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Friday, July 26, 2013

LOS DISPAROS CONTRA HEMINGWAY


Acaba de terminar en La Habana un nuevo coloquio. Lamentablemente, por un problema de salud, no pude asistir. Me hubiera encantado encontrarme con mis amigos y volver a repetir esas hermosas charlas acompañado con un ron , el clásico mojito, o pagar con gusto los siete dólares por un daiquiri en El Floridita; pero a pesar de los inconvenientes, quiero estar presente en ese mundo maravilloso y aventurero, a través de un excelente trabajo del investigador italiano Guido Guerrera, quien me ha enviado su ponencia para que todos los hemingwayanos que consultan esta página puedan acercarse a la mirada de uno de los mejores analistas sobre la vida y obra del norteamericano.


El desarrollo que hace Guerrera sobre la personalidad del “cazador” encerrado en su trampa, es impecable, fruto  de un conocimiento medular. Toda esta comunidad terapéutica que integramos los dementes hemingwayanos, conocemos los placeres y desventuras de un ser humano golpeado y sacudido por una vida perseguida por un arma de fuego. Días pasados, leía al periodista cubano Luis Hernández Serrano y recordaba aquella anécdota de Fidel Castro que  relacionaba el uso de armas en ambos. Según Serrano, Fidel usaba la escopeta preferida del escritor norteamericano en las prácticas de tiro previas al asalto al cuartel Moncada. Reconocía Serrano que un señor llamado Fernando Silvano Nuez Sánchez, le facilitaba a Fidel el armamento sin que Hemingway lo supiese.

Cuenta Hernández Serrano que, en sus andanzas, Fidel Castro coincidió un día, en el club de cazadores El Cerro, con el coronel Blanco Rico, de la policía del dictador Fulgencio Batista. Rico le preguntó para qué estaba haciendo prácticas de tiros, a lo que Fidel respondió: Estamos practicando porque tenemos una cacería de torcazas.


Sin ninguna intención de satanizarlo, el periodista Luís Hernández dice que Fidel, con esa “fina ironía neutralizó a Blanco Rico”. Días después, el oriente de Cuba fue escenario de acciones violentas, perpetradas por Castro y sus acólitos contra los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Suele decirse que el hombre de pensamiento se opone al hombre de acción y que para que una sociedad progrese se necesita que ambos concurran en las proporciones adecuadas. Ernest Hemingway fue un hombre de acción que escribía de aquellas cosas que había vivido y no apreciaba mucho a sus colegas reflexivos y comedidos que preferían recrearse en un razonamiento antes que ceder a un impulso. Supongo que Hemingway no era un hombre carente de introspección y que su obra no fue el resultado de una excitación permanente, ni la consecuencia de haber supeditado la gramática a la furia. De hecho, tenía una cabeza portentosa, capaz de las mejores ideas, aunque también es cierto que cuando le fallaba la inspiración, podía emplear la cabeza para abrir la puerta y salir a la calle. Muchos de sus relatos están escritos con frases cortas y áridas, en el estilo fulminante propio de alguien que no concibe apagar la sed sin abrir la cerveza con los dientes. A veces la política necesita de hombres así, contundentes y entusiastas. A veces recapacitar para no equivocarse es el peor error que puede cometer un hombre. Muchas batallas las ganaron los soldados gracias a haber desobedecido una orden del alto mando que parecía demasiado razonable para ser conveniente.

Mi agradecimiento a Guido. Los dejo con un texto enriquecedor que espero disfruten.  

 
HERMINGWAY EL CAZADOR

“Es cierto que ninguna caza se puede comparar a la caza en contra del hombre y quien haya cazado hombres armados por un tiempo bastante largo y con gozo, luego no ha podido más interesarse en otra cosa”. Ernest Hemingway firma con esta tónica un artículo aparecido  en Esquire en abril de 1936, desatando una oleada  de polémicas y ataques. Quien conoce a  Hemingway, quien ha hurgado largamente en su historia de hombre y de escritor, conoce muy bien cómo fuera orientado, por su mismo carácter, a la provocación deliberada y a las expresiones agresivas pronunciadas para generar fuertes reacciones y, finalmente, una intensa atención sobre su persona.

Y es que, al final de cuenta, Ernest así se portaba porque escondido en él vivía un espíritu guerrero, rebelde e intolerante frente a cualquier imposición: el arte de la caza, que bien aprendió del padre, se había incorporado al soldado como un específico componente psicológico, hasta volverse parte fundamental de su misma naturaleza. Hemingway era un cazador de nacimiento, bajo ciertos aspectos un predador, sobre todo para celebrar una ética que remontaba a una forma fuertemente estética de concebir la vida. Sin esta especie de celebración del donar y del recibir, de las lógicas primitivas según las cuales el fuerte gana sobre el débil, del león que degüella la antílope por su misma naturaleza, no se lograría llegar a entender la tendencia de Hemingway para hacer de la caza una suerte de religión íntima.

La caza mayor en África es invariablemente subrayada por violencia, actos de coraje y de cobardía, por accidentes y consecuencias fuertemente traumáticas.







Ésta es el África de “Al romper el alba”, y es la misma tierra que entreteje el escenario de muchos famosos cuentos: el África de los trofeos y de los safaris contrapunteados por grandes borracheras, por las lecturas aburridas de Simenon y por las infaltables disenterías. Hemingway ha contribuido en acrecentar el hechizo de aquel país exótico y todavía hoy las narraciones de sus batidas de caza siguen representando casi un ideal  romántico, justamente en nuestro mundo ya acostumbrado a practicar ciertos tipos de violencia pero a estigmatizar categóricamente otros en fuerza de mutaciones epocales y nuevas orientaciones sociales. 

Hemingway el macho, el de la caza mayor, orgulloso de su carácter de predador. Siempre listo para derrochar tiempo y dinero para sus aventuras que tenían que culminar, por una suerte de intrínseca necesidad, con  la muerte de un animal, no suscita simpatía en la sociedad del políticamente correcto, donde parece prevalecer lo que es bastante descolorido, sin sabor, sin capacidad de avivar pasiones. Por el  contrario la exhibición de la pasión molesta bastante, pues ya se entendió que con la máscara de la hipocresía bien pegada en la cara se pueden hacer un montón de cosas mucho peores que matar un búfalo, un león y salirse con las suyas.

Hemingway hoy día no hubiera tenido ningún éxito: en primer lugar se hubiera tenido que enfrentar con una muchedumbre de ambientalistas radicales, luego muy probablemente habría sido pegado por enfurecidas feministas y finalmente, en consecuencia de ello,  habría sido abandonado también por el último de los editores. Siempre y cuando, en estos tiempos, hubiera podido encontrar algún editor decente  dispuesto a publicar sus escritos, en competencia, tal vez sin chances, con personajes menores y chochos de la televisión, y sin embargo publicadísimos. Pero esta es otra historia.

El hecho es que Hemingway era un cazador de vocación y su naturaleza “predatoria” era la visible y solar prerrogativa de un hombre de “un solo cuño”, como se decía  antaño, incapaz de aceptar mediaciones  hasta consigo mismo.

Pues Ernest era sobre todo cazador de sigo mismo, todas las veces que bajaba en las profundidades de su ser, destruyéndose con la bebida, emborrachándose con compañías cualquieras, acompañándose con mujeres de toda clase. En este paroxismo se escondían los gérmenes de la depresión, la misma que explosionaría devastadora antes de llevarlo a la muerte.


Este aspecto existencial de Hemingway me lo confiaba en muchas ocasiones Fernanda Pivano:”Ernest nunca parecía feliz de verdad, y era uno que sin descanso se cazaba a sí mismo. Nunca se dejaba en paz. Tan sólo lo veía un poco más sereno cuando estaba escribiendo algo que lo fascinaba o luego de una de sus batidas de caza. Era como si luego de haber individuado una parte oculta y hostil de sí, sentado ante la máquina para escribir, llegara finalmente a matarla agarrando el fusil. Creo que Papa matase para matarse. Y esto lo hemos podido comprobar al final”

En Italia, a Caorle, a Torcello en compañía de  Gianfranco Ivancich y de Bepi Cipriani o al Lago Tombolo, huésped del barón Franchetti, Hemingway practicaba una caza tranquilizadora, casi meditativa.  Horas y horas transcurridas en paciente espera, mimetizados dentro de los toneles fluctuantes entre los cañaverales de la laguna véneta, a la espera de patos u otros pájaros, con tan sólo el transfundo  del chapotear del agua y los extraños silbidos de los alicientes soplados con la boca.






Habían sido días muy felices en aquel noviembre de 1948, cuando Ernest acompañado por la esposa Mary descubrió por primera vez la Locanda Cipriani, un lugar de largos placeres convívales alegrados por abundantes bebidas de vino Valpolicella.

Cazaba los patos a Torcello pero también en la finca San Gaetano de la laguna de Caorle, donde luego de apenas un mes conocería la muy joven Adriana Ivancich, destinada a volverse la musa inspiradora de la novela ‘Al otro lado del río y entre los árboles’.

Un amor para el Véneto que venía desde mucho atrás, desde cuando en la primavera del ’18 empezó a recoger heridos en una Fiat adaptada como ambulancia, dando vueltas entre los valles del Pasubio, hasta que pocos meses después una granada casi lo mataría. Amor que justo durante aquellas hazañas en búsqueda de patos, germanos reales o de chorlitos se volvía cada día más intenso:”soy un viejo fanático del Véneto y aquí dejaré mi corazón”. Así escribía en aquella época  Ernest Hemingway  en una carta a  Bernard Berenson, en donde expresaba todo su afecto hacia aquella tierra.

Aquel intersticio de Italia, que se quedó indeleble en su memoria por los extraordinarios paisajes y unos inolvidables amigos, se vuelve fuente de inspiración para su narracion:”En cada barco, en un punto o en otro había una bolsa con un par de germanos hembras vivas, o una hembra y un macho, y en cada barco había un perro que se agitaba, temblando de inquietud por el chillar de alas de los patos que pasaban volando en la obscuridad. Cuatro barcos remontaban el canal principal hacia la grande laguna en el norte”. (‘Al otro lado del río y entre los árboles’)

Notable la experta pincelada literaria en fuerza de la cual en la novela “véneta” Franchetti se torna Alvarito “…El barón estaba erguido cerca del fuego en medio del salón. Sonrió con su sonrisa tímida y dijo con su voz baja: “Lo siento que la caza no haya tenido mayor éxito.” (Ob. cit.)

Un papel fundamental lo asume también el barquero que en realidad es Fiorindo Silotto, hábil con los remos como en la caza, que juntos con el hijo del noble veneciano Alberto Franchetti recordó en el transcurso de una entrevista las proezas de Ernest con la típica ironía del cazador, muchas veces dispuesto a exagerar sus propias virtudes así como los defectos de los otros. “A veces pretendía quedarse hasta cuando anochecía, encerrado en su tonel en el lago Tombolo. De nada valía llamarlo mientras resonaba el cuerno de la alarma, era terco y no aguantaba regresar a casa con las manos vacías. Una vez ocurrió que no capturara nada ni nada y, dándose cuenta que lo estábamos tomando por el pelo, empezó a disparar en el aire con su Berardinelli, así para desahogar la rabia. Por suerte que no estaba mi padre, al que no le hubieran gustado ciertos excesos”

La finca de San Gaetano se mantuvo como aquella de antaño, un paraíso enmarcado en una naturaleza todavía casi incontaminada y llena de atractivos paisajísticos, una verdadera oasis de tranquilidad y de placeres sencillos para el escritor estadounidense, siempre ávido de contactos casi primordiales con el ambiente en su crudeza y al cual sentía pertenecer visceralmente.







En aquella campiña a escasos kilómetros del mar había llegado con un limousine largo doce metros, “el carro con las alas”, a raíz de los estabilizadores laterales de perfecto estilo americano, estrenando un casco de piloto y grandes botas canadienses. Pronto lo habían querido todos los habitantes de la zona, fascinados por su fama y por su proverbial generosidad.

Y hay quien relata todavía que él y Mary dormían en cuartos separados con la excusa de las camas demasiado pequeñas. En efecto  Hemingway amaba sobre todo inebriarse de experiencias  duras, levantándose de madrugada, de largas borracheras y exageradas comidas con los amigos de caza, luego de horas y horas de prolongados acechanzas. “Siempre más madrugador que los otros, lo veíamos  entrar en el tonel con una botellita de ginebra y un libro – cuenta el hijo del barón Franchetti, resaltando el lado ‘tierno’ del escritor – muchas veces tampoco usaba el fusil, que permanecía apoyado sin que se disparara un solo golpe. Si le sucedía de disparar a un pajarito se conmovía y una vez lo ví llorando”

Pero en aquel mismo periodo otro tipo de caza fascinaba a  Ernest: hacer suya una presa bella y joven, como la baronesita de San Michele al Tagliamento Adriana Ivancich.

Este aspecto de la caza, de naturaleza casi simbólica, concierne casi constantemente la relación de Papa con las mujeres, que en muchos casos llegaban a satisfacer esta naturaleza suya, vanidosa, de coleccionista de trofeos.

Y no es un caso que la mayoría de las operaciones seductoras de Hemingway ha sido mucho más frecuentemente de naturaleza más platónica que concreta: ello pone de manifiesto y demuestra como en la base de su placer por la caza hubiera una íntima satisfacción que deslindaba con una más profunda insatisfacción, más allá de los éxitos efectivos.

En la mayor parte de sus escritos en los cuales en alguna medida el conquistador asume un papel importante y ritual, lo que más se destaca es como el protagonista ‘que gana’ evidencie desde el comienzo de tener las características del carácter para hacerlo: como si lo hubiera escrito en su código genético por una suerte de predestinación fatal. Por ello Ernest cuando se encuentra delante de una mujer que estimula su natural sed de conquista advierte prepotente  la necesidad de enfrentarse sin mediaciones consigo mismo: pues en el poseer aunque inmaterialmente aquella mujer, vuelve a ser dueño de aquella parte de sí exigente y nunca satisfecha, asomada sobre un vacío que nunca se puede llenar.

Pues, finalmente, ¿qué importa el momento conclusivo y tal vez más banal con relación a todo el desarrollo táctico destinado a culminar en la victoria final?

Lo esencial es ‘poseer’, un aspecto fundamental que marca la diferencia entre ‘tener y no tener’. Él dispara sus cartuchos, la gacela se dobla. ¿Qué más se puede desear?

La caza ha tenido éxito y ahora como un tónico milagroso transmite integra toda la energía que sirve para escribir otra historia.

Por amor Hemingway, como escribe Nanda Pivano, se deja enredar en un exceso de escrúpulos: “…Un día el hombre de laguna (Fiorino Selotto) relató al escritor más famoso del mundo su historia, la historia que lo había vuelto tan reservado y huraño. La historia se refería a su mujer, que durante la guerra había sufrido la ancestral ofensa de los militares a las mujeres. Esta historia Hemingway la había relatada en ‘Al otro lado del río y entre los árboles’, y como la había vista publicada (en 1950) se arrepintió, me había escrito que no podía permitir la salida del libro en Italia pues no podía ofender el barquero: y había bloqueado el libro por años. ¿Habrá sido verdad? Yo le creía a todo lo que decía y entonces le creí también en este caso. Pero mientras tanto se difundía la voz que el libro lo había bloqueado por complacer la mamá de la dulce, bella, desafortunada Adriana Ivancich…”.

Las mujeres, con las cuales Hemingway tenía muchas veces una relación misógina y conflictual y que en la mayoría de los casos consideraba como trofeos de caza para exhibirlos, permiten introducir con facilidad el argumento relacionado con la caza grande, que parece  proponer modelos similares, llegando a transformar en cruento un mismo ritual de posesión. El pretexto es sugerido por el dicho evangélico: quien de espada hiere, de espada muere. Una muerte, en fin, que es castigo y aprendizaje de vida: “El Bwana de la caza había matado un león, y yo y el Bwana de la caza habíamos matado una leonesa, juntos con sus jóvenes. Una leonesa que había producido muchos daños.” (‘Al romper el alba’). Sin embargo en otros casos, como acontece en ‘La breve vida feliz de Francis Macomber’, pero también en el mismo ‘Al romper el alba’, el privilegio de tomar la iniciativa y de presionar el gatillo y disparar a la presa se reserva a aquellas mujeres que demuestran una ‘virilidad’ y una frialdad de decisión sorpresiva.

“Encontramos la manada de impalas que normalmente estaba cerca del punto en que la carretera cruzaba el río y Mary mató un macho que tenía un solo cuerno. El animal era muy gordo y en buen estado…Mary había disparado muy bien, dando en el blanco en el hombro, exactamente donde había apuntado”

En realidad no nos dejamos engañar. Mary es la prolongación del pensamiento predatorio y de las estrategias de caza de Ernest, así como la esposa de Francis Macomber lo es de la guía blanca Wilson.

Las mujeres cazadoras existen en el universo de  Hemingway como signo ulterior del poder del hombre que fragua y plasma el alma femenina a su antojo. Mujeres que espontáneamente establecen alianzas con el más fuerte, que pronto se vuelve también el más atractivo y fascinante.

Y en todo caso Hemingway, que adora siempre medirse con adversarios de valor, les prefiere de carácter estas sus presas, como cuando fija la atención sobre un león que a su vez ha sido terrible cazador y por largo tiempo ha sembrado el terror en la sabana.


 

En ‘Al romper el alba’ Miss Mary ocupa un lugar de honor, una protagonista con muchas y extraordinarias calidades: pero en realidad es probable que Hemingway tan sólo intente obtener el perdón por el embarazoso episodio ligado a una presa especial de nombre Debba.

Mary se va a Nairobi de compras en Navidad y Papa desahoga su amor para la muchachita de la tribu Mokamba, que hasta quiere casarse. La leyenda parece avalar esta circunstancia nunca probada, también si el mismo Ernest relata como la había conquistada compartiendo sus costumbres de vida y ‘comprándola’ con unas cuantas bolsas de harina y varios números de la revista ‘Life’. Que se dice le gustaran mucho a la joven Masai.

Cuenta Fernanda Pivano con relación a ello:”Hemingway tomaba demasiado, se le había apagado la pasión para la caza y sobre todo contemplaba el paisaje y los animales, creando unos problemas para el fotógrafo de ‘Look’. Ello trasparece entre las líneas del libro, en algunas descripciones líricas y en la exaltación de la belleza de las fieras; pero la tónica general refleja el fanfarronear que pertenecía a su imagen pública, siempre más alejada de su real fragilidad. “Como muchas veces les ocurre a los grandes personajes  Hemingway se había quedado aplastado por su misma fama, y así tenía que asumir de una forma casi automática un papel que ya no le pertenecía: algo así como más tarde habría hecho Bukowski, obligado a poner en el vaso jugo de cereza en vez de vino para engañar los jóvenes visitantes que buscaban al anciano borracho Chinaski.

Cazar de toda manera era para Hemingway un camino para conocer y conocerse, para entrar en el corazón cruento de las cosas, de la misma esencia de la vida, sin descuentos para nadie, menos aún para consigo mismo. Iba a caza de submarinos, de leones, de peces, de pájaros del aire y de los acuáticos, era cazador de mujeres y predador de hombres, simplemente quería ser el mejor, siempre. 

Y por este género de excesos era una leyenda también en Cuba, donde parece que el mismo Fidel fuera orgulloso de disparar con un fusil de dos cañones calibre 22 que había pertenecido a Papa.

¿Quién era Ernest Hemingway sino un guerrero, frágil como todos los combatientes obligados a enfrentarse con el peligro de vivir para no morir tempranamente…?

Hemingway nunca había dejado de perseguirse, de olfatearse, de desanidarse. Y al final se había encontrado: en la aurora de aquel dos de julio por fin había disparato a su última, huidiza, inaprensible presa.
 
 

Wednesday, July 03, 2013

DOBLE HEMINGWAY. MAL HEMINGWAY






“Siempre he odiado a Hemingway. Me causaba vergüenza como escritor y como hombre. Y su manera de representar la masculinidad me parece un chiste. Él no era boxeador, era un alcohólico sobrevalorado que, además, es responsable de la ola literaria de todos sus imitadores. A mí me gustan las frases largas y los personajes complejos, y la mayor profundidad que consiguió Hemingway fue crear un personaje que era incapaz de tener una erección. Así que Hemingway es el mayor fraude de la historia. Como hombre y como escritor”. Jonh Irving




 

Nunca estuve de acuerdo con los dobles, con la imagen de fotocopia, con el espejo invertido, con los imitadores que gozan de un minuto de gloria. Reconozco que es un problema personal. Para mucho, en cambio, ese modelo que se acerca a la figura original suele tener cierto atractivo. Incluso el que asume el rol de imitador llega a creer que efectivamente es el dueño de esa magia que no le es propia y aprovecha para gozar de una fama que no le pertenece. Cuando alguna vez me ofrecieron ser jurado de esos certámenes, siempre me negué. En mi obsesión le pregunté a quien había pasado por esa experiencia, cómo se sintió y la respuesta fue vacía o intrascendente. Recuerdo que un norteamericano muy dispuesto me dijo: son simpáticos, como monitos del zoológico. Pero las competencias se multiplican por doquier y los Hemingway reencarnados parecen no tener fin. Ahora estos clones están en La Habana, provocando vaya a saber que tipo de sensaciones en un pueblo que tiene sobrevaloración por la figura de Hemingway. Para los isleños, Papa en un cubano más, y verlo repetido como una postal ordinaria no debe ser grato. Pero allí están, jugando a la memoria y haciendo travesuras que nada tienen que ver con el norteamericano. La Agencia EFE como nota de color levanta la noticia y sin mucho esfuerzo transmite:




La imponente figura de Ernest Hemingway multiplicada por seis “dobles” que por su parecido con el novelista ganaron un concurso en Estados Unidos provocan la curiosidad de cubanos y turistas mientras se pasean por las calles más antiguas de La Habana y los sitios que recuerdan al escritor estadounidense.



Esta es una de las novedades del 14 Coloquio Internacional dedicado al autor de “El Viejo y el Mar” que abrió esta semana en el hotel Palacio de O’Farrill, del centro histórico de La Habana, donde más de un centenar de estudiosos, académicos y admiradores de Hemingway (1899-1961) de Estados Unidos, Canadá, Japón, Italia e Irlanda, debaten sobre su vida y obra.



Entre ellos se encuentran los estadounidenses Wally Collins, Stephen Terry, Gregory Fawcet, Thomas Mitchell, Edward Barry y Far Torrell, quienes muestran orgullosos su singular semejanza con el célebre novelista y periodista en los últimos años de su existencia que bien podrían encarnarlo en un filme.



“Realmente estoy aquí solo para asistir a los cuatro días del Coloquio en La Habana que me parece una excelente oportunidad”, dijo a Efe Gregory Fawcet durante el paseo que los llevó hasta los bares de los restaurantes “La Bodeguita del Medio” y “El Floridita”, dos lugares donde está presente la huella del paso de Hemingway por La Habana.



En “La Bodeguita”, Fawcet y sus compañeros degustaron uno de los tragos emblemáticos de la isla, el “mojito”, un popular trago preparado con ron, azúcar, limón, menta o hierba buena, agua mineralizada y hielo, que les resultó altamente “refrescante” con el aderezo de un grupo musical que les ofreció melodías tradicionales cubanas.



El recorrido continuó en el famoso “Floridita”, donde Hemingway acudía casi a diario durante sus estancias en la isla para beber su cóctel favorito- el daiquiri, hecho a partir de ron blanco, batido con zumo de limón y hielo frappé.



En ese local, los “dobles” probaron el auténtico daiquirí y se tomaron fotos con la escultura de bronce a tamaño natural de Hemingway instalada en el extremo izquierdo de la barra donde acostumbraba a recostarse el novelista.



“Mi daiquiri, en el Floridita”, solía decir Hemingway.



A él se le atribuye una de las variantes más famosas del daiquiri que ofrece este local- el “Papa Hemingway”, que a diferencia de la receta original, prescinde del azúcar y lleva jugo de toronja, licor marrasquino y una porción doble de ron, además del zumo de limón.



El “doble” Fawcet fue el ganador en 2012 del tradicional concurso de dobles de Hemingway en Cayo Hueso (Florida, EE.UU.) y ahora ha viajado por primera vez a la isla para participar en el programa de actividades teóricas y culturales del Coloquio que concluirá el próximo domingo.



Para él Cuba es un lugar con el que el escritor tuvo “una gran relación. Aquí escribió algunas de sus novelas y es muy interesante poder conocer esa parte de su vida”.



Por eso aguardaba con especial expectativa la visita a “Finca Vigía”, la casa cubana de Hemingway, ahora museo, donde el escritor pasó largas temporadas durante más de veinte años hasta poco antes de su trágica muerte al pegarse un tiro a los 61 años de edad en Ketchum (Idaho) el 2 de julio de 1961.



La presidenta del Comité Organizador del Coloquio y directora de la Casa-Museo, Ada Rosa Alfonso, dijo a Efe que la presencia de los “dobles” le han concedido un “encanto especial y un atractivo” al evento que según explicó este año ha contado con la mayor participación de estadounidenses, más de 40, entre los que figuran conocidos expertos.



Entre ellos citó a Douglas La Prade, profesor de la Universidad de Texas, Susan Wrynn, conservadora de la colección Hemingway de la Biblioteca John F.Kennedy, Sandra Spanier, Walter Newman, exdirector de restauración y conservación de documentos del Centro Andover, Massachusetts, y Steve Paul, editor del Kansas City Star, quien hablará en el encuentro de los inicios del escritor.



Alfonso valoró los trabajos de la primera jornada como “altamente interesantes y aportadores”, al tiempo que resaltó como novedosas actividades del programa como el II encuentro de organizaciones Hemingway del mundo en el que participan el proyecto “Cartas” y el de “Hemingway en escena”.- (Por Raquel Martori)

 



Resulta que aparecen clones por todos lados: en Cayo Hueso, en Pamplona, en Roma, en Barcelona y uno no sabe si Hemingway está vivo, dando vueltas o esa suerte de magia literaria hace que el barbudo se presente sin pasaporte en cualquier lugar. Claro que no siempre ese responsable lo hace de la mejor manera. He visto imitadores excedidos de peso, notablemente diminutos en relación con la altura del protagonista, groseros de rostro que con el solo efecto de lucir una barba canosa y una camisa safari se arrogan el derecho a ser el mítico Papa.



No me voy a pelear con todos ellos, son parte de la escenografía y del espectáculo hemingwayano. El negocio de la fama no es para tibios. Raro destino si lo hay, son muy pocos los escritores que cuentan con imitadores, con personas dispuestas a transformarse en un doble que tiene una vida paralela.



Recuerdo que Enrique Vilas-Matas cierta vez compartió con Paul Auster una conversación pública y surgió el tema de Hemingway. Vilas-Matas le decía que en Key West, desde hacía 20 años, se realizaba un concurso de dobles y Paul Auster no le creyó; pero al insistir el escritor catalán de que era cierto su afirmación, el norteamericano respondió: Con un Hemingway no alcanza.




Thursday, May 30, 2013

HEMINGWAY: COMO LOS HIJOS DE LA MAR





 
De pronto me sorprendo porque hace siete años estoy peleándome con este borracho. Desde hace siete años estoy obsesionado con la idea de que un día se me presentará y me sacudirá una trompada porque me metí con su vida y sus historias sin ningún permiso. Desde hace siete años espero que algún familiar me increpe porque su pariente no era como yo lo visto y desnudo. Desde hace siete años un montón de especialistas me critican porque este Hemingway no es el escritor que ellos consideran. Desde hace siete años mi familia me soporta cuando hablo sobre su figura. Desde hace siete años muchos jóvenes me consultan porque descubrieron a un autor extraordinario. Desde hace siete años me putean porque no hago otra cosa que hablar de un norteamericano pedante y estúpido. Claro, también uno tiene beneficios, algún viaje, libros de regalo, la amistad de quienes me miran con cierto respeto y las anécdotas casi verídicas de algunos que se me acercan porque hablan de mi “viudez hemingwayana”. Ahora que estoy fresco y sobado con tanta alegría, me acuerdo de Hernán Balderrama, el viejo lobo de mar que me hizo subir a la Miss Texas para recordar las travesías de Hemingway en Cabo Blanco. Resulta que esa embarcación que descansaba en el Yacht Club Peruano deja definitivamente su amarra y cambia de indumentaria, vuelve a Cabo Blanco con el mismo ropaje de 1949 que supo vestir cuando Ernest salió a buscar al merlín negro gigante. Balderrama, quien la había rescatado y reciclado la vendió al grupo Inkaterra y con todos los honores regresa a su antiguo hogar, a su viejo terrero, a su lugar en el mundo.





Como una estampa de la época y para no caer en vanidades, quiero presentar un excelente trabajo de un joven periodista que ha seguido los pasos de Hemingway por la tierra peruana.


Gracias a todos los que me apoyan en esta aventura.

 


EL VIEJO MILLER Y EL MAR DE CABO BLANCO




Todos se detuvieron a esperarlo en la pista de aterrizaje aquella mañana de abril. Ernest Hemingway apareció a la puerta del avión Douglas DC-7B de la aerolínea Pan-American Grace, en Talara, lanzando saludos con la mano a una fila de personas que gritaba su nombre. Eran las siete y media de la mañana del 16 de abril de 1956. El recientemente galardonado con el Nobel de Literatura descendía acompañado de su esposa Mary Welsh, un sastre plomo elegante, una sonrisa edulcorada. Y lucía enfundado en una camisa a cuadros bajo un saco caqui y pantalón plomo encendido. La barba esponjosa y ensortijada encuadraba ese típico rostro mordaz y serio rebosando para las fotografías.


Ernest, Ernest, Ernest. Gritos generales. Y una fila de periodistas disparándole preguntas, ¿en cuántos días escribió El viejo y el mar?, ¿cuál es su próxima aventura?, ¿es usted republicano o demócrata?, ¿cómo se explica que siempre haya salido vivo de los accidentes?, ¿es la suerte o es que usted no le tiene miedo a la muerte? Y Hemingway, el escritor que había revolucionado la narrativa contemporánea con la contundencia de sus obras, estaba otra vez en escena, cruzando miradas y sonrisas decorosas con su mujer, dudando un momento, respondiendo después: la voz ronca y melodiosa, resultado de fumar en pipa. Si para el mundo él era entonces un talentoso despiadado, un hombre a cuya espalda guarecía una antología de desvaríes, para la gente de ese lugar —Talara, en el extremo del noroeste peruano— era un hombre sencillo, bonachón, agradecido y fantástico, una estrella menor de metro setenta y tantos que ahora daba una conferencia de prensa, el regalo hiperbólico de alguien que desde su nombre llamaba la atención.


No era una de esas bienvenidas triunfales para alguien triunfal: Hemingway entonces ya era una marca que brillaba con luz propia, así que por esa fama bien podría haberse ido al centro luminoso de New York o a Hong Kong o a Tokio, las ciudades más caras del mundo, pero aquel día de otoño su destino había apuntado al balneario más insospechado del planeta, a un pequeño lugar de los casi 136 millones 232 mil kilómetros cuadrados de costa que tiene el Perú, en la única parte de Sudamérica que visitaría en toda su vida.


Había que hacer preparativos. Dos días atrás, un equipo técnico de la Warner BROS había llegado para instalar sus equipos y armar la escenografía de la película “El viejo y el mar”. Pues en Cabo Blanco, una playa que asoma como apéndice en Talara, iba a grabarse parte del film de la obra que él publicó por primera vez en la revista Life en setiembre de 1952, y con la que se hizo ganador del Premio Pulitzer un año después. «Infló sus carrillos de conejo y volvió a sonreír —recordaría Manuel Jesús Orbegoso, un periodista peruano que esa mañana coreaba su nombre con desenfreno—. Todo fue sonrisas». Era el visitante más sencillo que llegó a la playa, dirían otros, los testigos devotos de aquella visita. La primera vista suele crear una definición anacrónica del visitante.


Esa mañana, el escritor seguía los pasos medidos de una aeromoza rubia enfrascada en un vestido escueto. Con él llegó también un amigo cercano, Eliseo Arguelles, y Enrique Pardo Heeren, el fundador del Club de Pesca de Cabo Blanco, donde iba a hospedarse. Hemingway entonces bordeaba los 56 años, lo embargaba una afición al mar, al whisky, pero nunca a su presencia. “Prefiero no verme en el espejo”, dijo carcajeando. Después vinieron las confesiones. Decía que siempre había tenido suerte, que los periodistas como él tenían que aguantar tanto que sólo los podía calmar la bebida, que la muerte era una prostituta que quería acostarse en su cama, y que las grandes aventuras llegaban a buscarlo. Él nunca las perseguía. “Llegan solas”, dijo en la conferencia, después de abandonar el avión en que había llegado ese lunes de abril.


Casi medio siglo después de la travesía que emprendió el Nobel de Literatura, Cabo Blanco aparece en medio de unos cerros desérticos como una postal caribeña: arena blanca finísima, un sol fosforescente, y embarcaciones que parecen palomas blancas posadas sobre el mar picado. Cabo Blanco es apenas cuatro restaurantes, una capilla donde se celebra misa dominical y después se da desayuno comunitario, un colegio del estado que tiene un merlín negro en su escudo, una asociación de pescadores artesanales, baños públicos para los turistas, una tienda que ofrece servicio de internet, y un puñado de familias conservadoras viviendo en casas de una o dos plantas, que se salpican como rocas a lo largo de toda la costanera. Por lo demás, los periódicos que informan de muertes, asesinatos o levantamientos violentos al interior del país, tienen que irse a comprar a El Alto, un pueblo distanciado a diez minutos de donde se desciende al balneario por un camino enredado como un gusano. Sin embargo aquí, las noticias habituales corren como un prodigio: Cabo Blanco es más pequeño que una grajea, si se mira desde el mapamundi. No tiene más de doscientas familias, ni un aeropuerto propio, ni un presidente, pero Hemingway, cuya imaginación era capaz de concebir escenarios extravagantes, lo bautizó como “el país de la pesca”. Desde entonces, el pueblo-balneario no ha dejado de ser visitado por personas que buscan seguir los pasos del escritor. Y del merlín. No es reciente. Cabo Blanco había sido la playa más famosa del mundo porque allí confluían los pecadores de altura, una mezcla de liliputienses que buscaban la aventura en altamar.




Esa mañana de llegadas distinguidas, el avión alzó vuelo dejando a sus tripulantes en el aeropuerto. Habían viajado doce horas saliendo desde Miami, Florida, atravesando todo el continente americano hacia el Sur, y es probable que a eso se haya sumado la modorra mediática de la pregunta-respuesta o la sensación irritante de posar para las fotos. Un vehículo reluciente llegó a la carretera para llevarlos a Cabo Blanco. Hemingway abrió una de las puertas: los asientos radiantes y bien acomodados para el Nobel. Mary Welsh, en cambio, se detuvo un momento antes entrar al vehículo. Llamó a los periodistas, ellos corrieron, y, mientras guiñaba un ojo, se tomó la modestia de decir con un suspiro:


—Ernest es un buen chico.


Y entonces el vehículo se perdió en la mañana celeste.


Los esposos se quedaron en la playa más de un mes.
 

Máximo Jacinto Fiestas era descendiente de pescadores. Creció sabiendo que la naturaleza y el hombre eran un matrimonio feliz, y que no había que tenerle miedo al mar sino más bien un respeto único y casi divino. A los treinta y siete años, con el bigote más poblado y aún negro, y el cuerpo macizo pero igual de morocho, ya había navegando La Habana y Miami, Carolina y Oxford, Nueva Orleáns, el Atlántico, y todo el cachete del Pacífico. Y sus habilidades náuticas lo habían llevado a ocupar un puesto en la Marina de Guerra del Perú. Jacinto Fiestas tenía una notoriedad entre todos los pescadores de la playa. Era el mejor carnalero, como solían (suelen) llamar a quien prepara la carnada para el pez. Esa buena reputación lo había llevado a establecer una relación en forma empírica: a la naturaleza sólo hay que obedecerla, no dominarla.


Así, Jacinto Fiestas hizo de esa astucia un trabajo. Había visto batir récords a varios pescadores en la playa. Y un día se embarcó con Alfred Glassell para capturar juntos el merlín más grande que pueda existir en el mundo. Era joven; solía vestirse todo de blanco con sayonaras de jebe. Había visto tantas veces caras coloradas, gente que hablaba otro idioma, artistas reconocidos, que, el día en que supo que iba a tripular con un hombre llamado Ernest Hemingway —que era escritor y recién había sido galardonado con el Nobel de Literatura—, Máximo Jacinto Fiestas asintió con la cabeza y supo que esa era una nueva oportunidad para retar su astucia. Tenía treinta y tantos años. Nunca había estado parado frente ante cámara, pero entonces le dijeron iba a participar del rodaje de la película “El viejo y el mar”. Ante los lentes de la Warner BROS, Jacinto Fiestas no sonrió demasiado.


— Le digo una cosa: éste [Hemingway] engañará a quien no es pescador, ¿en qué cabeza cabe que un animal como ese va a pescarse en dos noches?, ja. Él, de allá vino a filmar esa película. Pescó 34 días, si dicen que estuvo más, pues, seguro estuvo en el Fishing Club descansando, o tomando. Él muy poco hablaba el castellano. Iba en Miss Texas, yo también iba allí.


Hoy es un domingo de junio por la tarde, y el sol de verano tuesta la arena de Cabo Blanco. Máximo Jacinto Fiestas, piel dorada y ojos despiertos de luna llena, está sentado en un catre esponjoso frente a un televisor que transmite un partido de fútbol. Sonidos ampulosos, las olas llegando a la orilla. Y Jacinto Fiestas, que ha amanecido con un dolor en la rodilla derecha. Ahora tiene ochenta y nueve años, el bigote blanco bien recortado, un polo gris de mangas largas adentro del pantalón, y unas sayonaras desgastadas. Y pasa sus tardes en una sala con cuatro sillones matizados, retazos de periódico —viejos—, y varias fotografías a blanco y negro: Hemingway con todos los pescadores en una embarcación en el mar de Cabo Blanco, Mary Welsh abrazándolo con emoción, y él sonriendo a su lado. En esta casa, cuatro paredes de cemento y un pasillo que desemboca al muelle, las fotografías son tan numerosas como los recuerdos del patriarca.


Miss Texas era la embarcación que Hemingway había seleccionado para su travesía, y allí solía beber sorbos lentos de whisky mientras una tórrida brisa le agitaba su camiseta de gabardina. Era un barco grande, pintado de blanco con fibra de vidrio y dos cabañas al lado de una cabina de tripulación que hacían verla colosal. A veces, un sol de verano centellaba en el mar surcado de embarcaciones, pero llegaba tibio a la terraza de la Pescadores II, donde Mary Welsh se afiliaba en una silla de madera con la delicadez de la esposa de un Nobel de Literatura. La mañana de grabaciones, cansado, apresurado por los pasillos de la embarcación, Jacinto Fiestas hacía cortes delicados sobre el cuerpo de un pescado (el lector puede levantar la mirada y ver a un Hemingway todo atlético, dejándose despeinar por la brisa costera).


—Una vez se le había metido un merlín enredado abajo del bote. Y me llamaron, y yo me puse trusa, le dije que me alisten el ancho grande de la caña, y me fui a buscarlo abajo del bote. Era mi tarea también.


Jacinto Fiestas bucea en el aire denso y continúa: —Sí pues. Les dije que si salía que aprieten fuerte el gancho, no lo vayan a soltar, les dije. Pásame un alicate, les dije, y rompí el hilo, y el merlín salió. Lo cogimos. Después subí arriba, y Hemingway sacó de una canasta una botella de whisky, y me dijo: toma, toma Máximo, para el frío. Yo ya tomaba whisky claro. Le dije, ten mucho cuidado vaya usted a buscar la cola de la señora María. Ese Ernesto… siempre tenía su buen sentido del humor.


Risas generales. Y Jacinto Fiestas señala una imagen en la pared que muestra a Hemingway sonriente con todos los pescadores que lo acompañaron, poco más de una veintena. Máximo Jacinto Fiestas pasa la mirada por la foto y después la vuelve hacia el piso. Esta tarde de junio, antes de que guarezca entre los últimos cerros resecos, un sol tortuoso rebota en el mar de la playa y asoma, con temor, a la salita saturada de fotografías donde Jacinto Fiestas dice, mirando el partido de fútbol: “Don Ernesto fue la persona más sencilla que llegó a la playa, no sé, pero era distinto a todos”.


Distinto a todos.






Mientras frota la parte adormecida de su rodilla, el carnalero recuerda ese suceso con emoción. Su mujer descansa al fondo de la sala, en un rincón lúgubre desde donde puede oír lo que converso con su esposo, Macha, de cariño o respeto. Ahora la veo encoger los brazos con recelo, y mover la cabeza hasta convencer que algo en nuestra conversación la está disgustando. ¿Por qué habría que molestarse si su esposo es famoso? Ha aparecido en documentales, en diarios, y a veces uno puede ver sus fotos circulando por varios portales de internet. Más tarde él me dirá, con la voz bajita, que “a ella le molesta que vengan a hablar conmigo. Casi siempre vienen a hablar de lo mismo”.


La cosa es más paradójica aún. ¿Había algo sinceramente atractivo en la playa? Tan regio como para atraer a gente como Marilyn Monroe, John Wayne, James Stuwart, Gregory Peck, Cantinflas, el príncipe Felipe de Edimburgo, el torero español Luis Miguel Dominguín. Tan sofisticado como para atraer a Leonardo DiCaprio, Cameron Díaz, Salma Hayek, Ricky Martin. O tan sobrecogedor como para atraer a Hemingway. Todo parece indicar que sí. De ahí que las guías turísticas del mundo le hayan puesto la etiqueta de la playa más rica del mundo. Y rica podría abracar varios significados: desde el exquisito sol, pasando por la arena blanca, hasta llegar a la variedad de especies que allí habían.


—Hemingway fue el visitante que más tiempo estuvo— Jacinto Fiestas, Macha, se acomoda en el catre esponjoso. —María lo quedaba mirando, era petisa.


Los esposos Mary Welsh y Hemingway, recién llegado a la playa, se habían conocido en Londres, cuando ambos eran unos jóvenes corresponsales de guerra. Sus encuentros eran un culto a la reflexión. “Solíamos conversar mucho de la vida metidos en unos pesadísimos capotes militares, mientras la neblina se empecinaba en tumbar el Bin-ben”, le dijo ella a un periodista en la playa, y dijo también que con el dinero del Premio Nobel, Hemingway había entregado sueldos de gratificación a su chofer y a sus empleados, y que a ella le compró una escopeta amenazante y le ofreció un cheque de dos mil dólares. “Es la cuarta y última mujer”, dijo el escritor cuando llegó a Cabo Blanco. Y en efecto era la cuarta y última puerta donde iría a mendigar un amor que siempre le fue esquivo, porque la vida de este escritor, ya verán, es una galaxia compleja donde coexiste todo menos la felicidad.


— ¿Cómo era Hemingway en la playa?— pregunto a Jacinto Fiestas bajo el rústico techo de su casa levantada al frente del malecón “Ernest Hemingway”.


—No podría decirle algo exacto sobre él— dice. —Hemingway —una pausa de dos segundos— era Hemingway.


De Hemingway se ha dicho mucho. Que tenía cicatrices desde la punta de su cabeza hasta la punta de su pie derecho, que su vida estaba escrita en el cuerpo, que fue el Byron norteamericano, que es un escritor sempiterno. Hay que inventar palabras para definir a Ernest Hemingway. No fue tozudo, ni triste, ni víctima, ni bipolar, o todos los adjetivos que han recaído en las letras de su nombre. Hemingway, el viejo barbado, fue más o menos que eso. Pudo haberse acostado con muchas mujeres, si es que él hubiera querido; pudo treparse en un transatlántico y no detener su viaje nunca, si es que él hubiera querido. Todo gira alrededor de allí y la órbita, si acaso la vida de Hemingway es una galaxia confusa, es El viejo y el mar, la película que estaba filmándose en Cabo Blanco. Y en esta playa, los pobladores han sabido crear su propia leyenda al punto de mitificarlo, porque Ernest Hemingway, corresponsal de guerra, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1954 y acaso el escritor norteamericano más importante del siglo que pasó, no pudo ser más que eso: una huella indeleble. Una vida de novela.





De la visita hoy queda muy poco. Sólo tres de los personajes de la leyenda de Cabo Blanco aún viven. Y Máximo Jacinto Fiestas es uno de ellos. [“Yo pesqué con Hemingway”, “yo le servía los tragos a don Hemingway”, “yo me hice amigo de don Ernesto Hemingway”]. En el Fishing Club, donde debería estar una placa que diga: “Aquí se hospedó Ernest Hemingway”, como suele ocurrir en otras partes del mundo, el paso de los años ha hecho lo suyo en los anaqueles de la barra, en las salas contiguas, en las paredes, en todos esos lugares que pisó el escritor.


—Recuerdos nada más quedan, vea usted.


Pero esta tarde en que se transmite un partido de fútbol por televisión, el carnalero Máximo Jacinto Fiestas no se incomoda al hablar de esos tiempos. Bosteza, aletargado por la tarde, y a ratos frota sus ojos humedecidos por las cataratas que han rasgado su visión. Lleva varios minutos frotando su rodilla derecha. Recordar, de alguna forma, es como revivir algo que se perdió con el tiempo.
 

La llegada se había anunciado en los diarios de la capital, en los tabloides regionales, y otros medios donde hablaban del escritor como quien habla de una estrella. La mañana del catorce de abril, dos días antes de que Hemingway aterrizara en el aeropuerto de Talara, el administrador del Cabo Blanco Fishing Club, Sigmund Plattel, le dijo a Pablo Córdova Ramírez que arreglara las cosas, “por favor, Pablo, pon en orden todo que va a llegar alguien importante”. El rostro acomedido de Córdova Ramírez confirió confianza a Sigmund Plattel, voz firme y arrogancia frívola. Lo último parecía ser la típica costumbre de los socios del hotel. Cada rincón del edificio develaba lo costoso que era formar parte de ese círculo selecto de rostros rosados y cabello claro, cuya difusión llegaba hasta los confines menos pensados de Norteamérica, en periódicos donde se dejaba un número telefónico para obtener más información y un folleto. Un folleto con fotos y textos de los mejores años del Fishing Club.


La mañana en que se lo comunicaron, el trabajador del hotel empezó a limpiar las estanterías, a ordenar los muebles, a barrer los pisos de madera de las salas. No era habitual que la llegada de un personaje nuevo al club de pesca sea un gran acontecimiento. Era un hecho al que cualquier poblador de esa época estaba acostumbrado. «La playa es pequeñita pero llegaban bastantes gringos que ya no llamaba la atención», iba a recordar aquel barman, que más de cinco décadas después de aparecer en un documental de la Warner BROS, luego de beber con Ernest Hemingway en la barra de ese hotel, lo que puede parecer tan banal, Pablo Córdova Ramírez, con sus lentes oscuros y cuadrados y un bigotito auroral floreciendo en la barbilla de su rostro cetrino, no hablará por el bien de sus buenos recuerdos.


Es una mañana de setiembre cuando llego a verlo, y él más bien desfoga toda su excrecencia contra mí, resumiendo esta historia de una fama terminada, de una playa que se levanta tras unos cerros inmensos que acaso ya no la dejan ver: “Es por demás que estés parado allí, yo no voy a hablar contigo, esos tiempos ya pasaron, ya no son”, me dice Córdova Ramírez mientras limpia las sillas empolvadas de su restaurante. Ahora él ya no tiene tiempo para eso: sabe que ha dicho mucho y hoy no hablará por el bien de sus recuerdos. Conversar con quien Hemingway quería llevar a Cuba [“Eres el mejor barman”, lo felicitaba], es una tarea ingrata, la misma sensación de cuando uno hurga en la vida de Hemingway.


Para él, el mar era ese lugar donde podía encontrar tranquilidad interior. O tal vez donde todo “cambiaba a medida que se mueve”. O ese destino de poesía. O la literatura misma. “Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso solo fortalece el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver”, decía Hemingway, que una mañana de mayo escribió, desde Cabo Blanco, una carta a Marlene Dietrich, su musa alemana, incluso cuando estaba al lado de su esposa. “No se puede mentir ante el mar”, decía él. Y sus estudiosos dicen que mendigaba amor por todos lados. Había tenido una infancia perturbada, y tuvo que madurar a la fuerza, casi por necesidad, en la familia de un médico y una estudiosa de música con la que nunca se llevó bien porque lo maltrataba y lo vestía como niña; llovían las críticas malas hacia sus obras, y sus planes, dicen, siempre terminaban estancados. Le apasionaban las corridas de toros, pero temía a los eventos donde asistía gran cantidad de gente. Era bipolar. Manejó armas a los nueve años. Escribía para no morir y moría cuando escribía. Era fuerte, era corpulento, era atlético, era Cáncer —casquivano y voluble—, era discreto. Y en Cabo Blanco no quería que lo llamen Ernest. Se deprimía fácilmente y, cuando eso pasaba, solía tener un carácter agresivo. Era alcohólico y en toda su vida se accidentó treintaicuatro veces, veinte de ellas bajo los efectos de la bebida. En Cabo Blanco iba a las night parties. Bebía tres vasos de pisco sour antes del almuerzo, licor escocés heladísimo, o un caucásico whisky. Bebía una cantidad grande [de whisky puro] y decía que la mezcla debía suceder en el estómago, eso se llamaba blended.




Si Hemingway hubiera escrito un diario sobre sus días en Cabo Blanco, hubiera empezado diciendo que, en el desayuno, comía huevos duros y panes. Que tenía unas manchitas pardas en la piel las cuales, cada vez que salía a pescar, se le encendían como puntitos de acné en el rostro de un púber. Que su querida esposa, Mary Welsh, comía arroz con carne saltada y papas fritas, y era su plato preferido. Que en esos tiempos, la playa Cabo Blanco, donde estaba, era la única conocida en esta parte del norte peruano. Que, con el boom del turismo, el boom del petróleo le confería importancia mundial. Que ni siquiera había escuchado hablar de Máncora, el balneario más conocido del norte peruano donde, actualmente, se pasean sus compatriotas día y noche. Que en el Fishing Club, donde estaba hospedado, fundado por Enrique Pardo Heeren, confluían las personas más adineradas que llegaban a la playa, deportistas acaudalados que pagaban casi $ 10.000 para la adhesión a esa sociedad de whisky y rostros colorados. Que no había sido necesario llegar a Lima, la capital, para después emprender viaje a Cabo Blanco; se llegaba directamente allí. Hubiera escrito bastantes cosas Hemingway sobre sus días en Cabo Blanco.


En una foto se le ve con un polo ligero y una bermuda estrecha que deja ver sus piernas atléticas. Hemingway también ríe, y un pescador pone una de sus manos en su hombro derecho. Le dice algo que no se escucha. El escritor sostiene un merlín pequeño y el aire en alta mar es tan agresivo que le arruina su peinado raya al costado. En la playa, Ernest Hemingway pescaría seis merlines negros —ese animal que ahora forma parte del escudo de un colegio del pueblo—, incluso uno de seiscientas libras, pero ninguna toma realizada por los productores desde el balcón de Miss Texas, sería incluida en aquel film, dirigido por John Sturger. La playa famosa jamás apareció en la película. «Fue un fiasco», dijeron los críticos. Pero el día después es aún más tedioso y monótono. “Esos tiempos ya pasaron, ya no son”.
 

—Ahora son tiempos distintos, oiga.


Es una tarde de primavera, y Rufino Tume, quien pudo haber sido la persona que más éxito acumuló gracias a la pesca en los años de oro, está sentado en la antesala de su casa mirando desvanecerse esta tarde rojiza. Ahora tiene ochenta años, el cabello color plata, y unos lentes oscuros y redondos que le dan la apariencia de un intelectual del siglo pasado. Y lleva puesta una chompa de lana azulina, pantalón beis, zapatillas de lona, la tarde que se termina como una poesía. Cabo Blanco, a esta hora, es un sol color naranja que empieza a esconderse en el horizonte, y el mar picado estalla unos metros más lejos de la orilla dejando una estela de espuma. El muelle es decrépito, un pedazo de cemento en esta parte del norte del Perú.


Rufino Tume, el ex capitán del yate Pescadores II del Fishing Club, el hotel donde estuvieron las personas más importantes que llegaron a la playa, no sale pescar desde hace más de tres décadas y entonces sus días son rutinarios. Se levanta antes del alba, a las tres de la madrugada, sorbe un poco de café, y vuelve a sentarse en el mismo lugar donde estamos conversando. Miro el mar y me acuerdo de mi gente, de esos tiempos, dice Rufino Tume, y lo dice como si fueran años muy lejanos, demasiados como para animarse a recordarlos en este momento, frente al mar, cuando la tarde está cayendo sobre los últimos cerros de la playa. A Rufino Tume le cuesta recordar aquellos tiempos, susurra María Vite, su esposa, como si no quisiera preocuparlo por su estado de salud. La esposa del ex capitán lleva puesto un vestido negro, el cabello hecho un ovillo, y unas sayonaras desgastadas.


Rufino Tume habla de una manera muy lenta, como si masticara las palabras, como si estuviera esforzándose en dar voz a sus pensamientos. Tiene cuatro hijos: dos mujeres, y un par de varones. Y ahora cuenta que hubo un tiempo en que tuvieron dinero en abundancia, camionetas, buena casa, todo eso, hasta que llegó la enfermedad. El rostro vivaz de Rufino Tume hace que uno no sé dé cuenta de su dolencia. En el fondo sabe que seguirá ahogándose en las lagunas mentales que aparecen cada cierto tiempo a causa de ese derrame que sufrió veinticuatro años atrás. Y lo dice así. Ese. Con cierto desprecio.




—Ya no me acuerdo, pero iba manejando. No sé qué día era ese.


Era una mañana de 1988 y un sol travieso dibujaba su celaje sobre el parabrisas. Rufino Tume conducía una camioneta de El Alto a Cabo Blanco, cuando de pronto algo empezó a precipitarlo, soltó el timón, se desvaneció en el asiento, y se quedó dormido. Luego de vulnerar el peligro de haber chocado en alguna curva, después de quedar inconsciente por varias horas en el asiento delantero, después de todo eso, Rufino Tume no recuerda nada más. Para qué, si fue una desgracia para el ex capitán.


Rufino Tume ha navegado toda Centroamérica, y como a todos los pescadores de esta playa, a él le enseñaron desde niño que, en la captura de los peces, estaba el futuro familiar. Si terminó comprándose siete camionetas, si construyó su casa con rejas, si mantuvo a su familia, todo eso, fue gracias a la pesca. Al mar. “Llegó a tener bastante plata, incluso se llegó a decir que él había hecho pacto con el diablo”, me dijo uno de sus sobrinos una mañana en Piura, esa ciudad ubicada a tres horas de Cabo Blanco, donde sólo discurre un mar de vehículos. Pero así como te da, la pesca te quita: es hipócrita, y no sirve de nada hacer promesar matrimoniales con ella. Pero ahora anochece en Cabo Blanco y las farolas del renovado muelle “Ernest Hemingway” —en honor al personaje que hizo de esta playa una leyenda— se encienden. Así, las calles son fieles cómplices de la soledad.




Frente a la tarde rojiza, Rufino Tume dice que Cabo Blanco también es un récord. Un día de verano de 1953, el estadounidense Alfred Glassell Jr. pescó el merlín negro más grande del planeta. “¡Qué animal!”, grita ahora —en inglés— la leyenda de una foto a blanco y negro. Ese récord aún lo mantiene el Perú: el nombre de Cabo Blanco está incluido en el libro de los Récord Guiness. Pero “ya perdió esa fama que tenía antes, ahora es una playa que está tratando de recuperarla”, me dijo el ex teniente alcalde de Cabo Blanco. ¿Por qué cuando Hemingway se fue, terminó la fama de la playa?, ¿por qué los peces se encogieron?, ¿por qué ya no se quiere recordar los años de oro? Juan Chávez Rondoy estaba sentado en una mesa plástica, bajo el rústico techo del restaurante que administra: el “Ninas”. El ex teniente alcalde del distrito pesquero llevaba puesto una camisa a cuadros, un pantalón beis, zapatos negros, el bigote extinto, y esa vez más que nunca parecía resignado. Sus palabras contenían la antítesis desganada que empezó a rondar por la playa. “Los extranjeros venían desde sus países para pescar aquí, y sacaban pescados enormes, hoy ya no, ya no salen esos pescados, salen otros pero más pequeños, cuestión de la naturaleza seguro. Cabo Blanco es una playa que está tratando de recuperar su fama”, decía el ex teniente alcalde, meses atrás. Esta tarde de setiembre, sin embargo, Rufino Tume ya no quiere conversar. De pronto, hace una vista panorámica en la antesala de su casa: paredes rosadas, ventanales que dan al interior, muebles, dos sillones. Sus lagunas mentales están a punto de delatarlo. Al frente, sentado, está su sobrino, un niño de doce años que tiene un dibujo estampado en su polo. El ex capitán de la embarcación Pescadores II, trabajador del Cabo Blanco Fishing Club, lo examina y, repentinamente le pregunta:


— ¿Y tú, cómo te llamabas?


Las lagunas mentales del derrame son previsibles. Aunque tiempo atrás Rufino Tume, lentes redondos de intelectual, viajó a Cuba con dos de sus hijos buscando encontrar una solución a su enfermedad. Aquel día en que Rufino Tume llegó a la isla, fue adonde el doctor que iba a atenderlo con una fotografía blanco y negro. Quería decirles a los médicos que él había estado pescando con Hemingway por más de once horas diarias durante treinta y seis días, conversando con el Premio Nobel de Literatura 1954, que tuvo el privilegio de haber tenido frente a frente al despiadado matatoros, al escéptico, al Byron norteamericano, todo eso junto en el punto más notable de sosiego.


—Y para qué les dije. Empezaron a decirme: Ah, usté ha estao con mi papá, entonces lo vamos a atender bien— dice Rufino Tume y se apoya en el respaldar de la silla. —Me abrazaban, se tomaban fotos conmigo.

 

Papá Hemingway es capaz de provocar esas cosas. ¿Pero acaso llegué a la playa para que me cuenten lo que había leído sobre aquella visita? En los diarios y noticias de la época se hablaba de la película, de la llegada del escritor y su esposa, de la dificultosa pesca del merlín. Se había dicho, incluso, que Cabo Blanco inspiró a Hemingway a escribir El viejo y el mar, lo que era falso, porque la obra ya estaba escrita, como la vida de Hemingway, como los años dorados de la playa. Se decía tantas cosas que, allí mismo, colándose como un hilo de luz, asomaba una pista que bien podía explicar al loco de Hemingway, como se han familiarizado en llamarlo sus estudiosos. La bipolaridad. Las huidas. El mar. Lo otro: “Uno siempre debe buscar en Hemingway el otro lado de las cosas. De esta manera se entienden sus actitudes”, iba a decirme un día José María Gatti, estudioso de la vida del escritor, ese turista desapercibido que llegaba a encontrarse con el mar, el lugar que aliviaba sus heridas. “Hemingway tiene cicatrices desde la punta de la cabeza hasta la punta de su pie derecho. Podría decirse que la historia de su vida está grabada en su cuerpo”. Sempiterno. Hemingway no podría ser otra cosa. Pero era humano y entonces había cosas que lo entristecían mucho, por ejemplo, el hecho de haber matado a su gato después de que un chasis lo dejara tullido de dos patas. “Sé que te extrañaré. Extraño a Uncle Willie [su gato]. He tenido que dispararle a gente, pero nunca a nadie que haya conocido y amado once años. Tampoco a nadie que ronroneara en dos patas rotas”, le escribió con delicada caligrafía, en 1953, a Gianfranco Ivancich, su amigo cubano. Una vez, también por cartas, Hemingway admitió que había matado a alrededor de ciento veintidós prisioneros alemanes cuando era corresponsal de guerra. Faltaban ocho años para que el escritor se disparara en la boca, muy de mañana, bajo un cielo gris de invierno, mientras su esposa dormía en una habitación aparte. Hay antecedentes: su padre había sido suicida, y le seguían sus dos hermanos y su nieta. Una bonita familia de suicidas. Los gatos eran capaces de enternecer a Hemingway. Intenso, penetrante, indeleble. Se divorció tres veces. Se casó cuatro. Llego a detestar con intensidad a su madre. Llegó a odiar con arrobo a su padre. “Acaso Hemingway supo de un lazo primario. No será mentira o ficción eso de las peleas, de los padres autoritarios. Ese Ernest que incansablemente tenía que demostrar su condición de ser independiente no era el necesitado de un abrazo fraternal. Y a lo largo de esa vida… los hermanos, los hijos, los sobrinos, los nietos. Esos tíos imponentes y esas tías gordas e inquisidoras. La familia. La deuda pendiente. La obra sin terminar. La novela sin publicar. La hora del suicidio. La última copa de un whisky amargo. La familia”, ha escrito José María Gatti en su blog “La pipa de Hemingway”. Pero esta tarde, en la antesala de su casa que mira a un cachete de mar, Rufino Tume dice que el escritor fue un aventurero y no un viejo cincuentón maltratado por la vida.


No, eso no.


—Hemingway fue la persona más sencilla que llegó acá, la que más nos atendió, éramos como una familia. Le gustaba mucho el mar a Ernesto.


Rufino Tume se levanta del asiento y mira la noche fría. Dice que los recuerdos ya se le han agotado, y le creo: su mujer me mira como si me dijera basta. Tume avanza lento y se detiene en el quicio de la puerta, cruza los brazos, dice con la tranquilidad de sus ochenta años vividos: Como verás, es todo lo que te puedo decir.
 


—Para qué va a entrar, no ve que hay perros que pueden morderlo… si ya no hay nada.


El hombre —polo sucio, pantalón remangado hasta las rodillas— se pregunta para qué uno quiere entrar al Cabo Blanco Fishing Club, donde hace cincuenta y seis años se hospedó Ernest Hemingway y todo el firmamento artístico que alumbró la fama de la playa. Son las nueve de la mañana; es junio. La mayoría del pueblo acaba de salir de la capilla donde se ha celebrado la misa de domingo, y más bien en este momento, en la puerta de entrada a la construcción de estilo europeo —un gato y dos perros duermen adentro con la delicadez de burócrata—, las palabras del guía parecen sacadas de un evangelio.


—Para qué, si ya no hay nada.


Caminar. El edificio se levanta en una montaña de tierra reseca, y para llegar hasta allí –acá– hay que caminar unos quince minutos desde el centro de Cabo Blanco, pasar la garita de control donde un solitario uniformado suda, soportar el viento que eleva la tierra inquieta y el sol mantecoso que parece hacer hendeduras en los cerros. Subir a pie es un ejercicio trabajoso.


En el edificio, la luz llega a chorros como una oleada, y tras la mampara del ventanal, el mar huraño parece un cuadro pintado al óleo. El paisaje aún es armonioso al frente de este club acabado. Las cifras lo dicen: en su palmarés pesquero, el club coleccionó marcas extraordinarias, nombres de adinerados, y un historial donde se registran peces que superan las mil libras —Cabo Blanco es el único lugar en el mundo donde se han pescado tres merlines de más de mil 500 libras—, y una réplica de esos ejemplares fabulosos se exhiben, como prueba de un pasado optimista, en el Museo Smithsoniano de Boston. En los tiempos gloriosos, Fishing Club tenía a disposición cuatro embarcaciones; Miss Perú, Miss Texas, Pescador II, y Pritel, así se llamaban. La vez en que llegaron y cuando la playa al fin sería puesta ante los ojos de todo el planeta, Hemingway y Mary Welsh pasearían en Miss Texas y Pescador II, respectivamente.


Hoy, cinco décadas después, el paso del escritor es absurdo: el Cabo Blanco Fishing Club no está reconocido entre los hoteles del mundo que él santificó. Ni como Casa Burguete —donde estuvo sólo unos días hospedado—, ni como en Pamplona —donde hay un monumento de piedra en su honor y un escritorio suyo—, ni como en su casa de Key West, en Florida —donde sus gatos pueden ser vistos por los turistas mientras se pasean conociendo más sobre la vida de su dueño—, ni como Floridita o La Bodeguita del Medio —los templos de turismo habanero santificados por el escritor—, el Fishing Club es tan conocido en el mundo. Entrar aquí, una mañana cualquiera, es como visitar una casa de terror –de noche debe parecer un lugar con efectos paranormales–, el viento zumba como una abeja revoltosa, el piso es pura loseta rectangular de madera carcomida. Como si fuera tanto después de todo, se sabe que en la habitación cuatro, Hemingway y su esposa se hospedaron. En ese cuarto de conjuros amorosos, un olor a naftalina, el de las cosas antiguas, se ha empapado en lo más profundo. Hay un closet, un baño, una habitación grande cubierta de paredes blancas y decrépitas que alguien se encargó de pintar después de que el Fishing Club fuera, alguna vez, color crema. Hay también estanterías llenas de polvo. En una esquina, adherido a la pared, asoma un recorte de periódico escrito en francés, un mueble, una botella empolvada que no es de la época, y una barra donde ya nadie toma ni llega. Donde ya nadie llegará. Y así, en ese estado, la construcción se vendió. Y así, en ese estado, la construcción es motivo de un papeleo interminable.


¿Cuánto pudo haber costado el Fishing Club? Rodrigo Villegas Rati no tendría por qué aparecer en esta historia si es que hace unos años no hubiera comprado, al menos, este templo hemingwayano. El guardián solitario dice que ha habido un juicio de por medio, problemas, más problemas, y mejor no sigue.


—Yo tampoco quiero ganármelos, por eso a mí no me pregunte nada, yo no sé nada— me dice el guía con una breve sonrisa. Él es un varón delgado de ojos diminutos y bigote poblado, que llevaba un palo entre sus manos a manera de bastón. Fishing Club no es un museo pero hay un guía, y ese guía ni siquiera sabe que la playa, como el sol que se refleja en el mar, también tuvo su cénit. Y el ocaso.




Un día llamo por teléfono al nuevo dueño del Fishing Club. Rodrigo Villegas Rati contesta presuroso y atento, buenos días, cómo está, saluda cordialmente, y dice que la conversación sea rápida, por favor. Le pregunto —rápido— por qué compró ese hotel, algo que bien puede ser un museo o el testigo palpable de los tiempos pasados de Cabo Blanco o más bien, algo específico, un homenaje a Hemingway y todo el estrellato que visitó la playa. Villegas Rati quizá sonríe al otro lado del teléfono; me dice, brevemente, rápido, como quiere que sea esta conversación.


—Yo no voy a hablar de eso.


Y eso es todo. Y entonces Villegas Rati cuelga un día de 2012, otros tiempos, sesentaiún años después de que se fundara ese círculo selecto de aficionados norteamericanos que era el club de pesca de Cabo Blanco. Si dando una revista al pasado se construye el provenir, se diría que en el primer piso de este hotel, levantado sobre un terreno cedido por la Lobitos Oild Company, una empresa extractora de oro negro en el Perú, hubo una piscina nutrida, ahora sin agua y llena de polvo. La mesa donde se servía el whisky también está bajo años de olvido. De la administración solo quedó un mueble color nogal que mira a una sala donde alguna vez bailaron famosos artistas. Donde debería estar un merlín negro disecado de casi cuatro metros, la réplica del animal que capturó Alfred Glassell Jr. en 1953, no hay nada. En ese bajofondo sólo queda la sonrisa del guía solitario, los rayos del sol que se cuelan por un gran ventanal, y un aire agresivo que ingresa para refrescar las habitaciones del Fishing Club, lo que mal queda de los años de gloria.
 

Si hay un seguidor empedernido de la obra y vida de Hemingway, él es José María Gatti, un periodista y psicólogo argentino de calvicie no tan avanzada, cabellos blancos y brillantes, como escarcha en las sienes, y barba al estilo Hemingway. Él es también especialista en la literatura norteamericana —entendido en la vida de Hemingway—, y alimenta el blog llamado La pipa de Hemingway, ahora convertido en un libro de antología. Para un seguidor empedernido, en este caso, su labor es muy específica: intenta rastrear, por debajo de las piedras, aquellos retazos de vida —desconocidos y no— de este escritor, de modo que se den a conocer al mundo. Cualquier detalle es importante para un estudioso como Gatti: un detalle minúsculo, incluso, puede ayudar a comprender mejor la personalidad de las personas.


Desde sus desvaríes amorosos hasta sus obsesiones, desde sus tristezas hasta sus placeres y vicios más recónditos, Gatti se ha encargado de reunir la vida de Hemingway en una bitácora impresionante. Un día, el estudioso me escribe al correo: “Después de 50 años, decían que el Fishing Club iba a ser remodelado. Justo el año pasado nos reunimos en Lima un grupo de investigadores hemingwayanos y realizamos un encuentro que se llamó El mar de Hemingway. En esa oportunidad estuvimos con los dos únicos periodistas que entrevistaron a Hemingway en Cabo Blanco”, decía Gatti. “Al congreso asistieron estudiosos de Argentina, España y Perú, y se organizó por los cincuenta del suicidio del escritor y los cincuentaicinco de su visita al Perú”, decía, y, aunque estaban escritas, las palabras de Gatti se dejaban escuchar con agrado.


José María Gatti, que ha visitado los lugares donde pisó el escritor, no conoce aún el Fishing Club. Y entonces esas palabras de esperanza —que iba a ser remodelado— suenan lejanas. Para entender el motivo del congreso, había que viajar a la mañana de abril en que Hemingway aterrizó en Talara. Ese día estaban esperándolo una fila de periodistas: Hemingway llamaba la atención desde su nombre. Tres de los periodistas, encargados de contar la historia con filtro a sus pasiones —Manuel Jesús Orbegoso, del diario La Crónica; Mario Saavedra Piñón, de El Comercio; y Jorge Donaire Belaúnde, de La Prensa— estaban conmocionados y libraban la batalla de obtener una declaración, una declaración del Nobel de Literatura. Eran apenas unos veinteañeros iniciados en el oficio, y habían sido enviados para cubrir todo lo que iba a suceder en la playa. Era todo un acontecimiento. De ese encuentro ellos escribieron varios artículos y algunos de ésos son parte de un libro llamado “Reportajes”, donde Jesús Orbegoso reúne sus mejores crónicas. Por supuesto, está la de su encuentro con el escritor. Mario Saavedra Piñón también los reunió en su libro “Hemingway en el Perú”, un compendio que incluye fotos inéditas de Hemingway en Cabo Blanco: la llegada y la travesía.


Ambos, Orbegoso y Saavedra Piñón, asistieron al congreso del que hablaba Gatti.


El estudioso recuerda que al final de las pláticas, como una claudicación de ensueño, todos los reunidos pasearon en Miss Texas. Y cuando se habla de esta embarcación en que estuvo el escritor, las luces de esperanza vuelven hacia Cabo Blanco. Miss Texas aún se menea en el mar del Callao, en el Yacht Club Peruano, pero pronto regresará a la playa gracias a una jugosa inversión del Grupo Inkaterra, porque para volver a convertir a Cabo Blanco en un posible destino turístico mundial, los empresarios deben ser creativos, de modo que esa cadena de hoteles ofrecerá paseos en la embarcación de Hemingway, blanca, majestuosa, con una salita color nogal que parece de juguete. Inkaterra, un emporio comercial grande y confortable, ha invertido alrededor de cuatro millones de dólares para la construcción de este hotel con circuito de turismo incluido.


Pero pese a todo, igual queda la desgracia.




Muchas celebridades visitaron el Fishing Club de Cabo Blanco hasta que cerró sus puertas, en 1970, debido a un clima político hostil y un cambio en la corriente de Humboldt que afectó negativamente a la pesca. Tal vez a esa falla natural se deba la maldición que cayó en la playa: ahora sólo la visitan los surfistas en épocas muy marcadas del año, y es poco usual ver a algún bañista tostándose al sol. Hubo, al parecer, un intento en 1986 para reabrir el club. No se concretó. De modo que hoy la construcción se sienta sola y en mal estado.


El guía del Fishing Club se ubica en una esquina de la pared. Le digo que eso es todo, que gracias, que ya no hay más que ver, que finalmente tenía razón. Ayudado por el palo, da uno, dos, varios pasos hacia la puerta vieja; se desprende las gotas de sudor que trotan en su frente, y una vez que todo está cerrado, como si hubiera algo de valor por robar aquí, el guía se pierde entre los blancos arenales de la playa. El mediodía soleado arrasa con todo. Pero igual queda la desgracia.
 

Dentro de unos minutos, Máximo Jacinto Fiestas va a mostrarme un patrimonio familiar que ha guardado con recelo todo este tiempo. En su casa de los cuadros y diplomas, él frota, lentamente, su rodilla derecha. Esta mañana despertó con un dolor repentino, y le asusta: a sus 89 años esto puede ser fatal, piensa, pero Hemingway ya tenía algo así como una regla: “Mantén tu cabeza despejada y aprende a sufrir como un hombre. O como un pez”. Él, que fue pescador, sufre como puede. Hemingway no. Un día le preguntaron cuál había sido el logro más grande de su vida, y él dijo sólo dos palabras: “Haber durado”. Eso y nada más. Durar. Flotar en ese mar lleno de adversidades que era el mundo. Hemingway, hombre complejo y temeroso. Hemingway, hombre sensible y bonachón. Hemingway, el bipolar.




Esta tarde, Máximo Jacinto Fiestas recuerda que el último día que el escritor estuvo en Cabo Blanco, organizó una fiesta para todos los que lo habían acompañado durante su estadía. El festejo se realizó en el Fishing Club. Máximo Jacinto, Pablo Córdova, Rufino Tume y algunos pescadores más, fueron bien vestidos y con sus esposas. “Bailamos bastante”, dice Jacinto Fiestas. Hemingway tomó mucho whisky, pero eso ya no les sorprendía. Días antes, los periodistas que lo acompañaron le regalaron una botella de pisco donde habían escrito una carta que decía: “Mientras lloren las uvas, yo beberé sus lágrimas”, y un poco más abajo firmaron los tres reporteros. Hemingway, al otro día, les dijo: “Yo beberé estas lágrimas y después guardaré la botella”. Hemingway, el irónico y el amable. Hemingway el ingrato y el agradecido.


—De nosotros también se despidió: nos dio la mano, nos agradeció mucho Ernesto; también su esposa— dice Jacinto Fiestas y se queda mirando las imágenes con una prolijidad única. Afuera, las barcas siguen meneándose sobre el mar de Cabo Blanco, y los pelícanos y unas aves blancas vuelan en un cielo matizado en amarillos, lilas, naranjas bajos.


Un día de noviembre, mientras hacía esta investigación, recibí un mail de José María Gatti: “Hemingway tenía una profunda ironía y se reía permanentemente de la muerte. En verdad, esta forma de actuar enmascaraba su gran miedo a perder todo lo que había logrado. La muerte para Ernest era un hecho natural vivido intensamente desde su niñez. Uno siempre debe buscar en Hemingway el otro lado de las cosas. De esta manera se entienden sus actitudes”.


Había que tomar en serio las palabras de Gatti, después de que se había escrito mucho sobre esta visita. Había, ante todo, que ver lo otro: la comparación de un Hemingway desligado de la naturaleza, con el que estaba rodeado de ella. Del mar.


Ese día de despedidas, nadie se había dado cuenta de su personalidad enmascarada, ni mucho menos se sabía que para entender a Hemingway, como dice José María Gatti, hay que verlo desde otro ángulo. En la despedida de Cabo Blanco, los pescadores se estrechaban la mano con él, se abrazaban, hacían sonar las copas de whisky al momento en que brindaban, y nadie podía imaginar que cinco años después, el escritor se suicidaría de un balazo contundente. Era una fiesta y entonces no había motivos para pensar en la muerte, para qué. En la vida de Hemingway, todo es impredecible. Unos días después de su suicidio, el 2 de julio de 1961, en medio de la hojarasca del cementerio de Ketchum, donde reposan sus restos, alguien mandaría a escribir la frase que él quiso que pongan en su epitafio. Esa frase, más que un recuerdo, es el consuelo de haber dado batalla a una vida de asedio: “No me despierten —dice la lápida— porque estoy dormido”.


Pero ahora el hijo de Máximo Jacinto Fiestas, un hombre de rizos sueltos y abdomen abultado, se acerca a entregarle unas cañas de pescar que son, en realidad, un palo delgadísimo pero lo suficientemente resistente para sostener un pez pelágico como el merlín. Están bien conservadas para lo que sirvieron. Son las mismas cañas con las que su padre salió a pescar con Hemingway, y otros pescadores de altura que habían llegado a la playa desde el otro continente, como dice él. En la sala, la televisión sigue transmitiendo el partido de fútbol. Y a un costado, en el catre esponjoso, Máximo Jacinto Fiestas se olvida por un instante de su dolor en la rodilla derecha, se asegura de que el nylon de la caña no se enrede —una pieza como esa es un patrimonio familiar—, y suspira bajo la tarde amarilla de Cabo Blanco:


—Cójala. Cójala así.



LUIS PAUCAR TEMOCHE. Estudiante de Comunicación de la Universidad de Piura. Lee, escucha música, baila y escribe. Hace cuatro meses viajó a esta playa para seguir los pasos de Hemingway y contar la maldición que allí cayó. Vive en Piura, Perú.