Wednesday, May 21, 2014

LOS ASESINOS: ERNEST BORGES Y JORGE LUIS HEMINGWAY




Literariamente se mataron. Los disparos no dieron en el blanco pero las heridas quedaron y las cicatrices muestran que hubo refriega. Dicen los que saben que este puterío los enaltece, pero yo no estoy tan seguro de ello. Hemingway era un cabrón a quien lo hacía feliz denigrar a sus colegas, salvo que estos le endulzaran los oídos con palabras bonitas. Borges con su ironía, dejaba mal parado a quien se le antojara transformando su voz en polémica. Nacieron el mismo año, uno en el Imperio, el otro en el Fin del Mundo. Hemingway, un mujeriego indomable. Borges, un enamoradizo melancólico. El norteamericano, un enfermo por los placeres, el argentino, en eterno displacer. Nunca se cruzaron, salvo en las páginas de algún suplemento literario. Hemingway cargó con el Nobel, Borges nunca lo atrapó. El borracho de Norte se suicidó, el ciego de Sur jamás pensó en ese desenlace.



Ahora que están en el otro mundo, tal vez charlando amigablemente, este cronista que acaba de participar en el Festival Azabache Negro y Blanco de Mar del Plata, con su exposición sobre el cuento Los Asesinos, quiere reconstruir  un concepto que no es nada inoportuno: la relación entre ese texto del norteamericano, con La espera, el cuento maravilloso de Jorge Luis Borges. Nada raro ni novedoso porque ya otros tiraron la línea de pesca y el pez picó sin carnada.

Ustedes recordarán que Borges consideraba a Hemingway un autor menor, “un periodista con destreza pero poca cabeza”, según sus palabras, y como era un amante de la obra de Faulkner, todo aquello que oliera a león en la selva o a mojito cubano, era una porquería. Recuerden que el autor de Fervor de Buenos Aires refiriéndose a su colega dijo: “Hemingway terminó matándose porque se dio cuenta de que no era un gran escritor. Esto lo salva, en parte”. Palabras envenenadas que el tiempo las estrujó y que lograron  catapultar aún más la mística hemingwayana.




Vayamos a los cuentos. Hemingway  escribió su relato en 1926 con el nombre de The Matadors,  basándose en la vida de un boxeador de Chicago que había vendido su pelea a un par de mafiosos que manejaban las apuestas clandestinas. El resultado de los otros malhechores que participaban del juego, fue darle un escarmiento y lo mataron sin piedad. Cuando la revista Scribner´s lo publica, recién pasó a llamarse Los asesinos y al año siguiente el autor lo incluye en su libro Hombres sin mujeres.

El cuento es un concreto segmento de vida con la filosofía del relato corto. La violencia tratada por su autor adquiere todo un inequívoco signo de su tiempo, cuando la Ley Seca dominaba el escenario y muerte no tenia precio. Hemingway sabía de la crónica policial más que cualquiera de sus contemporáneos, su andamiaje literario venía demostrado con el ejercicio físico y mental desarrollado en el Kansas City Star, donde partía las teclas de su máquina de escribir después de haber pasado por el Hospital Central, la Estación del Ferrocarril y el Departamento de Policía, donde se nutría del morbo periodístico.  Queda claro entonces su gimnasia y la mirada crítica sobre ciertos ambientes del bajo mundo ciudadano.



Los asesinos es una historia que busca detenerse, uno como lector espera más, necesita saber si en verdad ese boxeador partido en su soledad quiere aguardar a la muerte o bien desafiarla y en ese fatalismo asoma el rigor del silencio y la riqueza de los diálogos.

Borges publica La Espera en el suplemento del diario La Nación en 1950 y dos años después incluye el cuento en su libro El Aleph. No se puede decir que este relato sea una respuesta a Los Asesinos. Sin embargo ese clima pesado, de angustia, de claudicación, de desasosiego, está muy cerca de la obra de Hemingway. En este caso Alejandro Villari sólo quiere perdurar, no concluir y eso demuestra su alejamiento, su distancia.


El protagonista es un ser oscuro, medroso, nada sociable. No le llega jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. La trama acude al sueño, al mundo velado de la imaginación y la realidad, a ese terreno donde Borges circula en su laberinto. Villari espera y en su letargo imagina y proyecta su final. No sabemos qué culpa debe pagar, cuál  fue su acto inapropiado, a quién no le rindió cuenta de los hechos, pero queda precisado que  en esa magia estaba cuando lo borró la descarga. Así termina la historia, en medio de las dudas y el desaliento.


Ernest Borges y Jorge Luis Hemingway tienen la irremediable certeza de que el tiempo es el relato mágico donde aún hoy la distancia no tiene medida y la muerte no logra instalarse.

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