Friday, June 03, 2011

ENTRE HEMINGWAY, BORGES, DESMOES Y GUTIÉRREZ ALEA

Gracias al comentario del amigo Oznes, respecto del antiguo post BORGES: DESCUBRISTE LA VIDA TARDE, me reencuentro con la obra de Edmundo Desnoes, Memorias del subdesarrollo y el recuerdo de la película que Tomás Gutiérrez Alea realizó en 1968.

Oznes señala: Días o meses después el fortachón Hemingway, famoso por escribir guiones (¿novelas?) terriblemente largos, sobre búfalos que segregan ríos de adrenalina, partisanos de una España fracasada en la Guerra civil y pescadores megalómanos, recibiría 7 shocks eléctricos por semana, para curar su depresión, hasta terminar dándose un tiro en la boca, con la misma infeliz mano que escribió "mierda", refiriéndose al oro de alquimia llamada Borges. Cito al gran escritor cubano Desnoes: “cuando Hemingway, se consiguió un esclavito cubano para que lo sirviera "...Cuba nunca le interesó nada, simplemente se consiguió su isla tropical en el Caribe, el explorador y cundalinga, el gran señor y su esclavo negro, Hemingway debió ser una persona insoportable”.


Me da la sensación que Oznes mezcla un poco las cosas. El promocionado entredicho entre Borges y Hemingway es una suerte de pelea barata que no pasa de la provocación casi adolescente entre dos grandes de la literatura. Hemingway siempre tuvo en claro que su estilo provocador le daba buen resultado. Esa forma degradadora de actuar formó parte de una arquitectura que le sirvió al escritor para que hablaran en todo momento sobre él. Para Borges la obra de Hemingway era una literatura de pistoleros y matones sin mayor crédito que la mirada de un centenar de señoras gordas que compraban sus libros pensado en el aventurero que sometía a sus mujeres con la mirada y las rendía de un cachetazo. Hasta se atrevió a decir el argentino que las historietas mal guionadas terminaban siempre en los baños públicos como papel sanitario.


El lenguaje periodístico de Ernest no le interesaba mucho a Borges, lo descalificaba y en cierta medida lo entendía como escritura menor, pero debe tenerse en cuenta que los dardos envenenados de Georgie siempre se dirigieron hacia sus novelas y no a los relatos cortos. Esto es significativo porque allí en donde Borges no lo golpea al norteamericano hasta dejarlo en al suelo.

Hemingway por su parte criticaba del argentino la forma de vida casi secreta que llevaba Borges. No se lo puede imaginar a Borges rodeado de borrachos o pescando merlines en el mar, como tampoco a Hemingway saludando respetuosamente a una dama de la sociedad. Eran el agua y el aceite. Por lo tanto, estamos en una ida y vuelta que se parece más a un sketch armado que a una crítica despiadada. Seguir insistiendo con la discusión es una tontería. En lo personal toda esta puesta en escena la tomo como un juego de vanidades que solo sirve para la anécdota. Ahora bien, Oznes nos lleva hasta Desnoes y al “esclavito cubano”. Desnoes dice en el prólogo de su novela: "De Baroja, y no de Hemingway, aprendí a escribir con desnudo cuchillo de dos filos. Y de Antonio Machado a rechazar el ampuloso barroco de lo real maravilloso". Me viene a la memoria el recuerdo de esta obra y las palabras del su autor: "Si la sombra de alguna novela está detrás de Memorias... es El extranjero, de Camus. El personaje es una suerte de extranjero en la Revolución. Como extranjeros somos todos en el mundo; todos estamos de paso", señaló en una ocasión. Traigo entonces a Albert Camus y un pasaje de la novela: “Nos acomodamos ambos en los sillones. Comenzó el interrogatorio. Me dijo en primer término que me describía como un carácter taciturno y reservado y quiso saber cuál era mi opinión. Respondí: 'Nunca tengo gran cosa que decir. Por eso me callo'”. Esta última expresión parece tener el mismo sentido que la acuñada por Hemingway: “Dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Y eso es tal vez lo que Desnoes no hace. El escritor pone en boca de Sergio un marcado resabio de resentimiento.


La obra del cubano comienza así: “Antes de desertar, de abandonar la isla y venir a vivir y morir en los United States yo había sido durante veinte años un verdadero creyente en la Revolución cubana, un marxista comprometido, estremecido de fervor revolucionario. ¿Cómo podía dedicarme ahora a enseñar si mi vida era un error? Creo en las devastadoras virtudes de un loser. La cultura anglosajona me ha penetrado, violado, revelado facetas de mi personalidad que hasta ahora desconocía. Soy un loser, un perdedor, y en realidad no me importa ganar, solo me interesa la intensidad de mis sentimientos. Me regodeo en la caída. La tragedia me asienta mucho mejor que el éxito. Don Quijote jamás deshizo un entuerto. Bolívar murió convencido de que había arado en el mar. Ahora y solo ahora –después de mi crueldad con las tiernas y hermosas mujeres, de mi desastrosa entrega al sueño encarnado del socialismo, de haber contribuido a la polución del ambiente, de haber escrito y hablado mierda hasta por los codos, y de contemplar en el espejo las devastaciones del tiempo en mi cuerpo ruinoso– comprendo y aprecio a fondo los humillantes pleasures of loserdom, aprecio los placeres de la perdedumbre.”

La obra de Edmundo Desnoes es una novela existencialista con un corte de monólogo interior lleno de recuerdos y frustraciones. Cuando Tomás Gutiérrez Alea decide llevarla a la pantalla sabe perfectamente que está adaptando la vida de un burgués en decadencia que subsiste con el lamento del conformista en un contexto social que ya está enrarecido por la Revolución.


Desnoes tiene en este marco un dilema sobre ese norteamericano que se adueñó de la isla: “Tengo sentimientos encontrados. Siento amor y odio hacia Hemingway; lo admiro y al mismo tiempo me humilla. Como mi gente; es lo mismo que siento cuando pienso en Fidel, en la revolución”.


Me parece poco feliz la triangulación entre Borges, Hemingway y Desnoes. Agregaría el innecesario aporte sobre la figura de René Villarreal, eso de “esclavito cubano” tiene mucho de terminología fascista. El mayordomo de Hemingway le quedará por siempre agradecido a Ernest el haberlo integrado a su círculo. Nunca fue un esclavo, ni un sometido, al contrario, llegó a ser su hombre de confianza.


Finalmente, la película que imaginó Gutiérrez Alea termina con la fotografía melancólica de una Habana que ya parece sitiada. Esa placa intelectualizada que tiene la fuerza de la historia es la síntesis de un libro que llora la desgracia.

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