberinto. De hecho, desde hace algunos años, vengo trabajando en un ensayo sobre el erotismo, el amor y el sexo en Hemingway; doy vueltas, trato de focalizar el encuadre con distintas miradas, pero nunca puedo concluir. Tampoco creo que deba insistir demasiado con eso del desamor.  Digamos que cuatro esposas son suficientes para llenar una vida de felicidad… ¿felicidad?... Elizabeth Hadley, como dice un investigador amigo, fue su amor, el resto: una repetición. Esto suena despectivo, malintencionado, casi diría grosero, aunque decididamente uno no debe tomar partido en este terreno, pero la existencia de cierta documentación epistolar, siempre ayuda al esclarecimiento.

Estábamos desentrañando esa suerte de hervidero que aparecía uniendo las vidas de Ernest, Pauline y Hadley en un caldo espumoso. Vayamos a la lectura de dos cartas ciertamente clarificadoras.

“Queridísimo Tatie:

En ciertos aspectos ahora te quiero más que nunca, y aunque varias personas consideran lo que prometieron al casarse de modo distinto, yo entiendo que mis promesas son hasta la muerte. Debes saber que estoy dispuesta a ser tuya para siempre, pero como te has enamorado y quieres casarte con otra persona, considero que no tengo más elección que apartarme y dejar que lo hagas. Los cien días han terminado oficialmente. Fue una idea espantosa y ahora me avergüenzo de ella. Dile a Pauline lo que te parezca. Puedes ver a Bumby siempre que lo desees. En muy como tú, te quiere y echa de menos. Pero, por favor, sobre el divorcio limítate a escribir, no hables de él. Ya no puedo discutir contigo y soportarlo, y tampoco puedo verte, porque me hace demasiado daño. Siempre seremos amigos…amigos discretos, y te querré hasta que me muera, ya lo sabes.
Siempre tuya, la Gatita”.


Ernest le responde:

“Mi muy querida Hadley:

No sé cómo darte las gracias por tu valiente carta. He estado preocupado por ti y por todos nosotros a causa de este terrible punto muerto. Hemos alargado las cosas de modo doloroso, sin que ninguno de los dos supiera cómo avanzar sin producir más daño. Pero si el divorcio es el siguiente paso necesario, entonces confío en que, una vez que empecemos, empezaremos a sentirnos más fuertes y mejor y otra vez más como nosotros mismos.

Ernie”.

Pauline parece ausente de este intercambio. Las cenizas aún están al rojo vivo y queda una herida abierta. Por su parte, Piggott, la ciudad caliente  no deseada, seguía siendo un lugar de encuentro forzoso. Hemingway volvía a ella para escaparse de todo el mundo y como todavía no era muy conocido, le servía para pasar inadvertido. Esto sí le agradaba, porque podía salir con su cuñado Karl a cazar y pescar. También el cuentista aprovechaba ciertos momentos para llegar hasta el centro de la ciudad y juntarse con algunos bebedores que nada sabían sobre él.




No son pocos los que dicen que Ernest utilizó a la familia Pfeiffer para escalonar su futuro. En lo personal no estoy tan de acuerdo, me inclino a pensar que los millonarios actuaron como protectores de un joven con inquietudes progresistas y cargaron el mecenazgo sobre sus espaldas sin ninguna molestia. El 8 de octubre de 1929, una reunión familiar en Piggott, confirmaría esta idea. Allí se decide darle a Ernest todo el apoyo para que pudiera escribir sin pensar en su economía y el encargado de acompañarlo a todos lados no sería otro que el tío Gus Pfeiffer. Este protector se haría cargo de los dos primeros autos que manejó el escritor, la renta de su departamento en París, los 8 mil dólares iniciales para la compra de la casa en Key West y los 25 mil dólares del safari por África. Es un momento difícil en la economía estadounidense, aunque para estos tíos la cosa no resultaba tan dura. Un mes después, el 8 de noviembre, Ernest, Pauline, Virginia y el pequeño Patrick, pasean por París de la mano del tío Gus. Buena vida la del grupo. El 10 de noviembre Ernest y el tío Gus viajan a Berlín para medir el mercado editorial. Las malas lenguas aseguran que el tío Gus en estas vacaciones se reunió con banqueros tratando de olvidar ese 25 de octubre donde los jefes del Morgan Bank, del Chase National y  del National City Bank,  no sabían como sacar las papas del fuego para salvar el sistema bancario. No es casualidad que el 19 de febrero de 1930, Paul Pfeiffer inaugure el Piggott State Bank y comience en la familia un nuevo modelo de vida. En junio, Pauline está en Piggott, aburrida, pensando en mil cosas menos en el pequeño Patrick. Su deseo era viajar a Nueva York donde se encontraba Hemingway junto a Bumby. Lo llama por teléfono y Ernest se enoja. Decide entonces dejar a Patrick con su enfermera-cuidadora y marcha con Virginia a Nueva York. Esta  visita lo altera aún más a Hem. Pretendía estar sólo con Bumby. Pauline no lo entiende así, quiere tenerlo a su lado. Ernest vuelve a recriminarle sobre el abandono de Patrick. Pauline se justifica: le dice que “está en buenas manos”.

El 13 de julio Hemingway se encuentra en Wyoming junto a Bumby. Están felices en ese paisaje que disfrutaban a cada instante. Acuden a Montana e Idaho y descansan en Cheyenne. Le dice Ernest en una carta a su amigo Waldo Peirce: “este es un lugar maravilloso y aquí está la mejor pesca del mundo”.

En noviembre Hemingway sufre un accidente automovilístico cerca de Billings. Su amigo Archie MacLeish, enterado de la tragedia, se sube al primer avión que encuentra. Le confesará en el hospital: “Ha sido uno de los peores viajes de mi vida”.

Recuperado y en compañía de Pauline regresa a Piggott  el 21 de diciembre, allí recibe la Navidad y el Nuevo Año.

Nuevamente el tío Gus aparece comprometido con el destino de Hemingway. Ernest no está gusto en Piggott: “En esta ciudad de mierda solo puedes beber y jugar al póker”. El novelista quería aventura y lo convence al tío Gus para que vayan de pesca. El 3 de enero Hemingway pisa Key West, era la segunda visita que hacía después de aquella de 1928, cuando llegó con Pauline por consejo de John Dos Passos. 20 días más tarde lo hace el Tío Gus, Archie MacLeish y el pintor Strater Henry, para juntarse con el ferretero Charles Thompson y Eddie “Bra” Saunders, quien alquilaba barcos de pesca. Pasan la buena vida. Tal es el placer que le causa al tío Gus esta epopeya que 60 días después le entrega a Ernest los 8 mil dólares para que compre la vivienda que la familia utilizará desde 1931 hasta 1940. La casa es de estilo español, situada en el número 907 de la calle Whitehead, al otro lado del faro de Key West. Después de la separación de Ernest, Pauline continuará viviendo con Patrick y Gregory hasta 1951.





En mayo Hemingway se marcha a Europa, Pauline ya está embarazada de su segundo hijo y todo hace suponer que el niño viene complicado. Ernest llega a Madrid procedente de Vigo y quiere ver las corridas. En setiembre camina por Nueva York pero ya tiene señal de alerta con el embarazo de Pauline. La pareja decide que el nacimiento de su hijo sea en Kansas City, hacia allí marcha Ernest el 23 de setiembre. La madre con su complicado embarazo decide que Patrick se quede en Piggott y ella al cuidado de Virginia se encamina a Kansas City. El 12 de noviembre nace por cesárea Gregory Hancock, asistido por el doctor Guffey.

De regreso a Piggott, Pauline le presenta su hermano a Patrick. Ernest decide quedarse mientras se recupera su esposa. No puede con su genio: el día de Acción de Gracias sale a cazar codornices y se olvida de todo.

Ya entrado diciembre el nuevo destino es regresar a Cayo Hueso. Allí vivirán los mejores momentos de la pareja.

En mayo de 1932 Virginia Pfeiffer se compromete a renovar el antiguo granero de la casa de Piggott en un estudio que utilizará Ernest para escribir.

Los primeros días de agosto Ernest comienza su nuevo periplo europeo, llega a España y se vuelve a enredar con las corridas de toros.

Es en este momento que se  produce un hecho trascendente; vuelven a verse la cara Hadley y Pauline. Se tratan secamente, no es para menos; Pauline le entrega en París a Bumby, que había estado con ellos en Key West y Hadley ni se lo agradece.  Ernest no quiere jugar en este escenario, se escapa, se fuga, tiene una actitud culposa y en lo único que piensa es en el safari por el África oriental. Se reencuentra con Pauline y la conversación no es nada amena. Pauline le dice que en el futuro él se encargue de Bumby. Ernest la insulta y enojado decide verse con su amigo, el pintor Luis Quintanilla, para salir a cazar jabalíes en Extremadura.

Mientras tanto la idea del safari está latente. Ernest regresa a París y parece que la calma había retornado. Junto a Pauline visitan la librería de Sylvia Beach y esa misma noche cenan con James Joyce. 



Pauline regresa a Piggott y se haya con un panorama crítico. Los niños habían pasado por períodos de fiebre y la enfermera le dice que debería estar más cerca de ellos.

En noviembre Ernest se une a la familia y preparan el día de Acción de Gracias y la Navidad.

A mediados de diciembre el granjero-estudio de Ernest se incendia, allí estaban guardados manuscritos del escritor, libros, ropa y armas de fuego. Fue un accidente extraño, nunca quedó debidamente aclarado los motivos del siniestro. El lugar tenía amplios ventanales, las paredes pintadas de un blanco tizado, el piso de madera pulida, un cuarto de baño con ducha. El lugar de trabajo estaba acondicionado con estufa, una biblioteca inmensa, sillas y una mesa para compartir el juego. La sala irradiaba intimidad, era un lugar de paz y tranquilidad. Sobre el escritorio de Ernest la máquina de escribir lucía perfecta.

Hemingway, que odiaba esa ciudad, aumenta su enojo y su displacer. Piggott, ahora más que nunca, era para el norteamericano un lugar indeseado. Ernest ya había comenzado a tener vuelo propio y las peleas con Pauline se repetían. La familia que todo lo callaba trataba de mirar para otro lado y una vez más, el dinero, calmaba todos los ánimos.

A mediados de abril de 1933 Ernest se va a buscar los merlines en las aguas cubanas. Lo acompañan Karl y Gus Pfeiffer.






Durante el mes de junio Karl y su esposa inauguran una nueva casa en Piggot y Virginia inicia la remodelación del granero-estudio.

La noticia del reciclado a Hemingway no le emociona. Le dice a Pauline: “Si por mí fuera lo incendiaría nuevamente pero esta vez en forma definitiva”

Para agosto Ernest, Pauline, Bumby, Patrick y Virginia están en La Habana. Desde allí partirán Ernest y Pauline a Europa y Virginia, Patrick y Bumby a Nueva York. El pequeño Gregory sigue en Piggott al cuidado de Ada Stern.







La primera semana de noviembre de 1933 Ernest y Pauline llegan a Marsella para embarcarse en un crucero rumbo a Port Said. En ese viaje Hemingway sufre un ataque de disentería amebiana que lo destruye. No se amilana, cruzan el Mar Rojo y llegan a Mombasa para terminar en Nairobi, comenzaba así el safari africano que duraría 2 meses.

En Piggott los pequeños Patrick y Gregory estaban a salvo bajo el cuidado de Virginia y su enfermera.





Finalizada la experiencia regresaron a París. Esa semana  se encuentran con Marlene Dietrich y nuevamente se reúnen con James Joyce. Todo parecía una fiesta pero en verdad las cosas habían empezado a cambiar. En marzo de 1934 el norteamericano se marcha solo a Nueva York y su destino es Cayo Hueso. Pauline se vuelve a Piggott y no comenta nada, sencillamente espera que Ernest le envíe una señal. Dos días antes de la Navidad y sin previo aviso, Hemingway llega a Piggott con los regalos para la Navidad. En ese momento le comunica a Pauline que la revista Squire le acaba de adelantar 3.300 dólares como parte de pago de los 10 artículos que publicará. Con ese dinero se dará un gusto: comprará el yate que bautizará Pilar. Arriba del barco y a toda vela llegará a Bimini en busca del atún. Es aquí donde se luce como “lobo marino” y su autoestima crece sin medida. Mientras tanto, en Piggott, Pauline espera que suene el teléfono. A fines de abril, Pauline y Virginia preparan las maletas, la orden había llegado: ellas y los niños se alistan para una nueva aventura.





La revista Squire, que ya lo tiene a Hemingway como un baluarte, dirá sobre el novelista: Un escritor puede hacer de su vida algo bonito abrazando una causa política, trabajando por ella, haciendo profesión de creer en ella; y si esta causa triunfa, él estará en una posición excelente. Un hombre puede ser fascista o comunista, y si tiene aptitudes puede llegar a ser embajador, o puede ver sus libros impresos con una tirada de un millón de ejemplares con el apoyo del gobierno, o recibir recompensa de ese tipo con la que sueñan los jóvenes. Pero nada de esto le ayudará en su tarea de escritor, a no ser que él aporte algo nuevo al conocimiento humano mientras él escribe.

Friday, July 06, 2012


PIGGOTT: LA CALDERA DE HEMINGWAY (segunda parte)

Hemingway sabía perfectamente que su divorcio con Hadley Richardson le traería problemas. Fue una separación dolorosa,traumática, desgarradora; ambos habían proyectado un futuro en común, todo estaba por hacerse, por despertar, juntos soñaron un mundo de ilusiones en París; pero de buenas a primeras, la copa de cristal cayó al suelo y ya nunca nada sería lo mismo. Ernest buscaba aventura, Hadley una familia. En medio de las decisiones, de las peleas, del hijo que había llegado, se cruzó Pauline, el reloj se detuvo, y otra hora marcó el destino.


Handley con su pequeño Bumby sentiría la soledad y el desamparo de un Ernest que sólo pensaba en sí mismo. De todos modos, tanto uno como el otro, reconocerían con el tiempo, que ese amor que alguna vez los envolvió en el fuego de la pasión, fue muy fuerte, demasiado intenso, decididamente peligroso. Handley llegaría a perdonarlo y Ernest admitiría que amó a esa princesa hasta el fin de sus días.


Recordaría el escritor en sus memorias: Antes de que llegaran estos ricos ya se nos habían infiltrado otra clase de ricos, utilizando el truco más viejo que existe. Una mujer joven, soltera, se convierte temporalmente en la mejor amiga de la otra mujer joven, casada; va a vivir con el marido y la mujer y,entonces; como quien no quiere la cosa, inocentemente y sin tregua, se dedica a conseguir casarse con el marido…El marido tiene dos mujeres atractivas a su alrededor cuando acababa su trabajo. Una es nueva y extraña y, si tiene mala suerte, llega a amar a las dos…
Hadley más reflexiva también se sincera: Había ocho años de diferencia de edad entre nosotros y yo estaba continuamente cansada. No era capaz de seguirlo.


Pauline Pffeifer, entre otros méritos, fue la mujer que cambió la vida de Ernest y su primer desafío tuvo enorme resonancia.Hemingway debió convertirse al catolicismo para casarse con Pauline y ese hecho le significó al joven novelista un desprecio atroz en el seno de su familia.Pero el periodista accedió a su nueva espiritualidad sabiendo que esta decisión lo acercaba a un grupo humano que le brindaría todo el apoyo financiero necesario para transformarse en un escritor de éxito sin apremios económicos.
Para muchos de los investigadores y biógrafos del norteamericano, ésta unión debe analizarse con mesura, con más cuidado que todas las otras relaciones, porque durante el tiempo que duró el vínculo,Hemingway produjo lo mejor de su literatura. La ruptura con Hadley fue alocada pero la mayoría de los especialistas coinciden en que Ernest no estaba preparado para el matrimonio. Hadley sentía admiración por Ernest. Papa, en cambio, veía en Hadley a una acompañante. El amor era algo imperfecto que no terminaba de cerrarse, era una pompa de jabón, un arco iris, un sueño inacabado. Es en ese contexto cuando aparece Pauline -católica devota, de buena educación, con un reconocido trabajo, rodeada de admiradores y una fortuna nada despreciable- y encandila a un Hemingway indeciso, capaz de saltar al vacío sin red. Atrás quedaba aquella historia del matrimonio programado de Pauline con su primo Mateo Herold para conservar la estructura de una familia de sanas costumbres. Hemingway era la antítesis del hombre elegido. El sólo hecho de ser escritor lo transformaba en peligroso: casado, padre de un hijo pequeño, sin respaldo, sin fortuna.


El matrimonio duró trece años y de esa unión nacieron dos hijos: Patrick y Gregory. Fue un vínculo tormentoso porque se distanciaron no menos de 17 veces. Pauline con el correr de los días fue advirtiendo que su devoción por Ernest la encerraba. A diferencia de Hadley, Pauline no estaba hecha para ser madre y se vio obligada muchas veces a elegir entre Ernest y sus hijos. Ella siguió al hombre, pero dejó librado sus retoños al cuidado de una enfermera, de sus abuelos y de su tía Virginia. Gregory, declararía con los años, que a menudo se sintió abandonado y que su relación con su madre nunca estuvo cerca. “Yo odiaba a aquella zorra. Nació sin instinto maternal. Nunca me tomó entre sus brazos”, había sentenciado.
Si el mundo sabe ahora que Hadley Richardson fue la“esposa de París”, también puede asegurar que  Pauline fue la "esposa de Cayo Hueso". Irónicamente Ernest siempre decía que “Cayo Hueso era el Saint-Tropez de los pobres”.
Según cuenta John Hemingway, hijo de Gregory, en Los Hemingway, una familia singular, en la vida de su padre y abuelo había habido ciertos signos de ambigüedad sexual: a su padre y abuelo los habían vestido de niña cuando eran pequeños; cuando Ernest conoció a Pauline, la que le gustó de verdad era su hermana Jinny, que era lesbiana, o Ernest y Pauline se cortaban el pelo a lo chico y se lo teñían como hacían las chicas, o los juegos sexuales de Ernest y su cuarta esposa, en los “que Ernest quería ser una de las chicas de su mujer”, porque ésta siempre “había querido ser un chico”, según escribió Ernest Hemingway en el diario de Mary Welsh.


“Ernest no era gay, ni, hasta donde yo sé -continúa el nieto- se travistió jamás en público durante su etapa adulta. Pero si yo hubiera tenido acceso en algún momento a una copia de aquella página del diario de Mary, estoy seguro de que habría visto a mi padre de una forma diferente.Habría dejado de considerarlo la excepción familiar a la imagen de macho de Ernest (…) Entre ellos existía un vínculo directo que nacía del corazón de la ambigüedad de Ernest (…) Ernest no se travestía como su hijo, pero lo que está claro es que sí pensaba como él”. Aunque para John Hemingway queda claro que “la imagen de Ernest como pilar de la hombría norteamericana era, –y continúa siendo– intocable”.
No quiero alejarme del tema central, pero este tipo de opiniones nos presenta a un Hemingway al desnudo. Recuerdo que algunos comentarios también hacían referencia al pacto que cerraron Hadley, Pauline y Ernest, sobre la idea de mantener una relación triangular, y otra versión que apuntaba al mismo esquema entre Pauline, Victoria y Ernest. De ser cierta estas experiencias, nada suman al mundo vincular de Hemingway. Agregaríamos en el mismo marco referencial una confidencia. Ernest le habría dicho a sus amigos pocos meses después de su divorcio con Hadley, que si ésta lo perdonaba volvía con ella. Y en 1940, cuando ya Pauline era una sombra y el nuevo sol se posaba en Martha Gellhorn, Ernest le escribe a Hadley una frase reveladora: “Cuanto más se de tu sexo, más te admiro”.
Piggott significó para Hemingway un mal necesario. Ernest trató de encontrar motivos de alegría en esa ciudad que odiaba, pero en rigor la única sonrisa que aparecía en su rostro era cuando podía disfrutar con la cacería de patos y codornices.



Esta claro que la relación del novelista con Arkansas no fue feliz. Entre el volumen de cartas que se conocen, donde aparece un Hemingway menos armado, hay 10 escritas en Piggott, la mayoría de las cuales dirigidas a su editor y a Maxwell Perkins. En ellas la recurrencia a no hallarse a gusto en ese infierno era una letanía. Sin embargo, todo este enojo pareciera disimularse con algo que Hemingway sí valoró y es el haber ensamblado una suerte de “familia sustituta”. En medio de tanta discordia aparece su suegra con una presencia maternal distinta a Grace, con modales refinados y una marcada admiración por los textos del joven. No hay tampoco señalamientos y este estímulo se ve coronado con la idea de brindarle un espacio propio y tranquilo para que pueda escribir. También gana presencia en esta situación el reconocido “Tío Gus”, quien generosamente le remodela a los recién casados una casa en Key West, le hace regalos inesperados y los gratifica con un safari que costaría algo más de 25 mil dólares. A pesar de todo el rechazo que sentía el escritor por esta ciudad que le provocaba inacción y flojedad, podemos decir que pasó una cantidad considerable de tiempo en Piggott.


El 28 de junio de 1928 Pauline había dado luz a Patrick, en Kansas City, Missouri,después de un parto difícil por cesárea. “El niño es muy grande, aparentemente oscuro y fuerte. Pauline pasó por un mal momento por la cesárea. Me preocupaba su estado”, le dice en una carta Hemingway a Maxwell Perkins, fechada el 23 de julio de 1928. Patrick era conocido cariñosamente en la familia como “Mouse”,un apodo que le dio su padre. En verdad, por primera vez, Hemingway siente que esa mujer podía haberse muerto. El novelista aún impresionado regresa en tren de Kansas City a Piggott, pero permanece poco tiempo. La mañana del 14 de junio, Patrick Hemingway es bautizado en Piggott, esa misma tarde Pauline sale de la ciudad en tren para unirse con Ernest que está en Kansas City. El niño queda al cuidado de una enfermera, con la mirada atenta de su abuela y de su tía.
Ernest en este momento está comprometido por completar las primeras 200 páginas de Adiós a las armas, sin embargo, el 25 de setiembre regresa a Piggott y concluye el cuento El vino de Wyoming, poco antes de marcharse a Oak Park para visitar a su familia sin la compañía de  Pauline, quien permanece en Piggott, para estar al lado de su hermana Virginia que será operada de las amígdalas. Ernest antes de partir de Piggott conoce a Otto (Toby) Bruce, quien se transformaría en uno de sus mejores amigos. Toby  fue una especie de secretario, compinche, confidente y acompañante de toda aventura insólita que se le ocurriera a Hemingway. Más tarde viajaría con él a la Florida y Cuba.



Ernest permanece en Oak Park esperando a Pauline quien llegará a su encuentro el 29 de octubre. Hemingway cree que su esposa viajaría con el pequeño Patrick, pero un vez más el niño se queda  en Piggott.
Durante noviembre, el escritor visita a unos amigos en la Costa Este y pasa por las universidades de Princeton y Yale. De regreso parte con Pauline hacia Piggott para recoger a Patrick. Está disgustado con su esposa, la reprende porque entiende que debe ocuparse más del niño.
El 21 de diciembre la pareja enfila en auto para Cayo Hueso, decidida a pasar unos días de tranquilidad y pesca.
El 6 de diciembre, una noticia los desploma: el padre de Ernest se había suicidado.





Mientras yo escribía la primera redacción en 1928, mi segundo hijo Patrick vino al mundo gracias a una operación de cesárea en Kansas City, y mientras yo reescribía la obra, mi padre se suicidada en Oak Park (Illinois)…Me viene a la memoria todos los sucesos, todos los lugares en que hemos vivido, los buenos y los malos momentos que pasamos en ese año. Pero me acuerdo especialmente de la manera en la que yo vivía en mi libro, de lo que yo creaba cada día, de lo allí ocurría. Yo me sentía más feliz que nunca creando el país, la gente, las cosas que allí sucedían. Cada jornada leía mi obra desde el principio hasta donde lo había dejado y cada día me paraba cuando todavía yo estaba en forma, sabiendo lo que ocurriría a continuación (…). Sin embargo, descubrir que uno es capaz de crear algo con bastante verismo para que sea agradable leerlo y hace lo cada día de trabajo, esto era una de las cosas que más placer me proporcionaba. Lo demás no importaba nada.



LA PIPA DE HEMINGWAY SUPERÓ LAS 5.OOO VISITAS MENSUALES
Después de 470 entregas y más de 72.838 páginas vistas, podemos decir con verdadero placer que alcanzamos un récord inesperado.
Gracias a todos los que confían en este espacio.

Thursday, May 31, 2012



PIGGOTT: LA CALDERA DE HEMINGWAY (primera parte )


Piggott es una ciudad ubicada en el condado del Clay, en el estado estodounidense de Arkansas. El 98 % de sus pobladores son blancos y solamente el 2 % latinos. Viven en la actualidad algo más de 5000 habitantes acostumbrados a la tranquilidad de sus bellas casas y protegidos por hermosos paisajes. Sin embargo, hasta aquí no llegan los tours con inquietos turistas y tampoco las agencias de turismo se preocupan por ofertar el lugar. Solamente acuden los fanáticos hemingwayanos que, sin ningún prejuicio, preguntan por la "casa de Ernest".



Hemingway tuvo una relación tumultuosa con Piggott. Jamás se enamoró de la comarca. La despreciaba y odiaba porque le enojaba el calor desmesurado que reinaba en el lugar. No soportaba el olor de la tierra pantanosa, el aire viciado que se levantaba de los campos de arroz y el ácido aroma de los cultivos de maíz.

En una carta enviada a Maxwell Perkins, fechada en 23 de julio de 1928, le dice enfurecido: “Estoy enfermo de calor en este maldito lugar. ¿Has estado con 90 grados casi todos los días durante un mes?

Cuando Hemingway pisa este terreno ya pintaba como una especie de proto-hippie, vistiendo ropa raída, sucio, desprolijo y con su rostro sin afeitar. Dicen que cierta vez un grupo de niños le arrojó piedras porque creyeron que se trataba de un vagabundo. Era la etapa de su adolescencia tardía, cuando el novelista estaba más preocupado en perseguir codornices y encontrar a las musas que dormían la siesta que en cuidar su aseo personal. En muchas de sus escapadas el norteamericano gozaba con encontrarse con estas aves que se aparecían por todos lados. Y como buen cazador, siempre estaba dispuesto al tiro final.





La historia vincular del Ernest con Piggott tiene como antecedente una decisión tomada por Paul Pfeiffer, el padre de Pauline, su segunda esposa, quien estableció una compañía de productos químicos alrededor de la ciudad. Eran 63.000 hectáreas en donde se fabricarían fertilizantes para los cultivos de la zona. Pfeiffer ya tenía sobrado prestigio en Filadelfia porque junto a sus hermanos y a William Warner habían organizado una pequeña industria dedicada a la producción de fármacos. Los Pfeiffer conformaban una familia extremadamente católica y acaudalada que soñaba con el poder. Pauline, que había crecido en un ámbito de abundancia, nunca se preocupó por el dinero y Ernest, quien soñaba con ser un escritor de fama, aprovechó todo esta circunstancia para cumplir con sus mejores deseos: escribir y pasarla bien.
En junio de 1913, Paul Pfeiffer compra una vivienda en Piggott, construída en 1910 por William D. Templeton, y lo hace bajo la promesa de instalar una capilla católica en ese hogar.

En 1916 los hermanos Pfeiffer adquieren la empresa Hudnut y en Nueva York  levantan las oficinas de transferencia de los productos farmacéuticos.
El 1918 Pauline se gradúa en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri. Gracias a la influencia de su padre ingresa en el diario Cleveland de Ohio.

Dos años más tarde la joven periodista decide marcharse y escoltada por su tío Gustave llega a Nueva York. Al poco tiempo ya está como reportera del Daily Telegraph y casi en simultáneo la llaman de la revista Vanity Fair para ocupar el puesto de periodista de moda. En ese mundillo, entre diseñadores y modelos, la meta más próxima será París. Pauline tenía condiciones y le sobraba el dinero. Sin pensarlo demasiado viaja a Europa y ya instalada en la Ciudad Luz logra su objetivo: la revista Vogue la contrata como asistente de moda.





Estamos en marzo de 1925, Pauline y su hermana Virginia se enfrentan a la pareja formada por Ernest Hemingway y Hadley Richardson. Es en una fiesta dada por Kitty Cannell, bailarina y corresponsal de moda y Loeb Harold, editor de la revista Broon y familiar directo de los Guggenheim. Desde ese momento se convierten en amigos. Hadley y Pauline parecen conocerse desde siempre.
En diciembre Pauline está sola en París y Hadley la invita a pasar la fiesta de Navidad y Año Nuevo en Schruns (Austria). La visita se prolongará hasta el 14 de enero. En esos días Ernest y Pauline acuerdan encontrarse en París el 2 de marzo con motivo de una reunión de editores. Hadley accede a que Ernest viaje solo y prefiere esperarlos en Schruns.
Para fin de marzo Virginia Pfeiffer llega a Schruns y se une al grupo, juntos comparten momentos de entera felicidad.

En abril los Hemingway están de regreso en París y Ernest dispuesto a escribir. Ernest le platea a Hadley que necesita tranquilidad para producir y de común acuerdo deciden que lo mejor es separarse.
Los primeros días de mayo Hadley se encuentra en Juan-les-Pins, una pequeña ciudad en el municipio de Antibes, en los Alpes Marítimos, en el sureste de Francia, situada entre Niza y Cannes. Está sola en todo sentido, con Juan (Bumby) su pequeño hijo enfermo, mientras que Ernest pasea por España. Hasta allí llega Pauline para acompañarla, pero ya se advierte que un viento tormentoso sacude al matrimonio. Hemingway se reencuenta con Hadley en Juan-les-Pins 27 días después.

Transcurre agosto y la pareja está en París pero ya nada era como antes, Ernest tiene los ojos puestos en Pauline y Hadley se da cuenta que la relación se corta.
Los primeros días de setiembre Pauline viaja a Piggott para comenzar 100 días de reclusión lejos de Hadley y Ernest. Este acuerdo había sido la condición planteada por Hadley para salvar la pareja o pactar el divorcio. La veda dura poco, el 16 de noviembre Pauline cancela la separación y viaja a Nueva York.
El 8 de enero de 1927 Ernest y Pauline se encuentran en Cherbourg- Octeville , en la región de la Baja Normandía. Ya no cabe ninguna duda, el 14 de abril Ernest y Hadley se separan.





Hemingway se casa con Pauline Pfeiffer en París, el 10 de mayo de 1927.
En la primavera de 1928, el novelista y su esposa Pauline, llegan a Piggott para que Ernest conozca a sus suegros y esperen el nacimiento de su primer hijo. Ésta fue la primera visita de Hemingway a Piggott. A la semana de estar allí le dice a Pauline que ese lugar es un tormento, que no se puede vivir ni un momento más en esa caldera. Sin embargo, en los años siguientes volverá. Lo hará a menudo para pasar un tiempo cazando codornices y escribiendo.
Mientras estuvo en Piggott, Hemingway reclamó el pequeño establo de la mansión como su lugar privado. Virginia Pfeiffer fue la encargada de remodelarlo. Paradójicamente, años más tarde, un incendio destruirá el estudio y se perderán muchas de las pertenencias del novelista. La hoguera de Piggott no se apagará facilmente.