
Durante 2 años perseguí a Mariel Hemingway. Lo sigo haciendo. Es
una enfermedad, una maldición. En verdad mi paranoia tiene unos cuantos años
más. Se debe a una adolescencia tardía
aún no resuelta. Ya no sé por donde pasa mi carga emocional. Busco la manera de
subsanar la deficiencia, sumo las dificultades y llego a algunas conclusiones:
el primer problema es que ella no habla castellano. El segundo es que yo hablo
un inglés elemental; pero hay otros factores inexcusables como que no tengo
cuenta en Suiza, no soy famoso, mi aspecto es de viejo gruñón y además no
soy un rubio norteamericano de sonrisa
permanente. Para salvar estos escollos debería cambiar totalmente, dedicarme a
la lectura del buen vivir (no a la buena vida), hacer meditación diaria y
mantener una rutina física que, obviamente, no cumplo. Mariel Hemingway vive
desde hace años en un remoto rancho detrás de las montañas de Malibú, en el sur
de California. Todos los días se levanta con su pareja Bobby Williams antes del
amanecer, calienta un té de jazmín verde y recibe los primeros rayos de sol en
su jardín, donde tiene hortalizas orgánicas, un gimnasio y hasta un muro para
escalar. Ella dice que su amor fue quien le enseñó a reír y que casi toda su
felicidad viene de estar con él. Con esto ya tengo la batalla perdida, pero no
la revolución. Veamos.

La heredera Hemingway saltó a la fama con tan solo 16 años cuando
interpretó a la novia adolescente de Woody Allen en Manhattan (1979). El beso que le da en una escena al director (y
también protagonista) fue en realidad su primer beso. El film contó con un
elenco inigualable: Diane Keaton, Meryl Streep y Michael Murphy. Pero ese
papel, que le valió una nominación al Oscar a mejor actriz de reparto, no logró
consolidarla en la elite de Hollywood. No volvió a conseguir un rol importante
y poco a poco descubrió el lado oscuro de su apellido. Se tornó depresiva,
ansiosa y se obsesionó tanto con su salud que dejó de comer. Ensayó de todo:
terapeutas, gurús y hasta astrólogos.
Después de pasar 20 años en busca de respuestas, Mariel encontró
la estabilidad junto a su pareja, un doble de acción de Hollywood, en su
pequeño rancho. Ahora trabaja con varios institutos para acabar con los tabúes
que se han creado alrededor de los trastornos mentales. Además ha escrito dos
libros de autoayuda, uno de cocina y otro de yoga; todo con la esperanza de que
la próxima camada de los Hemingway no tenga que cargar sobre sus hombros el peso
del apellido.
Durante cuatro generaciones la familia de Ernest Hemingway ha
sufrido de enfermedades mentales. Mariel creció sin saber que su abuelo se
había suicidado. Su papá, Jack Hemingway, el hijo mayor del escritor, tampoco
le contó que el hermano, la hermana y el padre del autor de El viejo y el mar se habían quitado la
vida. No quería agobiarla con esas historias. De niña Mariel creía que Ernest,
el héroe que peleó en la Primera Guerra Mundial y cubrió la Guerra Civil
Española, se había disparado un escopetazo por accidente. Pero a pesar de su
ignorancia, la genética familiar definitivamente pesó sobre ella y sus dos
hermanas, Muffet y Margaux.

Muffet, la mayor, empezó a tomar alcohol desde muy joven. A los 14
años, bajo los efectos de LSD, amenazó a su madre con unas tijeras y salió
corriendo desnuda por Ketchum, el lugar donde se suicidó Ernest. Poco después
le diagnosticaron esquizofrenia. Margaux, la del medio, quien se convirtió en
una de las modelos más importantes de los setenta, fue la primera modelo en
cerrar un contrato por un millón de dólares y aparecer en las portadas de Vogue, Time, Elle, Cosmopolitan y Harper’s Bazaar, también se volvió
adicta al trago y a las drogas. En 1996, un día antes del 35 aniversario de la
muerte de su abuelo, ingirió una sobredosis de pastillas que tomaba por la
epilepsia producida por el alcohol y se fue a encontrarse con él. Tenía 42
años.

“Cuando ella murió de inmediato pensé: ahora es mi turno. Ahora la
que se va a enfermar soy yo. En verdad creía que se trataba de un virus y que
lo podía contraer”, dijo Mariel en un reportaje reciente de The New York Times. La menor de las tres
hermanas Hemingway siempre fue la responsable de la familia. De pequeña
recuerda que limpiaba la casa luego de las peleas de sus padres borrachos. A
los 11 años se encargó de cuidar a su madre cuando a esta le apareció un tumor
cancerígeno. Poco después, y sin haber terminado el colegio, se mudó a Nueva
York para vivir con su hermana Margaux.
A pesar de todo yo seguía insistiendo con mails y la posibilidad
de una entrevista. No me contestaba. Al fin, cuando todo parecía acabado, me
dijo que le mandara un cuestionario de preguntas. Así lo hice. Pasó mucho
tiempo y nada. Dejé la cosa en suspenso y preferí seguir de largo. Mariel carga
con una historia difícil y uno debe entenderla. En medio de esos entretelones
me tomé el trabajo de leer Encontrar el equilibro. Los hago
participar con el primer capítulo Postura
de la montaña.
Quiero empezar esta historia de mi vida, simplemente parada. Nuestros propios pies son muy importantes
porque ayudan a nuestras vidas por
su estabilidad y conciencia. Yo estoy
aquí, supuestamente recta y estable, equilibrada y despierta. Pero… ¿soy yo
realmente? Mi peso de ida y vuelta está en mis pies, tratando de encontrar mi
verdadero centro. Lo curioso es que estoy segura de que lo que hoy es el centro
para mí, fue desequilibrio ayer o lo
será mañana. No se olviden de eso. Me comprometo en este momento a estar
presente en mis pies y nada más, con toda mi voluntad, dentro de mi cuerpo.
La premisa de la postura de la montaña, al igual que todas las
posturas de yoga de pie, es estimular el cuerpo y la mente. Uno tensa los
músculos de los muslos y los libera, y después de la liberación busca un punto
de espera que lo haga sentir cómodo, vigorizante, sin tensión. La concentración
es la sensación mayor, yo trato de llevar a todos los músculos de mi cuerpo a
ese estado agradable, siempre de pie en esta aparentemente simple postura. Me
parece que no es en absoluto una cosa fácil de hacer. Hay complejidades en mi
cuerpo, incluso mientras estoy parada ¿Estoy creando una línea en mi cabeza,
orejas y tobillos? ¿Están mis lados
extendidos de manera uniforme, con la misma longitud, profundidad e intensidad? Saco mi columna
hacia arriba de la cintura, sintiendo ligereza en la intención de un cuerpo
recto. Mi cuello es largo y una extensión de mi larga columna vertebral. Abro
los dedos de mis pies para encontrar mi tierra firme ¡ Ah sí! Eso me recuerda
la importancia de mis pies. Contacto sólido con la tierra es la base de esta
postura.
Al reflexionar en la montaña puedo comenzar a entender mi gran
necesidad de estabilidad y arraigo. Algo sobre la estabilidad es tan atractivo
para mí en un mundo en el que me resulta muy difícil sentirme sólida en los
pies, o incluso sentir que estoy dentro de mi cuerpo. Creo que esto viene de
lejos para mí. Es probable que, al igual que le sucede a un montón de gente, mi
sensación de inestabilidad provenga de una infancia donde demasiadas cosas
dieron un vuelco. El cuidado de una madre enferma en una familia devastada, en
un momento en que mi padre también
estaba enfermo y cuando más necesitaba tranquilidad y afecto.
La casa de madera donde transcurrió mi infancia en Ketchum (Idaho)
estaba al otro lado del Río Grande y
pocos kilómetros aguas arriba de la casa donde mi abuelo Ernest había vivido.
Allí se suicidó con una escopeta sólo
cuatro meses antes de mi nacimiento - el cuarto suicidio en mi familia
inmediata- ¿Fue una predisposición genética a la depresión y al alcoholismo, o
un entorno familiar poco saludable que produce hábitos emocionales desastrosos?
Cualquiera sea la causa, es el tipo de álbum familiar que a uno lo lleva a
pensar. Tragedias continuas en sucesivas generaciones de nuestra familia me han
dejado frente a una pizarra llena de problemas y temores cada día de mi vida.
Encontrar mis propias respuestas me ha
llegado a parecer como una cuestión de supervivencia. Esa lucha me ha dado
forma. Es la historia que quiero contar.

Mi desgarrada hermosa madre, Louise Byra Whittlesey o Puck, como
la llamaban, se había casado una vez antes de conocer a mi padre, con un
aviador guapo que voló en la Segunda Guerra Mundial pero que después de la boda
nunca regresó. Ella se quedó con la fantasía de perfecto romance. Por el contrario, la
relación con mi papá se convirtió rápidamente en muy real y los sueños
románticos se desvanecieron. Eso hizo que en nuestra casa se viviera infelizmente. Mis
padres se conocieron en Sun Valley, poco después del final de la guerra. Mamá
estaba trabajando como administradora de United Airlines, una viuda de luto que
era demasiado alta para ser una azafata. En el Sun Valley Lodge se encontró con
un joven apuesto botones llamado Jack Hemingway. Rápidamente se enamoró
perdidamente de su cabello oscuro, la estructura de su cuerpo cincelado y de
sus hermosas piernas. Ella no era una presa fácil, sin embargo. Su corazón
estaba roto e incluso había estado dispuesto a compartirlo, había un montón de
otros pretendientes. Puck lo persiguió durante cuatro años antes de decidir que
una vida de viajes y aventuras con él era mejor que una vida de luto. No podría
haber sido la mejor base para un matrimonio: creo que mi madre no estaba
enamorada de mi padre y él nunca se sintió amado por ella.
Mamá jamás se acostumbró al matrimonio y a pesar de que era buena en los asuntos
internos, le molestaba todo lo que tenía que hacer en la casa. La recuerdo con
su ropa vieja y haciendo las tareas con un balde y trapos de limpieza. A veces tarareaba una
canción. Pero si entrabas a la casa después de que ella había limpiado el piso,
ella gritaba-- "¡¡¡Quítate los zapatos malditos!!!", o simplemente
golpeaba tu brazo y gruñía.
Mi madre era una gran cocinera, pero parecía que cocinaba sólo para
demostrar lo poco apreciada que era. Cada día ella planeaba una receta exótica
para la cena, como picadillo a la cubana o comida italiana con pasta casera.
Ella era una artista, pero durante todo el proceso hermoso de la preparación se
maldecía porque su marido sin probar un
bocado, echaba sal en toda la comida o después de la cena comía queso y
galletas. Sí, siempre estaba enojada con mi padre acerca de la comida. Las
comidas en nuestra casa eran motivo para sentirse incómodo y se terminaban en
mala digestión. Hoy en día, con mi familia, yo siempre trato de agregarle más
amor que talento a mi cocina en la creencia de que la atmósfera de amor en la
mesa es el ingrediente más importante.
En 1970, cuando tenía ocho años, nuestra familia sufrió su primera
gran sorpresa. Papá, el tenista y amante de la naturaleza, tuvo un grave ataque
al corazón, tenía cuarenta años. Sin duda, el abuso del tabaco y alcohol le
pasó su factura, pero yo siempre he pensado que su corazón falló porque estaba
roto y triste. No podía manejar el rechazo constante por la mujer que amaba. De
urgencia aterrizó en el Sun Valley Hospital y permaneció allí durante un mes,
en gran medida dosificado con las drogas. Los medicamentos parecían trabajar en
él como una especie de suero de la verdad y por esto se convirtió en hostil con
mamá, diciéndole lo descuidado que se sentía. Él imprudentemente cayó en un
asunto evidente con una de las enfermeras. Mamá lo supo y se encerró en el
hogar emocionalmente destrozada. Trató de ocultar su vergüenza, pero eso es
casi imposible en una ciudad pequeña, especialmente cuando se tiene un grupo de
hijas pequeñas. Todo el mundo parecía saber todo acerca de nuestro pequeño
escándalo nacional.
Papá llegó a casa del hospital por sus propios medios bajo las
órdenes del médico y ante la sorpresa de nosotros. Le recomendaron evitar el
estrés a toda costa, por lo que fuimos advertidas para mantener un mejor
comportamiento o, de lo contrario, pondríamos en peligro su salud. Ya no más
fumadores en la casa, lo que significaba que mamá también tenía que dejar de
fumar. Ahora su dieta debía ser baja en
grasa, un cambio que sustituía la mantequilla en la mesa por la margarina. ¡Qué
asco! Mamá se rebeló en voz baja, pero con firmeza. Cuando papá estaba
durmiendo la siesta y mis hermanas en la escuela, ella desaparecía y se iba al
cuarto de lavado, abría el armario donde guardaba el tabaco y se sentaba para
fumar "en secreto". Una vez me acuerdo que fui en busca de ella con la muñeca entre mis brazos y observé que desde
el baño emergían oleadas de nubes de humo. Llamé a su puerta. Me respondió:
"¿Qué?" Estaba enojada, salió, me dio una palmada en el trasero y me
mandó a la cocina. No iba a haber nunca ninguna conversación sobre la niebla
del baño. "Al diablo con él", decía en voz baja.
Papá rápidamente superó su romance pero el daño a su matrimonio
aumentaba diariamente. Siempre estábamos tensos. Las cenas se pusieron tan mal
que nos dimos por vencidos en la cocina y decidieron llevarnos a comer afuera.
El centro de la vida familiar en el hogar pasaba por la mayor de mis dos hermanas.
Muffet era once años mayor que yo y me hizo sentir más amada y cuidada como nadie más lo hizo. Cuando estaba en casa, ella
me recogió de la escuela y conducía su auto girando por la carretera como una
serpiente. Mientras yo gritaba de nervios con la risa, ella me explicaba que
nunca debería recibir el sol en mi cara de frente o entrecerrar los ojos si
quería evitar las arrugas. Ella mantendría su hermoso rostro. Pero Muffet cayó
en una dinámica horrible. Ella se escapó al norte de California y allí comenzó su decadencia, se
había ligado en los conciertos de
Grateful Dead con la droga. Recuerdo a mi madre regañándole a ella por sus
vestidos de terciopelo, el lápiz labial oscuro y los pies descalzos. Ella le
gritaba por su actitud individual y el comportamiento irrespetuoso. Ninguno de nosotros tenía la menor idea de que
Muffet a menudo se tropezaba con el LSD.

Yo particularmente recuerdo un día, cuando tenía once años. Había
llegado a casa de la escuela y acababa de comer masas de apio con mantequilla
de maní, salí al patio trasero para saltar en mi cama elástica. Estaba saltando
y dando vueltas, tratando de tocar las nubes con las yemas de los dedos, cuando
oí gritos desde el interior de la casa. A diferencia de los gritos habituales
de una familia inestable, esto era muy urgente, tan urgente que reboté en el
suelo y corrí hacia la casa. En el interior, mi madre y Muffet luchaban cerca
de la escalera. Podía distinguir dos sonidos diferentes en el alboroto. Mamá
estaba tratando de calmar a Muffet desde abajo, hablándole con suavidad,
mientras mi hermana estaba gritando obscenidades de una vida ficticia vivida
como artista en París. Ella le dijo que tenía que volver allí, a sus raíces. Yo
no sabía nada de sus raíces, pero Muffet acababa de regresar de estudiar en la
Sorbona, donde había perfeccionado su francés. Decía que estaba locamente enamorada de Picasso y que
era su amante, todo en un grito, mezclando el inglés y el francés. Me
sorprendió que mi madre, cuya espalda estaba hacia mí, estuviera tan sumisa, no
era su estilo en absoluto. Pero ella parecía aterrorizada.
Me acerqué para ver si podía ayudar y acabar con la pelea y desde
mi nuevo rol me di cuenta que
Muffet estaba amenazando a mamá con un
par de tijeras a centímetros de su cara. Yo no sabía qué hacer - gritar,
agarrar a Muffet, huir o llamar a la policía - así que me quedé inmóvil. Pero mi
madre no estaba tan indefensa. Ella dijo, con voz temblorosa, pero razonable;
"Mira, Muffet, Mariel está detrás de ti. Está asustando." Era
completamente cierto. Estaba aterrorizada. Cuando Muffet se volvió hacia mí,
mamá agarró las tijeras de la mano y la desarmó. Muffet se derritió en
lágrimas, al igual que mamá me uní a ellas. Yo no entendía en absoluto lo que
había sucedido y por qué. Más tarde le contamos a papá y le explicamos que Muffet había tomado LSD.
El ácido provocó en ella un desequilibrio químico importante.
Muffet dijo una vez que su vocación en la vida era volar - realmente volar – y
que la ropa la restringía. Ella amenazó con hacerle daño a mi madre si le impedía
expresar su verdadera naturaleza. Así que un día corrió desnuda por las calles
de Ketchum. Mis padres estaban en una desesperación total y, finalmente, la
internaron en una institución psiquiátrica durante unos meses. Yo no sabía
dónde había ido, pero la extrañaba terriblemente. Para mis padres todo esto no
era sólo un problema, sino una vergüenza en la comunidad. Me dijeron que tenía
algún tipo de enfermedad física. Pasaron varios años antes de que los médicos
más sabios y amigos cariñosos le ayudaran a Muffet a descubrir que su condición
era tratable con un régimen de fármacos terapéuticos y apoyo psicológico.
Mi otra hermana, Margaux, era siete años mayor que yo, y ya empezaba
a mostrar su belleza de supermodelo cuando la familia comenzó a desmoronarse.
Rebelarse contra mamá y papá se convirtió en el patrón de los más jóvenes de la
ciudad que no tendrían más catorce años. Ella era completamente salvaje. No
había diferencia entre los días de rutina escolar y los fines de semana. No
sonaba el toque de queda, ni los gritos y castigos de mis padres la retenían.
Margaux festejaba los fines de semana en las colinas subida a sus esquís,
llenando su mochila con vino o tequila y sin temor a nada. Una vez el personal
de seguridad del complejo Angry tuvo que bajarla de la montaña y acompañarla a
la casa, estaba drogada y borracha. Ella dejó la escuela y cada día se metía en más
problemas. El esfuerzo de mis padres se fue por las nubes. Tan pronto como la
carrera de modelo de Margaux comenzó se fue de casa a la fiesta de la calle.
Con toda esta carga emocional, la actitud de mi madre, las peleas
y la situación de mis dos hermanas, hicieron que dejara de ser la beba de la
familia y no pude tener un modelo a seguir para ayudarme a entender el lado
femenino de mi personalidad. Este ha sido un problema constante en mi vida ¿Qué
es una mujer, qué se supone que haga? ¿Cómo tenía que actuar? Cuando era niña,
trataba frenéticamente de limpiar la casa con la esperanza de que por ser
extraordinariamente buena de alguna manera pudiera curarlo todo. No funcionó,
así que desarrollé mis rutinas de escape como todo el mundo.
Crecí como un marimacho, el esquí y el senderismo fueron mis
aliados, así que antes de que existiera el yoga y la postura de la montaña ya
había montañas en mí. La belleza de la Cordillera de Sawtooth fue un regalo
reconfortante para mí. Cuando pude conducir - los jóvenes en Idaho a los
catorce años lo hacen- me atraparon los
lugares donde las empinadas colinas vinieran justo hasta la carretera. Subí por
senderos polvorientos y rocas hasta los
lugares más altos. El aire fresco de la montaña era un contraste bendecido que
renovaba la atmósfera recalentada de la casa. Me gustaba impulsar el cuerpo
hacia arriba, haciendo un pacto mental conmigo mismo y llegar a la cima de la
colina o el pico más lejano así toda la ansiedad que consumía se iba a caer de
inmediato. Por lo general, trabajó mucho esta dinámica. Al llegar a la parte
superior, con los pulmones y los muslos ardientes, me gusta mirar y sentir que
las cosas empiezan a resolverse por sí mismas. Los músculos en las de las
montañas se consolidan, las rocas ayudan para mantenerse, esa es la diferencia de la inestabilidad que
se vivía en mi casa. Me gustaba correr y saltar hacia abajo, oliendo el olor a
muerte del verano pasado. Al día de hoy, miro con cariño la vista familiar
detrás de mi casa, profundamente reconfortada porque las montañas nunca
cambian, no importa lo que el clima y el medio ambiente a su alrededor.
Eventualmente, tuve que bajar de la seguridad de los picos. Sufrí
el dudoso honor de concurrir a la escuela primaria Ernest Hemingway, donde mis
compañeros me llamaban "perra rica" y me pateaban mientras
estábamos en la cola del teléfono público. Muchos de ellos creyeron que mi
familia era la dueña del establecimiento y todos estaban seguros de que de
alguna manera estaba recibiendo un tratamiento especial. Quería explicarle que
la única conexión que mi abuelo Hemingway tuvo con la escuela fue que mi abuela
hizo una donación para cambiar el piso de madera del gimnasio, pero las
palabras no me salían. Contuve siempre mis lágrimas y recé hasta la graduación.
La sensación de no ser amada por mi padre generó un mí una gran
depresión con el suicidio de Ernest. El efecto de un suicidio es devastador
sobre los que se quedan. Estoy seguro de que papá también se sintió profundamente
abandonado y desamparado, pero él se guardó las emociones para sí. Realmente
debió haber sido demasiado cuando no pudo ganar el amor de su esposa. Se escapó
de nuestro hogar y vivió infeliz prácticamente a la intemperie, recurriendo a
la pesca y la caza como camino de salvación en todo el mundo. Aprecié las veces
que me llevó con él a pescar en el norte de las Rocallosas, o en los flujos del
Pacífico tratando de conseguir las truchas arco iris. A través de él, aprendí a
amar la naturaleza, a pesar de que nuestro tiempo junto no era abiertamente demostrativo conmigo. De alguna
manera, no podía comunicarme directamente su amor por mí, nunca fue
demostrativo en sus emociones, así que él reveló sus sentimientos a través de
una intensa y competitiva relación deportiva y de comunicación con la
naturaleza. Cuando yo jugaba a algún deporte o entrenaba para las carreras de esquí, siempre me decía
que él corrió aún más lejos. Si yo escalaba, el decía que había subido más alto
y si jugaba al tenis también que regañaba. Siempre sentí que estaba demostrando
que era mejor que yo. No entendí hasta mucho más tarde que era su manera
confusa de demostrar amor.
Por razones obvias, papá casi nunca mencionaba a su famoso padre.
Tuve que descubrir los escritos de Ernest Hemingway por mí mismo. Como la
mayoría de los estudiantes, lo primero que tomé fue El viejo
y el mar. Yo tenía once años, una lectura lenta y mucho miedo de no entender
el libro, pero la profunda y simple prosa me llevó hasta bien entrada la noche,
sobre las aguas de ultramar fuera de Cuba con Santiago. Sentí que entendía a mi
abuelo, supe por primera vez que en realidad era mi familia. Compartimos la
misma sangre. Sentí que él entendía mejor que nadie a todos nosotros. Fue el
comienzo de mi amor por los libros.
Margaux rara vez se tomaba
tiempo en su vida salvaje para visitarnos, pero cuando lo hacía me
dejaba con los ojos abiertos con su belleza y su temerario sentido de la
diversión. Cuando llegó a la adolescencia la estimularon con un papel en una película. Sin embargo, fuera de la ficción, estaba siendo
obligada a crecer muy rápido.
A mi madre en 1975 le
diagnosticaron un cáncer y realmente
llegué a sentir que no había nadie que se ocupara de mí sino lo hacía yo misma.
Cuando participé en Lipstick, la
gente decía que era una estrella, mientras que la actuación de Margaux fue
criticada dolorosamente. Se intensificó su comportamiento autodestructivo y la
distancia entre nosotras comenzó a adquirir dimensión adulta.
Con el cáncer de mi madre toda la familia estaba acongojada pero
igual nos sorprendimos cuando Muffet, que había controlado su enfermedad lo
suficientemente bien, pudo enamorarse y casarse aunque sufría permanentes
crisis nerviosas. Simplemente porque rehusaba a tomar su medicamento. Su
matrimonio se derrumbó y ella regresó a nuestra casa al cuidado de mi madre,
quien vivía sometida a quimioterapia y
radioterapia. Fue entonces cuando comenzó con el largo período de vivir con el
miedo que me enfermaba como a mi madre y
pensaba que me volvería como mis hermanas.
Elegí crecer entonces como muchos menores a lo que se los somete a situaciones difíciles en su vida, por lo que tienen que madurar de golpe.
Sin duda, mi situación me impulsó a
buscar el amor y la estabilidad.
Voy a entrar muy pronto en ese paseo salvaje con la naturaleza,
pero por ahora vamos a volver a la estera de yoga, donde estoy de pie lo más
recta, quieta y consciente que puedo estar en este día. Me concentro y juego
con todos mis músculos para que pueda encontrar la montaña tranquila y sólido
que soy yo. Aquí encuentro el silencio.
Extraído de Encontrar
el equilibrio Copyright © 2003 por Fox Creek Productions. Traducción: José
María Gatti
Mariel no es una persona fácil, mis preguntas
estaban en lista de espera y no tenía esperanza por las respuestas. Mientras
tanto un documental sobre su familia ya estaba circulando, se trataba de Running fron Crazy (Huyendo de la
locura).
El testimonio narra su vida, la historia personal del grupo
familiar, la enfermedad mental, la drogadicción y el suicidio de siete
familiares.
Dirigida por Barbara Kopple, dos veces ganadora de un Oscar (1976 documental Harlan County y en 1990 el documental Sueño
Americano), la película hace hincapié en la conciencia del suicidio y la
importancia de las evaluaciones de la salud mental. El film está actualmente sólo
mostrándose en festivales. En la cinta se refleja las épicas borracheras de Ernest y se incluye una escena en la que Mariel visita a su abuelo en la casa de Idaho y la habitación donde se suicidó.
Ya lo dijo John Hemingway, otro de los nietos del Premio Pulitzer: "El trastorno bipolar y la depresión clínica son algo propio de mi familia". Quizá por ello Mariel vive dedicada a explorar la presencia de la enfermedad en su entorno y la autodestrucción que provoca. Hay escenas patéticas donde Mariel narra que su padre abusó sexualmente de sus hermanas.
"En casa de los Hemingway no se hablaba de él jamás, Ni siquiera se leían sus libros, Sus nietas habían oído que le gustaban las mujeres, que era corresponsal de guerra, que le encantaba pescar, cazar...pero en realidad no conocían sus demonios internos. Son casi cinco generaciones las que ido ocultando esto", explico la directora del film.
“Hoy no creo que nosotros (la familia) tengamos una maldición,
pero cuando me enteré de las tragedias me dio mucho miedo”, le confesó Mariel a
una reportera en vísperas del estreno de Running
from Crazy (Huyendo de la locura).
"No me sentía como si estuviera loca, pero me sentía como si
viviera en una locura. Ya sabes, en la tierra de locos."
"Mis padres se tomaban
una copa de vino y las cosas eran poco felices," recordó Mariel. "Estaban
realmente teniendo una conversación normal. Pero después de un par de copas de
vino, el alcohol entraba en acción y sucedían asquerosidades."
Cuando una periodista le
preguntó si ella estaba preocupada por su propia salud mental, Mariel Hemingway
respondió: "¿Sabes qué? Honestamente puedo decir por primera vez en mi
vida, que en los últimos cuatro años, no he sentido que alguna secreta y oscura
noche van a venir esos pensamientos y que se abalanzarán sobre mí cómo lo hacía
antes. Por muchos, muchos años pensé, me toca a mí".
“Soy una Hemingway y he luchado contra la depresión y la locura en
mi familia, pero creo que todos compartimos historias similares. Quiero que los
demás se sientan apoyados y el estigma de la enfermedad mental sea destruido. Cuanto
más tengamos un diálogo sobre este tema, mejor para todos.”
“Los Hemingway somos una familia americana tan importante y
emblemática con una gran impronta literaria y cultural. Al principio me sentí
atraído por la idea de hacer una película sobre una familia tan famosa y tal vez
cambiar la percepción de quienes eran y son hoy en día las personas. Mi deseo
es cambiar el trágico legado de los Hemingway
y también trabaja para ayudar y dar esperanza a los que sufren de la
depresión y la enfermedad mental”.
“Yo sé que soy genéticamente predispuesta y es difícil luchar
contra la depresión. Hay que rellenar todos los huecos donde se pueda. Y hay
que decir: "¿Sabes qué? Tengo dificultades". Cuando uno viene de un
entorno familiar como el mío, bueno, si lo mejor que tengo que hacer es cuidar
de mí misma, no creo que eso sea una mala idea. En última instancia, nadie
puede hacerse cargo de tu vida”.
“Yo sufro de depresión. Yo he estado allí. No se ve ninguna luz.
Sin embargo, me di cuenta que en el viaje se trata de aprender a cambiar.
Antes, siempre estaba tratando de encontrar a alguien que me mostrara el cómo,
nadie tiene su receta. Actuamos de
manera ignorante. Usted tiene que pensar en su genética. Todos tenemos un
mensaje en nuestra cabeza que nos dice que estamos mal y que no estamos
haciendo las cosas bien.
La mayoría de la gente no entiende lo imprescindible que es
el tomar el cuidado de sí mismo. Tuve
que decir: ¿Sabes qué? Tengo que entender que no es mi culpa que las cosas
no vayan tan bien. No puedo cambiar si uno no lo decide.”
“Los beneficios finales de la vida vienen de tomarse el tiempo
para reconocer lo que sientes por dentro. La reflexión en silencio trae
tranquilidad a tu vida, reducir la velocidad de la carrera y permitirse un descanso,
un instante, un segundo de sabiduría lo que te permite tomar decisiones de gran
alcance con calma y claridad”.
Mi cuestionario ya quedó en el recuerdo. Mariel está preocupado en otras cosas. Habrá que seguir insistiendo. Todo es cuestión de paciencia.