“La felicidad en la gente
inteligente es la cosa más rara que conozco”, dijo alguna vez Ernest Hemingway.
Esto es muy claro en el pensamiento de Ernest porque en la ignorancia se
vive mejor, reconoció en una entrevista al final de sus días. Su teoría
contrastaba con la de Karl Poper: “la verdadera ignorancia no es la ausencia de
conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos”.
Mucho tiene que ver esto con el
debate filosófico, el sufrimiento emocional y la introspección profunda.
La reflexión no es una observación
cínica del autor, sino un problema emocional que atraviesa la vida de
Hemingway, dilema que se ve claramente en su novela póstuma “El jardín del
Edén”, tristemente desacreditada.
Ernest fue un insatisfecho, una personalidad que decoraba sus vínculos y su deseo de encontrar la felicidad.
Hemingway puso en juego la
ignorancia y el conocimiento para no sufrir. La ignorancia era un refugio para
la paz que le daba cierta tranquilidad.
Hemingway sabía que el hombre
inteligente estaba expuesto a verdades crudas, a situaciones críticas que
molestaban y que agotaban. Desde el plano de lo desconocido la ignorancia
calmaba los nervios y el alcohol hacía su trabajo. Ser feliz para Ernest era
algo inalcanzable porque generaba un esfuerzo y un agotamiento espiritual. Como
resultado todo lo llevaba a una frustración
crónica y al camino diario de su tristeza.
El gran dilema de Hemingway fue
enfrentarse a la verdad, lo cual era incompatible con la paz mental.
La paz mental del norteamericano fue
como un instante frágil. Sus personajes como el mismo, no vivían la serenidad
continua. Para Hemingway, la paz no surgía del pensamiento, sino de la acción concreta.
Pensar demasiado lo llevaba al vacío y el actuar con destreza lo conducía al
orden, algo que detestaba.
En síntesis, la paz mental no era
felicidad, no era descanso, no era ausencia de dolor, sino: lucidez, control y
dignidad en medio del sufrimiento.
La paz en Hemingway era algo que se defendía,
no algo que se poseía.
La ignorancia en Hemingway no era simple
falta de conocimiento: era una posición ética, estética y existencial. En su
obra, ignorar pudo ser una forma de protección, de sabiduría práctica o de
violencia moral. Muchos personajes del autor no querían saber. no porque no
podían, sino porque saber implica sufrir.
Saber lo justo para vivir, ignorar
lo necesario para resistir.
Hemingway quería salir de su
infierno, de su hoguera y no tuvo la valentía de gritar a los vientos su
desesperación. Así vivió atormentado, a pesar de su mente brillante.



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