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Friday, May 28, 2010

HEMINGWAY NO ERA UN PENSADOR (Última parte)

Nihilismo y tauromaquia



El camino recorrido es considerable. Hemingway ha cambiado. ¿Hemos olvidado la introducción de Muerte en la tarde? “El único lugar donde podía verse la vida y la muerte, entiendo la muerte violenta ahora que las guerras han terminado, era en las arenas del toreo, y yo deseaba mucho ir a España, donde podría observarlas” (el subrayado es nuestro). Aún en la paz Hemingway buscaba un sucedáneo de la guerra; ahora renegaba de ella. Más allá del río es la primera novela de Hemingway en la cual el fracaso no parece irremediable. Se confía casi en lo que él se grita: muerte donde hay victoria, él que tan bien había hacernos sentir el fracaso total de sus héroes, aún si los dejaba vivir (en Fiesta, por ejemplo). Otros, como Harry en Las nieves del Kilimanjaro, muere cuando todo se hunde y la descomposición física no es más que el reflejo de esta corrupción moral que ha vaciado a la mayoría de los personajes de Hemingway.



Esta nueva actitud está acompañada por cierto sentimentalismo. Siempre decepciona ver a un “duro” arrepentirse. Hemingway busca, se busca y aún no se ha encontrado. El nihilismo de sus comienzos le pesaba desde hacía mucho e intentaba evadirse ya en los años treinta, por la acción política. En 1935, en Tener y no tener, Harry Morgan comprende al morir que el mundo donde vivimos “de cualquier manera que se tome, un hombre solo está batido de antemano”. Pero el “compromiso” no salvó a Hemingway. La Quinta columna termina en la desesperación más absoluta.






La vejez de un cazador


Es en El viejo y el mar donde reencontramos, después de un intervalo de quince años, el eco de las palabras de Harry Morgan. Santiago, el viejo pescador, también comprende que su soledad era la razón de su fracaso. El pescado milagroso que logra atrapar, se le escapa devorado por los tiburones, pues él estaba solo en el océano infinito. Pero no vuelve al puerto como vencido: el esqueleto del pez espada da testimonio delante de sus camaradas, de su aventura extraordinaria. Esta camaradería que Hemingway siempre buscó, el viejo pescador la descubre, solo, en el mar. La extiende a todas las criaturas –“pez, tú eres mi hermano”- y aún a los astros que velan su combate solitario. Un poco de panteísmo fácil se mezcla en esta nueva solidaridad, pero Santiago –y Hemingway- sabe que la verdadera fraternidad lo espera a lo lejos, en tierra firme, entre los hombres, pues “un hombre, puede ser destruido, pero no vencido”.





             



              



La última obra de Hemingway me parece confirmar la evolución esbozada en Del otro lado del río y entre los árboles, que era mucho más que una simple historia de amor. Era la búsqueda de una nueva moral que constituye lo esencial de El viejo y el mar, y sería erróneo, a mi parecer, buscar en un simbolismo cualquiera, la verdadera significación de esta nouvelle. Los tiburones persiguiendo su presa representaría, se ha dicho, la jauría de críticos que se encarnizan con Hemingway. Puede ser que haya pensado en esta comparación, pero ¡qué importa! Nadie pensará en eso dentro de unos años. El rechazo a escribir un libro simbólico, una especie de Moby Dick, parece el primer cuidado del autor y su éxito en este momento me parece difícilmente controvertible.



Las ideas generales siempre han sido extrañas al genio de Hemingway. Las detestó desde sus comienzos y confiesa en Adiós a las armas: “Siempre me he sentido molesto con las palabras sagrado, glorioso, sacrificio…las palabras abstractas como gloria, honor, coraje o santidad eran indecentes, comparadas con los nombres concretos…”



Estos gestos concretos de la vida de todos los días, pocas veces los reencontré con tanta felicidad como El viejo y el mar. Su “clasicismo” puede ser que sea un poco querido, pero “la precisión barométrica” de su estilo -para emplear una palabra de Edmund Wilson- nunca fue tan sensible como en esta historia de pesca escrita con una maestría ensordecedora. ¿Qué otro escritor osaría revelar todo el curso ulterior de su relato con una de sus frases con sonido de gong – “una hora más tarde, el primer tiburón atacó”- que anuncia el drama sin desflorarlo? ¿Qué otro escritor podría presentar, como él lo hace en Del otro lado del río, a su heroína diciendo simplemente que tenía “un perfil que podía romper vuestro corazón” sin que esta frase sea de una insipidez descorazonante? Hay un estilo Hemingway, en el cual la agudeza de la percepción de lo real, reinventa la poesía. Ese tono es lo que hace tan difícil definir su obra. Hemingway es el burro de carga de todas las críticas, y no solamente de la crítica americana. Sus ideas generales, sin ideas aparentes, su poesía directamente aprehensible resiste el análisis. “La gran cosa, es permanecer, hacer su trabajo, ver, escuchar, aprender y comprender; y escribir cuando se sabe algo, y no antes, ni mucho después. Dejen hacer a los que quieren salvar el mundo si ustedes pueden llegar a verlo claramente y en su conjunto. Entonces, cada detalle que expresen representará el todo, si lo expresan de verdad. No, no es demasiado para hacer un libro, pero sin embargo tenía muchas cositas para decir. Tenía muchas cosas de orden práctico para decir”, escribió en Muerte en la tarde.



Monday, May 24, 2010

HEMINGWAY NO ERA UN PENSADOR
En 1968 el atrevido editor Carlos Pérez, en una edición de 60 páginas, reunió bajo el título de HEMINGWAY Y LA NOVELA DE GUERRA, dos trabajos que a lo largo del tiempo son de una enorme importancia para los hemingwayanos. El primero pertenece a Carlos Baker y el segundo a Francois Erval. De este último voy a reproducir todo su texto. Será en dos entregas. El ensayo de Erval se titula DEL OTRO LADO DEL RÍO: UN VIEJO.


Silencio y desafíos

Después de un silencio de diez años, Hemingway acaba de publicar, casi uno tras otro, dos nuevos títulos, como la mayoría de sus obras a mitad de camino entre la nouvelle y la novela. El segundo, El viejo y el mar, ha sido traducido al francés en un tiempo récord –apareció en los Estados Unidos hace apenas tres meses- pero todavía esperamos Del otro lado del río y entre las hojas, que necesitaría una rehabilitación después de haber sufrido en la prensa americana uno de los recibimientos más ruidosos de la historia literaria. Recibimiento ciertamente injusto que se explica, sin embargo, por algunas actitudes personales de Hemingway, cuyas declaraciones intempestivas lo indisponen con sus críticos más benévolos. Desde Por quién doblan las campanas (1940) Hemingway no había publicado nada pero estaba lejos de callarse. Durante años se había dicho que era un niño terrible, un eterno adolescente, un camorrero incorregible: un buen día, Hemingway se tomó en serio todos esos juicios y se esforzó lo mejor que pudo para parecerse a su retrato, esbozado con alguna ligereza. Entrevistas explosivas llevaban la consternación a sus amigos: Hemingway llegaba hasta a compararse con un boxeador, que debía defender su título mundial contra todos los “challengers” – léase: los autores jóvenes- y él mismo desafiaba al combate a los grandes escritores del pasado que antes habían sido sus modelos. Consideraba haber puesto knock-out o más o menos Maupassant, Turgeniev y muchos otros- únicamente quedaba Tolstoi-. Pero se preparaba a la lucha fina y anunciaba con gran estrépito su opus magnum que maduraba desde hacía una docena de años y que lo colocaría en su verdadero lugar.


Una decepción

Y eso fue Del otro lado del río y entre los árboles. Es necesario confesarlo, la crítica americana era excusable. Se le había anunciado una nueva La Guerra y la Paz de un millar de páginas, que trataba todos los grandes problemas de nuestra época y todo lo que se le dio a manera de alimento fue una novela de amor cuya extensión apenas era superior a la de una nouvelle. La historia era banal, de una banalidad calculada. Un coronel quincuagenario, atacado por una grave enfermedad al corazón, ama a una encantadora contessina italiana de diez y ocho primaveras. Va a morir, lo sabe, pero quiere terminar su vida con belleza: un último gran amor en Venecia. El diálogo de los enamorados llena el libro, diálogo banal, cierto, pero de esa banalidad suntuosa que es el secreto de Hemingway. Las pocas reflexiones militares y políticas no arreglan nada, pues el coronel maltrataba con una alegría salvaje a los más ilustres generales de la segunda guerra mundial. Hemingway estaba visiblemente encantado de haber encontrado este portavoz cómodo que le permitía expresar una opinión que había debido reprimir cuando su breve paso por las corresponsalías de guerra. Su propia competencia le parecía indiscutible: ¿acaso no había declarado, en 1949, a Malcolm Cowley, en una importante entrevista publicada en Life que la liberación de París era un poco su obra?

Se le reprochaba a Hemingway haber escrito una remake de Adiós a las armas. El coronel cardíaco había sido herido en el curso de la primera guerra mundial en las mismas condiciones que Henry en su novela de juventud, y la historia de amor con la condesita sólo era una repetición de la aventura desdichada con Catherine. Si el retomar los temas mayores de una obra basta para que se hable de repetición, entonces Del otro lado del río y entre los árboles es una repetición de todos los libros precedentes de Hemingway. El amor y la muerte son el centro de todas sus novelas y de todas sus nouvelles y están otra vez en Del otro lado del río. Si esta vez estamos en presencia de una simple repetición, Hemingway no ha hecho más que repetirse desde hace un cuarto de siglo. Sin embargo en Del otro lado del río hay un elemento nuevo que atraviesa las palabras del coronel a pesar de todas sus fanfarronerías. Hemingway duda. La violencia, ese valor supremo de su juventud, le parece comprometida. Por supuesto, no tiene nada para colocar en su lugar –Hemingway no era un pensador- pero solo esta duda me parece dirigir una interpretación atenta de su evolución. El amor, siempre presente en su obra, nunca es victorioso. En Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas, su fracaso se justifica por circunstancias exteriores. Pero generalmente Hemingway lo considera con ojo crítico: en Las nieves del Kilimanjaro y en La breve vida feliz de Francis Macomber, sus nouvelles más perfectas, el amor degenera y una de sus más bellas narraciones de amor, la de Una historia muy corta, termina con una frase cínica y brutal. En la Quinta columna, su única pieza de teatro, Hemingway precisa su pensamiento cuando le hace decir al héroe hablando de su amante: “No creas una palabra de lo que digo durante la noche. Es infernal como miento de noche.”

En Madrid sitiada – y el mundo de Hemingway siempre parece una fortaleza sitiada- el amor sólo es pasatiempo, una “comodidad” dice, una distracción tal vez exaltante que nos permite sospechar ese universo perfecto con el cual sueña, pero que siempre está subordinado a la violencia, pan cotidiano de los hombres. Sus heroínas son marimachos desequilibrados o la mayoría de las veces criaturas pasivas –“amebas” ha dicho uno de sus críticos- que sufren a su amante, pero lo dejan intacto. Renata, aunque parezca Catherine y María, es la única que triunfa. El coronel la deja para morir, pero antes se ha “purgado” –el término es de Hemingway- cerca de ella, de su violencia, de su exuberancia, de toda una vida de fracasos justificada solamente por este último amor.

Saturday, May 01, 2010

PHOTOHEMINGWAY 16

Las siluetas de plomo descargaron a la bestia con ayuda de poleas. En la balanza se registró con 915 libras. Alguien escribió el número con una tiza, sobre el lomo del animal. El pez, sujeto de la cola, se exhibió como lo que era, un trofeo único, algo envidiable para cualquier aficionado a la pesca de altura.

Jacinto y la tripulación de la Warner Brothers abandonaron el muelle después de las felicitaciones protocolares. Todos habían quedado agotados por la faena, el sol les había quemado la piel a destajo. Habían emprendido el camino que conducía al Fishing Club, deseosos de tomar cuanto antes una ducha bien fría, de aplicarse un ungüento para la piel lacerada, o de apostarse en la barra y ordenar un gin tonic o un whisky en las rocas. Toda la tripulación se había marchado, excepto Hemingway y Mary. Lástima, con aquel trofeo colgado de la aleta, sin alguien que lo reclame. ¿Qué pretende Jacinto?

-¡Benavente!, grito Hemingway al hombre de la cámara que trabajaba para el Fishing. Un momento – se colocó junto al lomo de casi mil libras y sonrió llenando los pulmones de aire -.

El de la cámara levantó su Leica.

-¡Dispara!, ordenó Hemingway.

Cuando bajaron el Merlín y lo extendieron en el muelle, los locales se tomaron unas fotos muy simpáticas. Mary y la tripulación rodearon al animal y sonreían mirando a la cámara.

Y Hemingway en el medio, acariciando su trofeo.

Moby Dick en Cabo Blanco- Segunda parte/Capítulo 5. Irma del Águila.

Sunday, April 18, 2010

PERSONAS INFLUYENTES CON PIPA



Como dice el “Nano” Serrat… “Mis amigos son unos atorrantes…” El colorado Brian Fuster me manda por correo electrónico una bomba de tiempo: la fotografía donde su adiposo abdomen se tutea con las caderas de Gloria y Emilio Estefan. En otra placa, ya con cara de borracho, aparece abrazado a Barack Obama. Las instantáneas son el recuerdo de una cena imperial que el productor musical ofreció a unas 100 personas en su residencia de Star Island, Miami Beach; donde el sushi fue el plato principal. Claro, esto no fue gratuito. Lejos los esposos dejaron sobre la mesa los moros y cristianos, ese plato proletario hecho de arroz y porotos negros.


Fuster pagó 15.000 dólares por pisar el césped de la casa ¿15.000 verdes? Una locura, un cachetazo para los amigos de la isla. Entonces, lo primero que me pregunto es ¿para qué tantos dólares en juego? Inocente amigo Gatti, para recaudar fondos con motivo de la campaña electoral que se avecina y que tiene como estrella al mismísimo Emilio Estefan. El matrimonio siempre fue amigo de los Bush (perdón no encuentro otro palabra); incluso el viejo Bush en el 2002 lo nombró a Estefan miembro del Comité de las Artes y las Humanidades y del Comité de Asesores Artísticos del presidente. Con ese pergamino se paseó por la Pequeña Habana y saludó en la calle Ocho a más de un cubano disidente ¿Qué hay detrás de todo esto? El voto demócrata en el sur de Florida.


Brian Fuster a quien la política no le importa y de sus compatriotas se ríe muchísimo, me dice que a este altura de su vida se caga en todo y con su plata hace un florero. “Me gusta pasarla bien y aquí vi muchas caras de hijos de puta”, agrega.
Lo más grave es que llevó a la fiesta seis ejemplares de La pipa de Hemingway y los regaló a “personas influyentes”. Pienso…personas influyentes…personas que leen….personas que saben sobre  Hemingway. No me voy a enloquecer. Hace unos días recibí un mail de un italiano quien me criticaba porque hablaba demasiado sobre ese espía maricón y drogadicto. Brian es tan despistado que bien pudo meter en el bolsillo de un “enemigo” algún libro. Lo lamento, la pipa se defiende sola y yo soy un humilde escritor de historias mal contadas.

Monday, March 29, 2010

CAMISETA PARA MASCOTAS


Ya perdí toda esperanza de conquistar a Mariel Hemingway. Mi confesión pública no tiene segunda intención. Ya estoy vencido. Ella nunca me va a mirar y yo estoy como el loro viejo…ya no aprendo a hablar. Lo mío fue una fantasía, una historia inventada para los muchachos socialistas de La Rosa Peregrina de Almagro, una ridiculez propia de un sudaca calentón que se enamoró de la rubia americana de ojos celestes y dientes de perla. Al fin y al cabo mi colapso tiene alusión con el Tío Ernesto no con su nieta. Pero como todo está mezclado, este retozón no deja de aullar y arroja piedras a la silueta de la sibila.




Mariel ahora es una reverente holística amante de la alimentación deleitable y orgánica, dedicada a producir bienestar y mejor calidad de vida a los seres que habitan el planeta, en especial aquellos que acompañan la vida cotidiana de las personas. La sanadora está empeñada en que los perritos tengan su vestido limpio y que al ser recibidos por otros amigos estos se mueran de envidia al verlos tan arreglados. Para lograr su objetivo y mostrar su raigambre aristocrática, Mariel ha creado una línea de camisetas para perros que nadie puede resistirse a comprarla. Pero ahí no termina su eminencia, la  señora de cabello dorado también lanzó zapatillas, vasos de café, remeras, bufandas, platos de melamina, carteras, en fin, todo para el consumo con el sello Hemingway. Digo todo esto porque tengo el catálogo en mis manos y no exagero. Me pregunto si la estrafalaria forma de estar presente no es una manifestación menor, una melonada si se quiere, de las rarezas del viejo eyaculador de Chicago





La reputación, la aureola, la popularidad Hemingway no es una camiseta o una taza de café. El barbudo tenía otros códigos, otra propaganda corporal. Recuerdo que en La Habana un vendedor callejero me ofreció un calendario de la felicidad donde aparecía en una ventana el rostro de Hemingway ¿Felicidad?... “Este es el único mes verdaderamente feliz que he pasado en mi vida” (Pasaje de una carta enviada por Hemingway a su esposa desde el frente de batalla europeo).



Mariel… te perdono, siempre me gustaron las mascotas.¿ Qué tal estas zapatillas para mi día de trabajo?


Monday, March 15, 2010

MOBY DICK EN EL PERÚ

¿Moby Dick ha muerto? Sería lamentable que esto haya sucedido. Hermann Menville cierta vez angustiado patetizó que su Moby Dick no debía ser para el lector “una alegoría odiosa e intolerable”. Tanto cetáceo blanco a esta altura de mi vida no me produce el mismo temor de mi primera infancia. Recuerdo que el libro de tapa dura vino como regalo de cumpleaños de la mano de una tía que parecía muy culta. Siempre confundía de pequeño, Moby Dick con Tifón de Joseph Conrad, cuando pude releer Moby Dick sin la mirada atenta de mi tía, recién entonces logré separar a los autores. Sin embargo las historias de mares y aventureros que pasaron por aquella época ( London, Hemingway, Conrad) me siguen persiguiendo y esta vez el Moby Dick latinoamericano aparece con el sol de Cabo Blanco, escrito por la amiga peruana Irma Del Águila, quien se ha propuesto rescatar al Hemingway petulante que se mezcla con la ralea del Fishing Club para fastidiar a los merlines.



Moby Dick en Cabo Blanco es una excelente novela escrita con significativo dinamismo. No es la aplastante historia que amontona datos banales, por el contrario, pincha al lector con el afán de que el suceso sea un placentero curso de timonero. Al cabo de muchos años este hemingwayano ha leído letras impresas de diferente valor donde el “Tío Ernesto” aparece y desaparece.En varias ocasiones Hemingway es utilizado para remendar una crónica de tonteras que sólo buscan hacerle creer al lector que el escribiente es un conocedor del viejo barbudo. Aquí el diálogo es distinto. El pescador está mirando el Mar Pacífico y la autora escondida en Cristina nos lleva hasta la caleta peruana para recordarnos que un tal Hemingway se quedó una treintena de días y enloqueció buscando el pez gigante de su novela tardía.Con el debido permiso de su autora y dejando bien en claro que esta obra es recomendable y necesaria, voy a transcribir un pasaje de la novela. Ustedes deberían después de la lectura, bucear un poco más en ese paraíso de Cabo Blanco que fue un lugar de humildes pescadores y que ahora la raza de surfistas lo invadió con sus modalidades más exclusivas.

“Ernest Hemingway se dirigía al muelle todas las mañanas antes de las ocho y treinta, listo para iniciar la faena de pesca. En una foto del archivo John F. Kennedy de Boston que revisara Cristina, el escritor sujeta la caña con una mano, mientras sobre uno de sus hombros carga el morral que, es de suponer, contiene los demás instrumentos de pesca y en la mano que quedaba libre la mentada galonera.



Si la Miss Texas no encontraba vientos fuertes y bajaba la Corriente de Humbolt, bastaba con internarse media milla y, con un poco de suerte, se avistaban peces aguja, espadas, atunes y cardúmenes de menor volumen. De otra forma, si la corriente era a favor, había que navegar mar adentro, hasta las 20 millas. Cada mañana, el escritor saludaba a Méndez ni bien saltaba a cubierta. “Hola, chico”. Una palmadita al hombro. “Hoy vamos a pescar nuestro merlín, cuesta lo que cuesta”



“Cuesta lo que cuesta”, así se expresaba en su español gringo- la barriga de Méndez temblequeaba al evocar la anécdota-.Así es don Ernesto, le respondía, y cada quien a lo suyo.



La noticia se había propagado por la caleta de pescadores: el famoso escritor había venido a Cabo Blanco a pescar un merlín gigante y poder filmarlo para la próxima película de la Warner,El viejo y el mar. Méndez, un chiquillo que no terminaba de aprender a escribir con fluidez ya fumaba a escondidas, aceptó el reto. Ya para esa época, la fama del Cabo Blanco Fishing Club como paraíso de la pesca de altura era bien reconocida en los siete mares. Lo que se decía del Fishing Club parecía leyenda. Cuando el club abrió sus puertas, “nos dimos el lujo de quebrar el record mundial de pesca del pez aguja en varias oportunidades, me acuerdo clarito”, lo festejaron los patrones de lancha a punta de mulitas de pisco y cerveza, y Méndez, merodeando la cantina olía la espuma sobre el aserrín, celebrando chistes subidos de tono de los pescadores, la jarana que se armaba hasta las tantas y se decía a sí mismo que así iba a ser él de adulto.



Fue el gringo Glasell el primero en jalar del hilo un pez aguja de más de mil libras “y lo hizo aquisito pues”, en las costas de Cabo Blanco. El mismo personaje impuso, poco antes de la llegada de don Ernesto, la marca mundial de pesca con caña y línea “y que no ha sido superada más nunca”, un animal de 1560 libras. Hay que verlo en fotos para creerlo. “Todo un mostro, bien grandazo era, ! qué Mobydik ni nada!



Pero en definitiva, don Ernesto no tuvo mucha suerte en este safari de alta mar. Pescó cuatro merlines, “bien bonitos y de buen porte”, aunque ninguno llegó a pesar más de mil libras.



-Eso contrarió mucho a don Ernesto porque lo dejó con las ganas de entrar en el equipo de Primera División, como quien dice. No había nada que hacer, tenía el santo de espadas. Así no hay quien pueda.



-¿Y el merlín de 915 libras?



-Sí.¿Qué hay con él?



-¿Qué recuerda de aquella jornada de pesca?



-Poco o casi nada, señorita-indica escuetamente.



¿Cómo que no sabía?,¿no había sido Méndez tripulante de la Miss Texas? El aludido responde afirmativamente, pero que igual desconocía el asunto y que lo sentía.



-Explíquese, por favor.



-Mire, dentraba abril y tuve que regresar al colegio. Mi papá decía que tenía que ir al colegio, si no iba a quedarme burro. En definitiva, Méndez no arroja más pistas sobre aquella jornada de pesca que la propia Mary Welsh Hemingway. Sin Pedro Mayta, el patrón de la Miss Texas, todo queda en nada, como al principio.¿Dónde diablos se habrá metido?



Cristina en ascuas.



Capítulo 14/ Moby Dick en Cabo Blanco
 Irma Del Aguila/Estruendomudoeditores.

Friday, March 05, 2010

LAS PALABRAS PERDIDAS

Cuando en 1959 Hemingway se despide de su amada España, totalmente borracho de nostalgia y melancolía, sabe que no va a regresar. Se lo afirma con lágrimas en los ojos a su amigo, el torero Ordóñez, quien en un acto de fe y confianza le asegura al norteamericano: “En el 61 tu vas a estar en Pamplona porque tienen los huevos bien puestos”. Tal es el deseo del español que contra viento y marea la compromete a Mary Welsh para que adhiera al desafío. Una tarea que parece imposible. Sin embargo, la compañera de un Hemingway acabado, gritón, molesto y agresivo, sin mucha esperanza compra los tickets para la Fiesta Pamplonense. Aquel 1ro. de julio, el viejo sin mar se olvidó de la promesa. No quería más toros ni corridas. Seis días después el San Fermín tenía misa de réquiem. Miguel Ordoñez nunca habló sobre el suicidio. Lo negó, lo sepultó. “Hemingway no se mató, no se mató”, le gritó dos meses después a un periodista que había tratado de cornear su mente. Ordoñez hacía justicia con aquella expresión de su amigo: “Un escritor debe poseer un detector innato de boludeces”. Diría mi amigo Rosendo Castillo: “No hablar al pedo”. Tampoco callar. Tampoco mirar para otro lado. Menos aún quebrar los códigos. Las boludeces son esas pequeñas cosas que joden y entorpecen. Son las miserias escondidas. “Si te caes, quédate quieto y tápate la cabeza. Los toros no te van a pisar”. Los toros no hacen boludeces. Pero el “Tío Ernesto” se quedó solo en la Plaza Consistorial y Mary buscó el bullshit entre el destrozado cráneo: “El señor Hemingway se mató accidentalmente mientras limpiaba un arma esta mañana a las 7.30. No se ha fijado el día de sus servicios fúnebres, que serán privados”



Entonces para “no hablar al pedo” me quedo con aquello de José Luis Castillo Puché: “Hemingway cargaba su muerte sobre los hombros”. Mucho antes de la triste despedida de 1959.