Search This Blog

Tuesday, August 03, 2010

INADECUADO PARA ESTE MOMENTO


Esto no es un acto de cholulismo. Simplemente uno lee las noticias y trata de sacar conclusiones que seguramente a nadie interesan. Lindsay Lohan, estoy seguro, no me necesita. Yo tampoco a ella. Sin embargo, como todo mortal, esta chica es un ser de necesidades.

Que se entienda: todos alguna vez pertenecemos a otros y todos somos parte de ese ser. Yo no me siento capacitado para juzgar las conductas de un semejante. Tampoco para hablar de moral y sanas costumbres. Si mi vecino es consumidor de marihuana o bebedor sin control es su elección. Pero si él me necesita, mi elección será acompañarlo porque una parte de su miseria es mi miseria. La rubia conducía en estado de ebriedad. Se sabe que tiene adicción a las drogas y es bipolar. Cuando ingresó en el Century Regional Detention Facility para cumplir 13 días de arresto por violar la libertad condicional que le habían otorgado, las autoridades del penal se pusieron firmes y decidieron no dejarla pasar con el libro El viejo y el mar. La muchacha pidió explicaciones porque ese libro lo había leído a los catorce años y le cambió la vida. Negativo. Ese libro se lo había regalado un novio que después murió a causa de una sobredosis. Esa novela era una especie de lectura esperanzada. Negativo. Ni bien dejó la prisión se marchó a una Clínica de Salud de Los Ángeles para purgarse durante 90 días. Durante el tiempo que estuvo encarcelada escribió algunos temas y volvió a pedir el libro que le negaron al ingreso. La respuesta fue que “era inadecuado para el momento que estaba atravesando”. Lindsay tiene 24 años, una vida por delante. Esto de señalarla, de declararla enferma, de pensar que es una drogona con dinero, es parte de esa miseria de la que hablaba al principio. A los que determinaron que leer El viejo y el mar era inadecuado les recordaría que el hombre no está hecho para la derrota. Se puede destrozar a un hombre, pero no derrotarlo.

Del resto que hablen los que todavía no arrojaron la primera piedra.

Saturday, July 17, 2010

LOS MOCASINES DE HEMINGWAY


                    
Me resulta extraño que Thomas Raymond me envíe un correo. Obvio, entiendo a los norteamericanos en esto de seducir con los mensajes, pero eso de que en los próximos días voy a recibir un par de mocasines Hemingway, me da risa. Digo esto porque cuando estuve en Finca Vigía y vi los mocasines de Ernest casi caigo desmayado. El tamaño de ese calzado era tan impresionante que por prudencia solo hice un comentario a mi relator, en voz baja, casi en secreto: “¿Es real?”. "Usted que cree", me respondió. Ahora Patrick Hemingway, con sus 82 años, acaba de aprobar una nueva línea de zapatos inspirada en la mística de su padre. La compañía Schnee’s and Shoes dentro de 90 días los pone a la venta para usarlos sin medias como le gustaba a Ernest.

Los zapatos de piel de bisonte y becerro cuestan entre 150 y 235 dólares y pueden hacerse a pedido. Thomas Raymond me dice en su mensaje que “un Hemingway no debe faltar en su botinera” y me azucara con la idea de enviarme un par de mocasines color bermellón. Le voy a responder que no uso mocasines, que el color bermellón no me agrada y que de ser posible solamente me remita el catálogo para tenerlo de recuerdo.


Esto de aprovechar al viejo marinero no es nuevo, ya conocemos los muebles, las camisetas, las lapiceras, los relojes, las cañas de pescar, la ropa deportiva, los anteojos, las agendas, los perfumes y ahora los mocasines. Todo vale para seguir usando el nombre en beneficio del bolsillo.

Sunday, June 27, 2010

EN LIMA SIN MISS TEXAS




Mi visita a Lima tenía por objeto subirme a la Miss Texas. Todo indicaba que sería posible hacerlo sin ninguna dificultad. Error. Cuando llegué al ingreso del Yacht Club, un uniformado me derivó a la oficina de informaciones y la atenta secretaria que me recibió, poco entendía sobre mi deseo de encontrarme con aquella mítica embarcación.

Le expliqué que venía desde la Argentina con mi libro bajo el brazo para donarlo a la biblioteca de la Miss Texas. Con su mirada trataba de decirme que no dependía de ella el acceso al Club. Fui sumamente atento y cordial, le mostré la portada de La pipa de Hemingway y para confirmarle que ese sujeto quien le hablaba era yo, puse la contratapa del libro en primer plano. Abrió aún más los ojos pero no me dio respuesta. Detrás de una mampara de vidrio, una voz anónima crujió: “Tiene que traer permiso”. A ese individuo que bien podría haberse presentado, tratándose de un visitante extranjero que llegaba con datos precisos, le respondí: “¿Qué debo hacer?”. Respuesta: “Deje sus datos”.

 En un papel anoté donde estaba alojado, mi condición de investigador hemingwayano, el nombre de mi libro y el día que regresaba a la Argentina. Hice especial hincapié en mi necesidad de hablar con alguien que me relatara cómo llegó hasta allí la embarcación. Nunca tuve respuesta. Esa misma tarde me encontraría con Irma del Águila, la autora de Moby Dick en Cabo Blanco, para juntos volver y hacer una nota. Tal vez mi error haya sido creer que sólo los trámites burocráticos son patrimonio de un país tan poco serio como Argentina. Es más, podría haber intentado meterme en internet, pinchar HBJCatamaranes.com y decirles a los buenos amigos que un viejo fanaticón estaba en Lima tratando de subirse a la Miss Texas, que había recorrido media ciudad para llegar hasta el club peruano de La Punta, que me interesaba leer esa carta de Luis Bedoya Reyes porque por la pantalla del ordenador es imposible saber cual es el texto, que necesitaba sacarme una fotografía en la pequeña salita de la embarcación donde está la biblioteca, que me hubiera agradado tener en mis manos El viejo y el mar y Hemingway en el Perú de Mario Saavedra Pinón Castillo. Fracaso. Mi amigo Ricardo Koon, enterado de este paso por Lima, me manda un mail diciéndome que salude a Hernán Balderrama y que de paso saque fotografías. Ahora que recuerdo esa voz anónima que saltó a espaldas de la secretaria pusilánime, también hizo mención a un tal Hernán: “Llámalo a Hernán”, ordenó. Pero Hernán nunca llamó y yo no volví hasta el Club. Con los años uno va aprendiendo a no molestar. Decía Ernest: “dos años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar”. Eso lo estoy poniendo en práctica. Lima no tan solo es Miss Texas. Hay siempre algo más que el simple deseo. Ya de regreso, vuelvo con las imágenes del viaje. En mi máquina quedan registradas las fotos de los alrededores del Yacht Club. Me inquieta saber algo sobre Hernán Balderrama y descubro tardíamente que el amigo de Ricardo Koon es Hernán Balderrama Jabaloya, un maduro lobo de mar quien es también juntapalabras. Su libro Rumbo al asombro está a disposición en la librería La casa verde donde estuve revolviendo algunos ejemplares en el coqueto barrio de San Isidro. Me reprocho no haber insistido. A Balderrama le voy a mandar un mail para decirle lo cerca que estuve de su barco y tal vez reconstruir esta historia de frustración. Seguramente le remitiré La pipa y él haga lo propio con su Rumbo al asombro. Mientras tanto la Miss Texas me sigue esperando.


Thursday, June 10, 2010

EN LIMA Y CON MISS TEXAS


En una semana voy a estar en Lima. Mi visita es para asistir a una reunión organizada por un grupo de hemingwayanos en la Miss Texas, la embarcación que utilizó Ernest durante su estadía en Cabo Blanco. Ustedes recordarán que el borrachín ilustrado visitó la caleta unos treinta y cinco días, vigilado por Mary Welsh porque el tío nunca llegaba parado a la habitación número 4 del Fishing Club. Allí un grupete de periodistas quería sacarle algún pensamiento filosófico pero Hemingway estaba en su mundo. También recordarán que no faltaron los jovenes iracundos que se cruzaron; esos iniciados en la literatura que pretendían una palmada en la espalda de su maestro. Entre ellos, un tímido Mario Vargas Llosa que poco pudo decirle al norteamericano. Bien, hoy la embarcación está fondeada en el Yacht Club Peruano de Punta,Callao.Luce espléndida y el pretexto es presentar algunos de nuestros trabajos a bordo de esa nave de 45.7 pies de eslora, 14 tonedadas, 2 camarotes dobles y 2 simples, dos baños completos y una salita donde un bar espera. En ese espacio , entre imágenes de Ernest vamos a leer algunos textos y dejar nuestros libros.

Al regreso les cuento como esta la Lima hermosa y esa Miss Texas que me espera.

Friday, May 28, 2010

HEMINGWAY NO ERA UN PENSADOR (Última parte)

Nihilismo y tauromaquia



El camino recorrido es considerable. Hemingway ha cambiado. ¿Hemos olvidado la introducción de Muerte en la tarde? “El único lugar donde podía verse la vida y la muerte, entiendo la muerte violenta ahora que las guerras han terminado, era en las arenas del toreo, y yo deseaba mucho ir a España, donde podría observarlas” (el subrayado es nuestro). Aún en la paz Hemingway buscaba un sucedáneo de la guerra; ahora renegaba de ella. Más allá del río es la primera novela de Hemingway en la cual el fracaso no parece irremediable. Se confía casi en lo que él se grita: muerte donde hay victoria, él que tan bien había hacernos sentir el fracaso total de sus héroes, aún si los dejaba vivir (en Fiesta, por ejemplo). Otros, como Harry en Las nieves del Kilimanjaro, muere cuando todo se hunde y la descomposición física no es más que el reflejo de esta corrupción moral que ha vaciado a la mayoría de los personajes de Hemingway.



Esta nueva actitud está acompañada por cierto sentimentalismo. Siempre decepciona ver a un “duro” arrepentirse. Hemingway busca, se busca y aún no se ha encontrado. El nihilismo de sus comienzos le pesaba desde hacía mucho e intentaba evadirse ya en los años treinta, por la acción política. En 1935, en Tener y no tener, Harry Morgan comprende al morir que el mundo donde vivimos “de cualquier manera que se tome, un hombre solo está batido de antemano”. Pero el “compromiso” no salvó a Hemingway. La Quinta columna termina en la desesperación más absoluta.






La vejez de un cazador


Es en El viejo y el mar donde reencontramos, después de un intervalo de quince años, el eco de las palabras de Harry Morgan. Santiago, el viejo pescador, también comprende que su soledad era la razón de su fracaso. El pescado milagroso que logra atrapar, se le escapa devorado por los tiburones, pues él estaba solo en el océano infinito. Pero no vuelve al puerto como vencido: el esqueleto del pez espada da testimonio delante de sus camaradas, de su aventura extraordinaria. Esta camaradería que Hemingway siempre buscó, el viejo pescador la descubre, solo, en el mar. La extiende a todas las criaturas –“pez, tú eres mi hermano”- y aún a los astros que velan su combate solitario. Un poco de panteísmo fácil se mezcla en esta nueva solidaridad, pero Santiago –y Hemingway- sabe que la verdadera fraternidad lo espera a lo lejos, en tierra firme, entre los hombres, pues “un hombre, puede ser destruido, pero no vencido”.





             



              



La última obra de Hemingway me parece confirmar la evolución esbozada en Del otro lado del río y entre los árboles, que era mucho más que una simple historia de amor. Era la búsqueda de una nueva moral que constituye lo esencial de El viejo y el mar, y sería erróneo, a mi parecer, buscar en un simbolismo cualquiera, la verdadera significación de esta nouvelle. Los tiburones persiguiendo su presa representaría, se ha dicho, la jauría de críticos que se encarnizan con Hemingway. Puede ser que haya pensado en esta comparación, pero ¡qué importa! Nadie pensará en eso dentro de unos años. El rechazo a escribir un libro simbólico, una especie de Moby Dick, parece el primer cuidado del autor y su éxito en este momento me parece difícilmente controvertible.



Las ideas generales siempre han sido extrañas al genio de Hemingway. Las detestó desde sus comienzos y confiesa en Adiós a las armas: “Siempre me he sentido molesto con las palabras sagrado, glorioso, sacrificio…las palabras abstractas como gloria, honor, coraje o santidad eran indecentes, comparadas con los nombres concretos…”



Estos gestos concretos de la vida de todos los días, pocas veces los reencontré con tanta felicidad como El viejo y el mar. Su “clasicismo” puede ser que sea un poco querido, pero “la precisión barométrica” de su estilo -para emplear una palabra de Edmund Wilson- nunca fue tan sensible como en esta historia de pesca escrita con una maestría ensordecedora. ¿Qué otro escritor osaría revelar todo el curso ulterior de su relato con una de sus frases con sonido de gong – “una hora más tarde, el primer tiburón atacó”- que anuncia el drama sin desflorarlo? ¿Qué otro escritor podría presentar, como él lo hace en Del otro lado del río, a su heroína diciendo simplemente que tenía “un perfil que podía romper vuestro corazón” sin que esta frase sea de una insipidez descorazonante? Hay un estilo Hemingway, en el cual la agudeza de la percepción de lo real, reinventa la poesía. Ese tono es lo que hace tan difícil definir su obra. Hemingway es el burro de carga de todas las críticas, y no solamente de la crítica americana. Sus ideas generales, sin ideas aparentes, su poesía directamente aprehensible resiste el análisis. “La gran cosa, es permanecer, hacer su trabajo, ver, escuchar, aprender y comprender; y escribir cuando se sabe algo, y no antes, ni mucho después. Dejen hacer a los que quieren salvar el mundo si ustedes pueden llegar a verlo claramente y en su conjunto. Entonces, cada detalle que expresen representará el todo, si lo expresan de verdad. No, no es demasiado para hacer un libro, pero sin embargo tenía muchas cositas para decir. Tenía muchas cosas de orden práctico para decir”, escribió en Muerte en la tarde.



Monday, May 24, 2010

HEMINGWAY NO ERA UN PENSADOR
En 1968 el atrevido editor Carlos Pérez, en una edición de 60 páginas, reunió bajo el título de HEMINGWAY Y LA NOVELA DE GUERRA, dos trabajos que a lo largo del tiempo son de una enorme importancia para los hemingwayanos. El primero pertenece a Carlos Baker y el segundo a Francois Erval. De este último voy a reproducir todo su texto. Será en dos entregas. El ensayo de Erval se titula DEL OTRO LADO DEL RÍO: UN VIEJO.


Silencio y desafíos

Después de un silencio de diez años, Hemingway acaba de publicar, casi uno tras otro, dos nuevos títulos, como la mayoría de sus obras a mitad de camino entre la nouvelle y la novela. El segundo, El viejo y el mar, ha sido traducido al francés en un tiempo récord –apareció en los Estados Unidos hace apenas tres meses- pero todavía esperamos Del otro lado del río y entre las hojas, que necesitaría una rehabilitación después de haber sufrido en la prensa americana uno de los recibimientos más ruidosos de la historia literaria. Recibimiento ciertamente injusto que se explica, sin embargo, por algunas actitudes personales de Hemingway, cuyas declaraciones intempestivas lo indisponen con sus críticos más benévolos. Desde Por quién doblan las campanas (1940) Hemingway no había publicado nada pero estaba lejos de callarse. Durante años se había dicho que era un niño terrible, un eterno adolescente, un camorrero incorregible: un buen día, Hemingway se tomó en serio todos esos juicios y se esforzó lo mejor que pudo para parecerse a su retrato, esbozado con alguna ligereza. Entrevistas explosivas llevaban la consternación a sus amigos: Hemingway llegaba hasta a compararse con un boxeador, que debía defender su título mundial contra todos los “challengers” – léase: los autores jóvenes- y él mismo desafiaba al combate a los grandes escritores del pasado que antes habían sido sus modelos. Consideraba haber puesto knock-out o más o menos Maupassant, Turgeniev y muchos otros- únicamente quedaba Tolstoi-. Pero se preparaba a la lucha fina y anunciaba con gran estrépito su opus magnum que maduraba desde hacía una docena de años y que lo colocaría en su verdadero lugar.


Una decepción

Y eso fue Del otro lado del río y entre los árboles. Es necesario confesarlo, la crítica americana era excusable. Se le había anunciado una nueva La Guerra y la Paz de un millar de páginas, que trataba todos los grandes problemas de nuestra época y todo lo que se le dio a manera de alimento fue una novela de amor cuya extensión apenas era superior a la de una nouvelle. La historia era banal, de una banalidad calculada. Un coronel quincuagenario, atacado por una grave enfermedad al corazón, ama a una encantadora contessina italiana de diez y ocho primaveras. Va a morir, lo sabe, pero quiere terminar su vida con belleza: un último gran amor en Venecia. El diálogo de los enamorados llena el libro, diálogo banal, cierto, pero de esa banalidad suntuosa que es el secreto de Hemingway. Las pocas reflexiones militares y políticas no arreglan nada, pues el coronel maltrataba con una alegría salvaje a los más ilustres generales de la segunda guerra mundial. Hemingway estaba visiblemente encantado de haber encontrado este portavoz cómodo que le permitía expresar una opinión que había debido reprimir cuando su breve paso por las corresponsalías de guerra. Su propia competencia le parecía indiscutible: ¿acaso no había declarado, en 1949, a Malcolm Cowley, en una importante entrevista publicada en Life que la liberación de París era un poco su obra?

Se le reprochaba a Hemingway haber escrito una remake de Adiós a las armas. El coronel cardíaco había sido herido en el curso de la primera guerra mundial en las mismas condiciones que Henry en su novela de juventud, y la historia de amor con la condesita sólo era una repetición de la aventura desdichada con Catherine. Si el retomar los temas mayores de una obra basta para que se hable de repetición, entonces Del otro lado del río y entre los árboles es una repetición de todos los libros precedentes de Hemingway. El amor y la muerte son el centro de todas sus novelas y de todas sus nouvelles y están otra vez en Del otro lado del río. Si esta vez estamos en presencia de una simple repetición, Hemingway no ha hecho más que repetirse desde hace un cuarto de siglo. Sin embargo en Del otro lado del río hay un elemento nuevo que atraviesa las palabras del coronel a pesar de todas sus fanfarronerías. Hemingway duda. La violencia, ese valor supremo de su juventud, le parece comprometida. Por supuesto, no tiene nada para colocar en su lugar –Hemingway no era un pensador- pero solo esta duda me parece dirigir una interpretación atenta de su evolución. El amor, siempre presente en su obra, nunca es victorioso. En Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas, su fracaso se justifica por circunstancias exteriores. Pero generalmente Hemingway lo considera con ojo crítico: en Las nieves del Kilimanjaro y en La breve vida feliz de Francis Macomber, sus nouvelles más perfectas, el amor degenera y una de sus más bellas narraciones de amor, la de Una historia muy corta, termina con una frase cínica y brutal. En la Quinta columna, su única pieza de teatro, Hemingway precisa su pensamiento cuando le hace decir al héroe hablando de su amante: “No creas una palabra de lo que digo durante la noche. Es infernal como miento de noche.”

En Madrid sitiada – y el mundo de Hemingway siempre parece una fortaleza sitiada- el amor sólo es pasatiempo, una “comodidad” dice, una distracción tal vez exaltante que nos permite sospechar ese universo perfecto con el cual sueña, pero que siempre está subordinado a la violencia, pan cotidiano de los hombres. Sus heroínas son marimachos desequilibrados o la mayoría de las veces criaturas pasivas –“amebas” ha dicho uno de sus críticos- que sufren a su amante, pero lo dejan intacto. Renata, aunque parezca Catherine y María, es la única que triunfa. El coronel la deja para morir, pero antes se ha “purgado” –el término es de Hemingway- cerca de ella, de su violencia, de su exuberancia, de toda una vida de fracasos justificada solamente por este último amor.

Saturday, May 01, 2010

PHOTOHEMINGWAY 16

Las siluetas de plomo descargaron a la bestia con ayuda de poleas. En la balanza se registró con 915 libras. Alguien escribió el número con una tiza, sobre el lomo del animal. El pez, sujeto de la cola, se exhibió como lo que era, un trofeo único, algo envidiable para cualquier aficionado a la pesca de altura.

Jacinto y la tripulación de la Warner Brothers abandonaron el muelle después de las felicitaciones protocolares. Todos habían quedado agotados por la faena, el sol les había quemado la piel a destajo. Habían emprendido el camino que conducía al Fishing Club, deseosos de tomar cuanto antes una ducha bien fría, de aplicarse un ungüento para la piel lacerada, o de apostarse en la barra y ordenar un gin tonic o un whisky en las rocas. Toda la tripulación se había marchado, excepto Hemingway y Mary. Lástima, con aquel trofeo colgado de la aleta, sin alguien que lo reclame. ¿Qué pretende Jacinto?

-¡Benavente!, grito Hemingway al hombre de la cámara que trabajaba para el Fishing. Un momento – se colocó junto al lomo de casi mil libras y sonrió llenando los pulmones de aire -.

El de la cámara levantó su Leica.

-¡Dispara!, ordenó Hemingway.

Cuando bajaron el Merlín y lo extendieron en el muelle, los locales se tomaron unas fotos muy simpáticas. Mary y la tripulación rodearon al animal y sonreían mirando a la cámara.

Y Hemingway en el medio, acariciando su trofeo.

Moby Dick en Cabo Blanco- Segunda parte/Capítulo 5. Irma del Águila.