Una
vez más recordar los entredichos entre Hemingway y Borges nos hace
pensar en el milagro de lo literario. Cuando todavía las redes
sociales no existían y el insulto se transmitía por carta,
encontrarse con el duelo epistolar no deja de ser una maravilla para
la memoria.
Ambos
respondieron a un mundo íntimo muy particular y dejaron su impronta.
El amor-odio funcionó de la mejor manera. La angustia existencial
del sexo y la muerte tuvo su merecido y todo pasó al mismo momento,
sin respiro.
Lo
que sigue no es otra cosa que el testimonio de una disputa sin
demasiados excesos. Revivirlo es como un deseo de sanación.
La
encontraron entre las cartas inéditas de Borges. En una postal de
alto contenido alcohólico de Hemingway enviada desde La Habana el 13
de marzo de 1950, podemos leer:
"Dear
Jorges, my Cuban friend Lino Calvo gave me The Aleph, here in El
Floridita, el Catedral del Daiquiri. Sure, dammed good book. They are
saying around you are the best writer in Spanish, but you can kiss my
ass and you never hit a ball out of the infield in your life. You
took LITERATURE too solemnly. You discovered life late. You come down
down here and fight for free with an old character like me, who is
fifty years old and weighs 209 and thinks you are a shit, Jorges, and
would knock you in your ass. HOW DO YOU LIKE IT NOW, GENTLEMEN? Viva
El Torre Blanco. Yours sincerely, Papá".

Querido
Jorge:
Mi
amigo cubano Lino Calvo me dio El Aleph, aquí en El Floridita, la
catedral del daiquiri. Lógicamente, un buen libro. Andan diciendo
que eres el mejor escritor en español, puedes besarme el culo, nunca
sacaste una pelota del campo de juego. Tomaste la literatura muy
solemnemente. Descubriste la vida tarde. Ven hasta aquí y lucha por
tu libertad con un personaje como yo, que tiene 50 años, pesa 135
kilos y piensa que eres una mierda. Jorge, te golpearía bien el
trasero.¿Qué te parece ahora, caballero?
Sinceramente
Papa.
Como
es sabido, la antipatía era recíproca, e hizo este ramillete de
flores para la tumba del escritor norteamericano: "Hemingway,
que era un poco fanfarrón, terminó por suicidarse porque se dio
cuenta que no era un gran escritor. Esto, en parte, lo redime".
Tal
como gran parte de las citas y los libros que figuran en la obra de
Borges, la postal es apócrifa. Un juego que inventó el poeta
mexicano José Emilio Pacheco para reírse un poco de Borges y de
Hemingway. Pero
como toda broma, encierra algo de cierto: Borges no toleraba a
Hemingway. Ni sus historias ni al personaje que se inventó. Y José
Emilio Pacheco fantaseó la postal para justificarlo.
Hemingway
se mató hace 50 años, el 2 de julio de 1961. Veinticinco años
después murió Borges, el 14 de junio de 1986. Tan diferentes entre
sí, ambos son dos gigantes de la literatura universal, especialmente
del relato corto.
Sus
cuentos están entre las cumbres del género de cualquier época.
Cada uno representa una tradición distinta. Hemingway como una de
las cimas del relato realista. Borges, el gran genio del género
fantástico.
Sus
vidas pueden leerse también como un juego de polos opuestos. “Yo
he hecho todo lo posible para que me guste Hemingway, pero he
fracasado”, ironizaba Borges. “Hay algo en él que me desagrada;
quizá el culto a la violencia, esa brutalidad; es un defecto mío y
no de él”. Borges se veía a sí mismo en las antípodas de
Hemingway.
El
era el hombre ilustrado y pacífico frente al matón que vivía entre
corridas de toros y safaris en Africa. Mientras Hemingway iba a la
guerra, se emborrachaba en bares ruidosos y coleccionaba escopetas,
Borges creaba su mito de lector infinito: su vida transcurría entre
libros, bibliotecas, conferencias y el departamento de su
madre.
Hemingway
cultivó la leyenda del macho, el cazador de leones y
mujeres.
Borges,
a su vez, vivió con discreción, acaso con timidez y con cierto
pánico por el sexo. Políticamente antagónicos, el autor de El
viejo y el mar apoyó el bando republicano en la Guerra Civil
Española y, como casi todos los escritores de la época, tenía el
corazón puesto a la izquierda. El autor de Fervor de Buenos
Aires, en
cambio, fue un conservador profesional, deportivo, que hizo de las
declaraciones políticamente incorrectas un género paralelo a su
obra. Ambos, y a su modo, practicaron la ingenuidad política.
“Hemingway, cierta vez, disparatadamente, se comparó con Kipling,
a quien consideraba su maestro. Fue medio compadre y terminó
matándose porque se dio cuenta de que no era un gran escritor. Esto
lo salva en parte”, comentó Borges.
Hemingway era el escritor de
la experiencia. Borges, de la imaginación. El primero fue un
bestseller, un escritor de fama mundial. El segundo, un narrador de
minorías, favorito de críticos y académicos. Hemingway ganó el
Nobel. Borges murió sin él. Fiel a su leyenda, Hemingway se mató
de un escopetazo. El mundo se estremeció. Borges murió en Suiza,
lejos de Buenos Aires. El Mundial de Fútbol de México, que ganaría
Argentina, le quitó atención. Fue una muerte austera, silenciosa y,
como en sus cuentos, con aire espectral.
Pero
aun con todas sus diferencias, algo los unió: la admiración por la
valentía. Está en sus libros: la fascinación por el coraje. El
valor como categoría moral.
Hemingway
es una de las cimas del relato realista.
Borges,
un genio del género fantástico.
Fuente
: L'Omero della Pampa
Raúl
Schenardi y
Andrés
Gómez Bravo
La
Tercera Chile
9
de julio de 2011