Friday, May 19, 2017

Vivir y sobrevivir


John Hemingway y Kristina Efrémova contentos en Key West con este nuevo desafío para la familia. Un slogan impactante: Vivir una vida que te sobrevivirá. Nada mejor que brindar y augurar los mejores momentos de felicidad. Salud, amigos.


Monday, May 15, 2017

MURAKAMI y HEMINGWAY

Haruki Murakami tiene un público que lo admira y otro que lo detesta. Es sabido que año tras año, cuando se habla del Nobel, siempre aparece su nombre. En su reciente libro el escritor traza una línea crítica muy profunda donde desnuda lo que la mayoría de los escritores sabemos: nadie quiere a nadie. Pero en boca de un autor como Murakami toma otra significación: "De vez en cuando llegan a mis oídos historias de amistad entre escritores. Entonces no puedo evitar pensar que solo se trata de cuentos chinos. Tal vez ocurra durante un tiempo, pero no creo que una amistad verdadera entre personas así pueda durar mucho tiempo. En esencia, los escritores somos seres egoístas y competitivos. Una fuerte rivalidad nos espolea día y noche. Si se reúne un grupo de escritores, seguro que se dan más casos de antipatía que de lo contrario. He vivido varias experiencias en este sentido". ¿Acaso esta afirmación no es cierta?. Siempre la rivalidad está como punta de lanza y todos lo sabemos aunque nos hagamos los tontos. La hipocresía parece ser una virtud y la falsedad una condición que no tiene precio.
Vuelvo a otro pasaje de su libro: "Escribir una novela no es tan difícil. Tampoco escribir una buena novela. No digo que sea fácil, pero, desde luego, no es algo imposible. Sin embargo, hacerlo durante mucho tiempo, sí. No todo el mundo es apto porque son necesarias esas cualidades de las que he estado hablando antes. Tal vez sea algo muy distinto a eso que llamamos "talento". Y aquí viene la historia con Hemingway. Cierta crítica dice que Murakami intenta en sus textos una asociación entre Hemingway y Kafka. Yo no me atrevería a tanto. El japonés tiene mucho respeto por Hemingway, y eso se advierte porque una y otra vez recurre a Ernest. Dice Haruki: "Por encima de cualquier otra cosa, lo que quiero transmitir es que para un escritor lo más importante es su capacidad individual" y esto cierra su valoración sobre Hemingway. Murakami nos señala ese concepto al que personalmente me aferro desde que perfilé este espacio. Más allá de toda crítica, el meollo de la cuestión es esa capacidad la que motoriza el desarrollo de una obra que perdura y concentra la vitalidad de un lenguaje propio.
Ahora un poco más de Murakami y Hemingway.
"Me parece que cuando uno empieza a escribir y no tiene claro sobre qué hacerlo, cuesta mucho arrancar el motor, pero en cuanto el vehículo avanza las cosas resultan mucho más fáciles. Uno no tiene nada sobre lo que escribir, de acuerdo. Planteado de otro modo significa que puede escribir con total libertad sobre lo que le plazca. Aunque el material que tenemos entre manos sea ligero, limitado, una vez bien combinado y sazonado con ese poco de magia, nos permitirá levantar una historia hasta donde queramos. Si llegamos a dominar ese empeño y no perdemos de vista una sana ambición, podremos estructurar algo con peso y profundidad hasta extremos sorprendentes.
En el lado contrario, los escritores que empiezan desde el primer momento a trabajar con materiales muy pesados tienen tendencia a dejarse arrastrar por ese peso, aunque no les sucede a todos, obviamente. Por ejemplo, los autores que empezaron a escribir sobre sus experiencias vitales en la guerra, una vez que cubren ese período desde distintos ángulos y perspectivas, a menudo terminan por bloquearse y son incapaces de encontrar temas nuevos. De igual manera, se da el caso opuesto, en el que determinados autores dan un golpe de timón radical, abordan temas nuevos y crecen como escritores. Otros, por desgracia, son incapaces de cambiar el rumbo y pierden fuelle poco a poco.


Ernest Hemingway es, sin duda, uno de los autores más influyentes del siglo xx y podría afirmarse casi con el consenso de todos que sus mejores obras fueron las primeras. Siento especial devoción por sus dos primeras novelas largas, "Fiesta" y "Adiós a las armas", y por los relatos de "Nick Adams". De todas ellas se desprende una energía que a mí, personalmente, me corta la respiración. Sin embargo, obras posteriores suyas, aunque siguen siendo las de un autor excelente, flaquean en potencia y sus frases dejan de golpear con la misma viveza que al principio. Supongo que en parte se debe a que Hemingway era ese tipo de escritor que escribe movido por la fuerza inherente de los materiales que maneja. Quizá por eso se implicó tanto en los conflictos sobre los que escribía (la primera guerra mundial, la Guerra Civil española, la segunda guerra mundial), por eso se construyó una casa en África o, por eso mismo, se sumergió en el mundo de la tauromaquía. En mi opinión, necesitaba de constantes estímulos externos. Es fácil que una vida así se convierta en leyenda, pero, por pura lógica, a medida que pasan los años el dinamismo que ofrece la experiencia disminuye sin cesar. Aunque la verdadera razón solo la conoció él, a lo mejor por eso se refugió en el alcohol y terminó por suicidarse en el apogeo de su fama pocos años después de haber recibido el Premio Nobel en 1954."

Fragmento del libro "De qué hablo cuando hablo de escribir",Tusquets Editores,2017

Tuesday, April 25, 2017

TOVARICH HEMINGWAY



Un libro desvela en Estados Unidos la errática colaboración de Ernest Hemingway con los servicios secretos de la Unión Soviética, sus fantasías de espía y hombre de acción durante la Guerra Mundial y el pánico que sintió cuando la Caza de Brujas cayó sobre sus colegas en los años 50.


Writer, sailor, soldier, spyes el título que Nicholas Reynolds le ha puesto a su libro sobre la carrera de espía de Ernest Hemingway al servicio de la Unión Soviética. Y vaya frase tan buena: su melodía sincopada remite a Tinker, taylor, soldier, spy, el nombre en inglés deEl topo, de John Le Carré.

Así, Reynolds parece decir que Smiley, el agente inglés de la novela, es el reflejo en negativo de este Papa espía.

En las novelas de Le Carré, Smiley intercambiaba golpes a ciegas contra Karla, su némesis soviética: cada uno estaba empeñado en encontrar la única debilidad de su rival (la esposa huidiza de Smiley, la hija neurótica de Karla). En cambio, en el libro de Reynolds la gracia es descubrir que Hemingway era todo debilidades: sentimentalismo, fanfarronería, cambios de humor, impaciencia, locuacidad alcohólica...

Y, sin embargo, medio mundo pensó en el escritor como agente de información secreta.Menudo malentendido.

Durante 336 páginas (no hay aún edición española), Writer, sailor, soldier, spy se lee en clave de casi-comedia.






Luego, termina en suicidio. El pobre Hem no sabía que la vida de los espías era algo más complicada que una novela de Ian Fleming.

La noticia de la colaboración entre Hemingway y el NKVD (la posterior KGB) apareció en Rusia en 2009 y después cayó en el olvido de las anécdotas... Hasta que llegó a las manos de Reynolds, un investigador empleado hasta entonces en contar la historia de la CIA. Acopló los archivos moscovitas sobre el escritor (a menudo elusivos) con sus escritos y sus biografías y... ¿Por dónde empezar? Por España, claro. A España a la Guerra Civil, llegó Hemingway quizá secretamente becado por la Unión Soviética.

¿Quizá? No hay datos concluyentes pero se sabe que los informadores soviéticos habían puesto a Hemingway en su rádar a partir de un artículo escrito en una revista de izquierdas, New Masses. Allí, Hemingway documentaba las consecuencias del enésimo ciclón que cruzaba Florida, el estado en el que se vivía. Los pobres se habían arruinado. A los ricos ni siquiera se les había movido el  sombrero.A partir de ahí, Hemingway elevaba la crítica a una enmienda a la totalidad. El New Deal le parecía un engaño. Roosevelt, un estafador. 

En el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA) se entusiasmaron. Los libros de Hemingway aparecieron en ruso y su traductor en Moscú le invitó a viajar a la URSS.Nunca fue posible ese viaje, pero en 1937 sí que hubo ocasión de partir hacia Madrid, donde el estado paralelo soviético, instalado en el Hotel Gaylord de la calle Alfonso XI (los periodistas estaban en el Florida de Gran Vía), convirtió a Hemingway en su preferido.

Estuvieron listos los soviéticos.Como lazarillo eligieron a un cineasta holandés y comunista, Joris Ivers, que lo primero que hizo fue acompañarle al frente y, en medio del fuego, demostrarle que «tenía un par de pelotas».

Aquella era la medida definitiva del respeto que podía merecerle un hombre. Hemingway admiraba a la corte rusa que encontró en Madrid. Sólo entre ellos había un plan claro por ganar la guerra. 

Además, estaba la vanidad. Hemingway se moría por estar en el ajo. Por comer con el legendario Orlov. Por sentirse uno más en el equipo de los más hombres. Sus crónicas de la guerra, espléndidamente pagadas (un dólar por palabra), fueron quizá su primer servicio inconsciente como agente de la URSS. Lo mismo puede decirse de su famoso enfrentamiento con John Dos Passos, que buscaba a su traductor español, José Robles, desaparecido por los soviéticos. 

Hemingway le dijo a su colega y antiguo amigo que dejara de molestar a sus anfitriones. No fue amable: «Te voy a destruir».







Cuando Hem volvió a América, publicó¿Por quién doblan las campanas?, su novela sobre la Guerra Civil. Sorprendentemente, el relato sólo era en parte prosoviético. Los comunistas estadounidenses se sintieron decepcionados pero alguien en el NKDV decidió que ese sí-pero-no podía ser la coartada perfecta para un agente secreto. La persona se llamaba Jacob Golos y contactó con Hemingway en Nueva York para sondearlo. Sí, el escritor seguía simpatizando con Moscú (pese a que las noticias sobre las purgas de Stalin ya eran conocidas) y, sobre todo, se guardaba su peor desdén para las democracias liberales. Reino Unido, Francia, Estados Unidos... Nadie había movido un dedo por su querida República Española. Y sí: Hemingway estaba abierto a colaborar con Golos y sus hombres. ¿Cómo? Habría que pensarlo. Quizá podría transmitir la agenda de los comunistas a través de sus textos. O quizá podría confiarles sus opiniones como un contacto entre la gente de poder en Estados Unidos... Ya se vería.

Hemingway hubiera preferido algo de más acción. Por eso, cuando estalló la II Guerra Mundial, no quiso esperar y se inventó un nuevo empleo como agente secreto. 

Papa, por entonces, ya se había instalado en Cuba, así que se dirigió a la Embajada de Estados Unidos en La Habana y se ofreció para crear una agencia de espionaje independiente con la que vigilar a agentes proalemanes en la isla. Sobre todo, entre los emigrantes españoles de simpatías franquistas. La idea era bastante peregrina pero en la Embajada no supieron decirle que no o quizá fueran igual de poco profesionales que el escritor. Todos se pusieron a jugar a espías durante meses... al servicio de Washington y no de Moscú.

Como Hemingway no capturó a nadie, se aburrió y cambió de idea. Consiguió que la Embajada le proporcionara armas y combustible para el Pilar, su barco de pesca.
 El plan, esta vez, era vigilar y abatir submarinos alemanes que navegaran por aguas cubanas. Y aquello fue como jugar a los barquitos y no dar una. 

Martha Gellhorn, la mujer de Hemingway, le dijo que le parecía un modo ridículo de conseguir gasóleo gratis para el barco y poder salir con los amigos. Y Hem enloqueció. El mundo ardía y el hombre estaba imposible como un león enjaulado. Así que Gellhorn maniobró para conseguirle una plaza de corresponsal en el desembarco de Normandía y el camino hacia París.

En Francia, en la guerra, Hemingway fue feliz. Confraternizaba con las tropas, mediaba con los partisanos, ayudaba con los mapas y la traducción, dio algún que otro tiro y, por si fuera poco, empezó a acostarse con Mary Welsh, una corresponsal pelirroja que sería su última mujer... 





Cuando llegó a París, esperaba una medalla pero se encontró con una sanción del Ejército por extralimitarse como corresponsal. Los periodistas no podían ir por ahí haciendo el trabajo de los soldados.

Conclusión: cuando el escritor estadounidense volvió a casa, su irritación contra el sistema había crecido. Y eso le hacía anhelar que los rusos lo pusieran por fin en acción.

En cada visita de los representantes de Moscú, que las hubo durante todo ese tiempo, Hemingway insistió en su disponibilidad. Pero cada reunión acabó en un «muy bien, espera tu momento» que ponía a prueba su paciencia. 

En 1947 puso dinero para Fidel Castro y dio su opinión sobre sus planes para crear una guerrilla en la República Dominicana. Pero eso no era entrar en acción; eso era, más bien, aceptar un sablazo.

Mientras, en Estados Unidos, la Guerra Fría cayó sobre sus colegas escritores. El senador McCarthy arrasó Hollywood y Hemingway recibió alguna invitación para escribir una carta contra la Caza de Brujas. Hemingway la escribió en términos muy desafiantes... pero nunca llegó a enviarla. Tenía pavor a que su amistad con Moscú trascendiera aunque, en realidad, el FBI nunca lo tuvo en la lista negra. 
Cuando alguien le instó por segunda vez a dar un paso adelante, contestó «I am not a fucking traitor». Moscú perdió el interés.

Su siguiente libro fue el menos político de su carrera: El viejo y el mar. En Cuba, conspiró muy vagamente contra Batista.

La policía le mató a un perro para asustarle y él se asustó. Después le llegó la Revolución y también tuvo miedo de la retórica antiyanqui. Habían llegado ya el Nobel, la depresión y la decadencia física a raíz de un par de lesiones. 

Ernest Hemingway estaba ya en el camino de la paranoia y del suicidio. La paranoia de los malos espías.





Luis Alemany para El Mundo(España)

Tuesday, March 28, 2017

LA FINCA VIGÍA


En 1939, después de cubrir la Guerra Civil Española, Hemingway regresó a Cuba con un deseo: huir de los límites de la ciudad.

René Villarreal vivía en la ciudad rural de San Francisco de Paula, a media hora de La Habana, estaba jugando al béisbol cuando un sedán negro se detuvo y un hombre alto bajó del auto: Era Ernest Hemingway. Los chicos corrieron para ayudarlo y Papa los saludó a todos.

Hemingway había alquilado Finca Vigía por un año y contrató al joven René como el encargado de la casa. "Cuando éramos más jóvenes, no sabíamos cómo decir Hemingway", recuerda René. "Cuando vino su hijo de vacaciones, lo llamaba 'Papa', y así empecé yo también a llamarlo 'Papa'. "A medida que pasaba el tiempo, me llamó su hijo de Cuba", dice René. "Él tenía un gran afecto por mí, y yo también lo amaba, realmente como un padre."





René mantuvo la casa de Hemingway durante 22 años. El lugar es ahora un museo, dirigido por el gobierno cubano. Los visitantes vienen de todas partes del mundo. A pesar de que no está permitido recorrer el interior, ven las habitaciones desde el exterior a través de las ventanas, pero René me dio una mirada al interior. Me mostró los trofeos de caza mayor que cuelgan en las paredes, la mesa donde literatos y celebridades del mundo se reunieron. Me mostró el sofá de gran tamaño -Gary Cooper, un invitado frecuente, era demasiado alto para cualquier cama así que dormía allí-. René me mostró los libros de la APA. Me mostró los cuchillos de caza. Me mostró los zapatos de Papa, todavía en su bastidor. La historia dice, que los compró a propósito de un tamaño demasiado grande para una mayor comodidad. Mostró la silla favorita de Papa, la barra de bebidas al alcance de la mano.












"Se levantaba temprano. Después de hacer sus ejercicios se pesaba ", dice René. "Yo le llevarle el desayuno,tomaba una taza de té, zumo de naranja, dos tostadas y mermelada de limón." Luego escribía durante seis horas seguidas de pie, sin camisa y descalzo, sobre un pequeño trozo de piel kudu. "Era muy protector con sus cosas", recuerda René."A veces le oía decir: 'Estoy trabajando bien, he escrito la cantidad de palabras necesarias."

Pero Hemingway se quejaba a veces de su esposa Mar
ie.  Sin embargo, le gustaba tener gente alrededor y los invitaba a venir. María había construido una torre donde Papa podría escribir. Era una buena idea pero Hemingway no lo utilizó muy a menudo. "Solamente una vez", dice René. "Lo ayudé a llevar la máquina de escribir y sus manuscritos arriba y se instaló allí y creo que no más de 15 o 20 minutos más tarde Papa bajó. No puedo trabajar allí. necesito la casa". Él estaba acostumbrado a trabajar aquí, entre los gatos en el medio ambiente zumbido de la casa ".

Cuando no escribía, Hemingway salía de pesca. Su barco, Pilar, ha sido llevado hasta la finca. Después de un día en el mar, Hemingway y su capitán, Gregorio, se sentaban en su mesa de la esquina en La Terraza, con vista al mar.

"Él sabía de las cosas que hacen los peces, para que pudiera atraparlos", dice Gregorio, quien recuerda un viaje que inspiró un libro. "Cuando fuimos a la mar, encontramos el viejo y el mar. Lo encontramos a la deriva en un pequeño bote con un gran pez atado", recuerda Gregorio. "Y cuando lo fue a escribir, quería darle un nombre. Lo nombré El viejo y el mar".








Gregorio Fuentes no era un hombre de edad en el momento y tampoco lo fue Ernest Hemingway. Pero a los 60, parecía mayor de lo que era.

Posteriormente, Hemingway dejó la isla, con la esperanza de un día volver. Pero a medida que pasaba el tiempo, se hizo evidente que él nunca lo haría. Un día una carta de él llegó a la finca dirigida a René.

Mi querido son cubano:

Papá se ha quedado sin gas. No soy el mismo hombre que solía ser. Los médicos me han dado una dieta rigurosa, sin sal, sin grasa ... no tengo espíritu de la escritura, que me gustaba mucho. Y pase lo que pase, Papá siempre se acuerda de ti, así que tenga cuidado de los gatos y los perros y lo que te pedí para mí.

Así Hemingway
nos dejó y muchos de los visitantes que cada año a través de las ventanas de La Finca dicen ver a Papa terminan asombrados. Así también la leyenda crece en la imaginación de cada uno de sus fanáticos y amantes de la vida aventurera.





CBS 12 de mayo de 1999 11:24

Wednesday, March 15, 2017

EL VIEJO DEL PUENTE






Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.






Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.





-¿De dónde viene? -le pregunté.
-De San Carlos -dijo, y sonrió.
Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.
-Cuidaba de los animales -explicó.
-Oh -dije, sin entenderlo del todo.
-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.



No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije:
-¿Qué animales eran?
-Animales diversos -dijo negando con la cabeza-. Tuve que dejarlos.



Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.
-¿Qué animales eran? -pregunté.
-En total tres clases de animales -explicó-. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.
-¿Y los ha dejado? -pregunté.
-Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.





-¿Y no tiene familia? -pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.
-No -dijo-. Sólo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.
-¿En qué bando está usted? -le pregunté.
-Yo no tengo bando -dijo-. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.
-Este no es un buen lugar para pararse -dije-. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.
-Esperaré un poco -dijo-, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?
-A Barcelona -le dije.
-No conozco a nadie en esa dirección -dijo-, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.



Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:
-Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?
-Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.
-¿De verdad lo cree?
-¿Por qué no? -dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.
-Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?
-¿Dejó abierta la jaula de los palomos? -pregunté.
-Sí.
-Entonces saldrán volando.
-Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás -dijo.
-Si ya ha descansado, yo si fuera usted me iría -le insistí- . Levántese e intente andar.
-Gracias -dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.
-Yo sólo cuidaba los animales -dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo-. Sólo cuidaba a los animales.






No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre.

Thursday, February 16, 2017

Hemingway y Unamuno

Hemingway, Córdoba y Unamuno

Conocí y hablé con Hemingway dos veces. La primera fue en noviembre de 1956 en Córdoba, concretamente en el bar que regentaba Doña María, justo enfrente de la Mezquita y cuando yo estudiaba 3º de Magisterio en la Escuela Normal. Me había ido aquella mañana, como otras muchas, a pasear y leer al Patio de los Naranjos y estaba en ese momento enfrascado con la novela Fiesta, aunque ya había leído El viejo y el mar. A eso de la una salí por la Puerta del Perdón y al pasar por delante del bar de enfrente vi que entraba, ¡Dios!, el mismísimo Ernest Hemingway y ni corto ni perezoso lo abordé para pedirle que me dedicase su novela. --Bueno, muchacho, espera, primero vamos a saludar a Doña María y a sentarnos-- me dijo cariñoso --¿Sabes tú que Doña María hace los mejores boquerones en vinagre del mundo? Anda, ven, que mientras te firmo vas a probarlos tú también.

Y así sucedió. Porque a Doña María le faltó tiempo para ponerle sobre la mesa varias raciones de sus boquerones en vinagre y una copa de aquel vino, mezcla de Pedro Ximenez y un fino de Montilla, que era la tentación y el mejor anzuelo de la casa. O sea, que gracias al escritor americano descubrí yo la «obra maestra» de Doña María (andando el tiempo llegué a ser amigo de aquella gran mujer y un forofo divulgador de sus boquerones por toda España).







La segunda vez que le vi fue ya en Madrid, en noviembre de 1960. Andaba yo ya tratando de vivir del periodismo, aunque todavía no era periodista (obtendría el titulo 4 años más tarde) cuando un día leí en las páginas de Pueblo que Hemingway estaba en Madrid y se hospedaba en el hotel Palace... Y allí me fui sin pensarlo dos veces. ¡Una entrevista con Hemingway la publicaría cualquier periódico al que la llevase!
Y nada más entrar, en una mesa de la gran Rotonda le vi, estaba solo y con un whisky entre las manos. Me acerqué a él y curiosamente nada mas verme dijo:
--¡Anda, mira quién está aquí! ¿No eres tu aquel joven que comió conmigo boquerones en vinagre en casa de Doña María?
--Pues, sí, Señor Hemingway.
--Déjate de tonterías muchacho, quien haya comido conmigo los boquerones de Doña María ya es amigo mío. Llámame Ernesto a secas.





Y yo le expliqué mi pretensión de hacerle una entrevista, aunque primero fue él quien me interrogó sobre mi vida y mi presencia en Madrid. Sólo entonces, y tras un sorbo de whisky, dijo:
--¿Y qué quieres saber de mí?
--Todo, Don Ernesto, su vida y su obra son apasionantes.
Y aquel hombre fuerte, robusto, más alto que la media de los hombres españoles, aunque ya se le notaba algo cascado (tenía ya 57 años y fama de estar alcoholizado) me abrió su vida y me contó sus múltiples aventuras periodísticas, desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda, sin olvidar la Guerra Civil de España y su novela ¿Por quién doblan las campanas? En un momento dado le pregunté:
--¿Y para usted, D. Ernesto, cuál es la novela más importante que se ha escrito?
--¡Ah, amigo Julio, eso depende de donde estés! --y al ver la cara de sorpresa que yo ponía se echó a reír--. Sí, hombre, no te alarmes, verás: si estoy en París diría que la Madame Bovary de Flaubert; si estoy en Londres, diría que el Ulises de Joyce; si estoy en Moscú diría que Crimen y castigo de Dostoievski; si estoy en mi país diría que Las uvas de la ira, de Steinbeck... pero como estoy en Madrid te diré que la mejor novela que se ha escrito es El Quijote de Cervantes... Ojo, pero hay algo que no hay en ninguna de esas novelas ni en ninguna otra que yo haya leído
--¿Y eso, don Ernesto, qué es? -- dije yo bastante sorprendido
Entonces aquel «grandullón» se levantó, cogió una carpeta de cuero grande que tenía en otra silla de la mesa, la abrió y de ella extrajo un ejemplar de la Niebla de Unamuno y dijo:
--Ten, muchacho, busca el capítulo XXXI y lee esas páginas... Y entonces sabrás lo que es escribir. ¡Porque yo no he leído en mi vida nada parecido!
Yo tomé el ejemplar que me alargaba y con cierto nerviosismo busqué el capítulo que me indicaba y leí varias páginas con verdadera fruición mientras él encendía un puro y pedía al camarero otro whisky. (Se adjunta el texto íntegro del capítulo XXXI en la web www.diariocordoba.com).
Sin embargo, lo más gracioso de aquella entrevista fue que cuando terminamos y ya me iba a marchar me sorprendió.
--Oiga, Señor Merino, no me voy de España sin comer otra vez los boquerones de Doña María. Pienso ir hasta Córdoba mañana o pasado. No se puede uno ir de España sin visitar la Mezquita ni hartarse de «los boquerones en vinagre» de Doña María. Así que si quieres te vienes conmigo.
Y aunque parezca mentira hasta Córdoba me vine con Hemingway el 10 de noviembre de aquel año de 1960... Sólo para comer los boquerones en vinagre de Doña María. Poco después se suicidó en Idaho (EEUU, 1961) de un tiro en la boca.





Julio Merino / para el diario Córdoba de Andalucía / www.diariocordoba.com / Periodista y miembro de la Real Academia de Córdoba.