Wednesday, August 19, 2009


ALGUNA VEZ FERNANDA PIVANO

Dejé pasar un tiempo prudencial para que este trabajo literario de Guido Guerrera fuera asimilado. Lo presentó en el XII Coloquio Internacional Ernest Hemingway, hace poco más de un mes, en La Habana. En esa misma reunión se habló sobre aquel guardado secreto-no tan secreto-del apoyo económico de Ernest a la Revolución Cubana y de su forzada partida de Cuba sin mayores explicaciones.

Más allá de las verdades ocultas, me interesa el homenaje a Fernanda Pivano, ese reconocimiento a una mujer que acaba de morir.
Lo que sigue es el texto completo de la ponencia que mi amigo gentilmente me permite dar a conocer en este espacio.


FERNANDA PIVANO Y ERNEST HEMINGWAY

Una carta botada y una postal blanqueada por el tiempo. Así la Pivano conoció a Hemingway. Una carta del escritor americano con la que invitaba a la joven traductora a Cortina en 1948.
“Pero yo creía que fuera una fea broma y la eché”. Fue necesaria una segunda postal: “Si tu no vienes llego yo”, y se dio el encuentro en Cortina. Fue ella una de las pocas personas invitadas a la Finca en Cuba.
Así le escribía Hemingway el 20 de octubre luego que regresó a Turín. “Te encontré graciosa y bella y también con una buena cabeza como para pensar... si hay un error que haces, hija mía, creo que sea, en literatura, lo de aceptar la lucha con demasiada facilidad. Yo nunca contesto a un ataque: no respondo. Continúo trabajando. El trabajo lo es todo. A veces en literatura uno se enoja mucho. Pero no contesto nunca, lo mejor que he aprendido es a no contestar. Espero que se mueran. O que se queden sin la razón, o las dos, o a veces los mato con una oración. Mr. Papa”.
Fue con aquel “Tell me about the Nazi” (“Cuéntame alrededor de los Nazis”), soplado en voz baja en una oreja, durante el cálido abrazo, para subrayar su primer encuentro en un hotel de Cortina d’Ampezzo, que nacía uno de los sodalicios más interesantes y chismoseados de la historia literaria del siglo XX. Aquel entre el más insuperable novelista americano de la literatura contemporánea, el Premio Nobel Ernest Hemingway y aquella que ha amado la América, la que ha traducido, difundido, socavada y desentrañado: la italiana Fernanda Pivano.
Esa muchacha, hija de una de las familias más acomodadas de Turín, luego de aquel encuentro en el Hotel Concordia de Cortina, confirmará definitivamente su vocación al ideal de libertad nacido con el rechazo de la Italia de Mussolini.
“Yo misma he sido presa tres veces por el gobierno fascista y una vez por las SS alemanas, pues habían encontrado, en Einaudi, mi contrato para la traducción de “Adiós a las armas” de Ernest Hemingway. Lo que, entre otras cosas, me procuró sucesivamente una de las más grandes emociones de mi vida. Lo que me ató enseguida a Hemingway – amo repetir muchas veces Fernanda, que ya tiene noventa años en sus cuentos personales- fue su antifascismo, basado sobre el hecho de no querer guerras, de no aguantar las dictaduras. Y ello sin hablar de su generosidad, de su discreto modo de ayudar a decenas y decenas de personas sin esperar agradecimientos, sin aparecer”.
Una ligazón, aquella entre Mister Papa y la que llamaba hija, condimentada con una relación muy frecuente: Venecia, Cuba y otra vez Cortina, los lugares míticos del imaginario hemingwayano, donde los dos se encontraban y trabajaban en sus respectivos libros.
“Tuve la suerte de trabajar por meses en su mismo escritorio”, subraya con emoción y conmoción Fernanda, observándolo con atención mientras escribía, escuchándolo explicarme con vehemencia porque hacía ciertas correcciones o botaba ciertas hojas… “Un privilegio, el mío, del que nunca dejaré de agradecer a los dioses”.
La ligazón entre Nanda Pivano y Ernest Hemingway ha sido muchas veces razón del usual chismoseo frente a una amistad hombre-mujer que a veces es más intensa que el amor. La misma Pivano, mujer de fina ironía y de refinada inteligencia, siempre ha sido la primera en bromear sobre ello, todas las veces que le ocurrió desafiar a públicos maliciosos y sospechosos.
Hemingway le tenía mucho cariño a Nanda, un cariño por otro lado sin duda correspondido y construido sobre la estima y la confianza y ella fue una de las pocas en quedarse cerca en 1954, cuando regresó a Venecia, luego de la trágica batida en África, que fue el inicio del fin del escritor. Aquí el modo en que recuerda aquel difícil período de convalecencia: " Yo y Mary, su esposa, nos quedábamos sentadas en el piso alrededor de su butaca en el cuarto del hotel Gritti, su preferido, al borde del Canal Grande. Lo mirábamos un poco miedosas, con infinito dolor, con cariño, sin condiciones que sentíamos por el Hombre y por el Novelista, ambos inseparables. Mister Papa me acariciaba el pelo y me decía que tenía que dejar de seguir siendo buena. No era útil para nada, me repetía, tan solo para que yo sufriera y me miraba con los ojos más buenos y disponibles que nunca pude ver. Me decía, con apasionada sinceridad, que yo era leal, “tonta y desafortunada”, sin imaginar que el tiempo le hubiera dado dramáticamente la razón”.
En Hemingway la Pivano encontrará el respeto a la libertad propia y ajena, además de la hostilidad en contra de todo tipo de dictadura, también el deseo y la práctica de una prosa absolutamente sencilla, limpia, seca, que hable de cosas sencillas, de hombres comunes, lejos de la retórica de cierta literatura.
La palabra clave para entender a Hemingway, como lo explica en la “Cronología de las novelas” Fernanda, es “understatement”, un estilo sin énfasis, esencial, directo: “el escritor da voz a los héroes de todos los días con un lenguaje auténtico”.
Una profesión auténtica de poética y de estilo destinada a proyectarse sobre toda la literatura americana de los últimos dos siglos. Un estilo que Fernanda hizo suyo también en el método crítico asumido, decididamente antiacadémico y más cerca al fascino del cuento, y que vuelve su trabajo de divulgadora en un testimonio apasionado y contagioso.
Este método Fernanda lo deriva y hereda del ensayista Malcom Cowley, autor de la primera biografía autorizada sobre Hemingway. Un libro que Hemingway había aprobado porque Cowley había trabajado en las ambulancias en Francia, durante la Gran Guerra y ello los unía en aquel mismo entusiasmo ideológico para combatir la dictadura. Cowley es un modelo para la Pivano opuesto a lo que propone Benedetto Croce y su crítica idealista.
La experiencia crítico-analítica de Fernanda resulta entonces filtrada por la narración brillante y que involucra al lector, a veces teñida de melancolía. Momentos en que aquel hilo rojo de la libertad que empieza con Hemingway y llega hasta la “beat generation”, hasta la desubicación de los años ochenta y noventa, constituyó una inagotable reserva de energía creativa, de ganas de cambio, de entretenida y polémica provocación.
“La biografía de Malcolm Cowley sobre Hemingway me la dio al mismo Hemingway en Cortina, diciéndome: " Este es el único ejemplar..." ( F. Pivano)
Toda la mejor literatura americana moderna se ha desarrollado bajo el lema de la libertad y contra todo lo que esta libertad quería combatir y erradicar, es decir contra cualquier forma de esclavitud.
Fueron sufridas contradicciones las que marcaron la vida de Hemingway, es decir aquella mixtura de ternura y hostilidad, de desesperación y de amor, de angustias existenciales siempre empujadas hacia el exceso y nunca moderadas por la prudencia, donde la última imprudencia sin remedio fue la última y definitiva afrenta al cuerpo, que le derramó aquel cerebro que había modificado la cara de la novelística contemporánea, en aquel trágico dos de julio de 1961 en Sun Valley, después que, l a noche anterior, con la amada Mary, a voz en cuello, cantó aquella cancioncilla ya cantada en Cadore..."Todos me llaman rubia, pero rubia yo no soy: tengo el pelo negro..."
De todas maneras la relación entre Fernanda Pivano y Ernest Hemingway fue sobre todo una relación de amistad, y en ello de seguro fue fundamental la actitud misma de Hemingway, su no querer hablar de los libros que había escrito, su convicción, según la cual, como le dijo una vez, “de literatura y de literatos la gente limpia no tiene que hablar más de cuanto habla de sus propios excrementos (obviamente no utilizó la palabra “excrementos”).” [F. Pivano, Amici scrittori, Milano, Mondadori, 1995, p. 309]
“Amargura y sarcasmo, tristeza y desesperación se sumaban en sus páginas como en las sombras de su rostro y contrastaban las fáciles acusaciones de “lenguaje de periodista” que se le habían quedado pegadas por los artículos escritos cuando era poco más que un adolescente.
“Cuando yo lo conocí, todavía hermosísimo en los inicios de la madurez, las sombras se alternaban todavía a los entusiasmos de felicidad, y la vi que se hacían más densas en los pocos, demasiados pocos años que antecedieron a su muerte, mano a mano que la infelicidad y la mala suerte que le cayeran encima”. “Era preciso para Hemingway no tanto que él conociera lo que había escrito, sino que conociera el porqué lo había escrito, y ello era para mí muy fascinante, pues nuestros escritores no estaban acostumbrados a este interrogante, uno no tan sólo no se lo ponía, sin que, bajo la influencia francesa, hasta decía que no tenía ninguna importancia el porqué lo había escrito, importaban tan sólo las paginas tomadas así páginas de donde nació en América el post modernismo.” [F. Pivano, Hemingway, Milano, Rusconi, 1985, p. 15]
Por conocerlo personalmente Fernanda Pivano puede intentar reconstruir justamente el proceso a través el cual Hemingway realiza sus libros, con sus métodos y sus ritos personales. Así por ejemplo, cuenta que en Cortina como en Cuba, donde fue para encontrarlo en 1956, Hemingway “se levantaba a las cinco o a las seis de la mañana, con el auxilio de una botella de Valpolicella ( es un vino italiano), siempre al alcance de su mano sobre la mesita de noche, y volvía a leer las hojas que había escrito el día anterior, casi siempre botándolas en el basurero y seguía leyendo cien veces las copias dactilografiadas y luego las primeras impresiones de sus libros siempre para recortar y nunca para agregar, en el esfuerzo casi obsesivo de alcanzar, expresar, fijar cada instante, uno tras el otro, de la realidad”. [F. Pivano, Hemingway, cit., p. 15]
En Cortina, cuando “la puerta del cuarto de Hemingway estaba abierta significaba que él estaba descansando del trabajo: el trabajo empezaba a las seis de la mañana y a veces a las cinco. En aquellas horas era mejor no molestarlo, a menos que no fuera él quien buscaba compañía. Pero, si ocurría de hablarle ( eran los años en que ya empezaba a tomar un poco demasiado) se lo encontraba lúcido y cortante como una lima, con su sarcasmo despiadado y chisposo, con sus asociaciones imprevisibles, su desesperación sin fondo, dramática más allá de cualquier posible consuelo”.
“Eran estas las condiciones en las que escribía. Alrededor de las once o al mediodía empezaba la cola de los visitantes y el hechizo terminaba: Hemingway salía de su privacy y contaba a quien fuera el episodio o los episodios que había escritos a la mañana con algún agregado o corte o modificación que los hacía siempre diversos; era su manera de “probar” qué versión fuera la mejor, según la reacción de quien escuchaba”. [Ibidem, p. 40]
Fernanda experimentó este método escuchando una y otra vez varios cuentos que luego entrarían como parte de lo que se definió el libro de Venecia, “Más allá del río y entre los árboles”, el mismo libro a raíz del cual un día la llamó a Cortina, pues quería que lo leyera, necesitaba su opinión, y luego tenía que controlar y corregir la ortografía de las palabras italianas.
Y todo ello no terminó tampoco durante la larga temporada en la que Fernanda se demoró en Finca Vigía.
“Había llegado a La Habana el 25 de marzo 1956. En el aeropuerto Rancho Boyeros estaba Mary que me esperaba con su chofer Juan y en seguida me encontré en lomas que se abalanzaban sobre valles repletos de grandes palmeras, en dirección de la finca donde vivía con Hemingway (que observo en una vieja, famosa foto de Raúl Corrales durante un día de pesca en alto mar), la Finca Vigía, que estaba situada a la entrada de la aldea de San Francisco de Paula, ubicada en la Carretera Central, la arteria que cruzaba casi toda la isla. Por fin, después de la larga carretera tropical, temblorosa de verde y potente sol, llegamos a la reja de la Finca, donde había sido colgado el letrero: " Visitantes no invitados no serán atendidos”
Más allá de la entrada empezaba una ancha avenida que subía y que estaba bordeada por mangos, palmeras y hibiscos, con la Casita, la pequeña habitación reservada a los huéspedes; y entre el murmullo de los picaflores escondidos entre las pesadas hojas infladas y en un diluvio de flores aparecieron, tras una vuelta, los cinco grandes peldaños de piedra y la casa inmaculada de una planta en estilo colonial español. Habíamos entrado en una grande sala de estar amoblada con tres butacas y un sofá, un estante con siete paneles para los discos, tres lámparas, las cabezas momificadas de las presas de la dos batidas, colgadas a las paredes entre cinco André Masson, dos Juan Gris y un Paul Klee, con el atril inclinado, con la máquina para escribir portátil, con la cual, de pie, Hemingway había escrito “Más allá del río y entre los árboles” y escribiría “El viejo y el mar”.
En los dos lados de la sala de estar se encontraban los dos dormitorios, el de Mary ya ampliado y amoblado por ella con una tinta rosada, y el de Hemingway, muy vasto, con una enorme mesa cubierta de pomos de medicamentos y un montón de cartas y libros, la cama grande llena de libros y gatos, la famosa “Finca” de Miró en una pared y una pequeña naturaleza muerta de Braque apoyada en un estante.
Mary había dejado la estola de mártora, un reciente regalo de Hemingway, de la que estaba muy orgullosa, y me había dicho que él no se encontraba, que estaba pescando en Cabo Blanco, en el mar del Perú, pero que llegaría el día siguiente y Juan me llevaría para encontrarlo. Aquella noche Mary me había contado la historia, que parcialmente ya conocía del libro y del film. La imagen de un pez atado a una barca y engullido por los tiburones nació en el abril de 1935, mientras pescaba, con Dos Passos en la corriente del Golfo, mar adentro de Bimini, una isla de las Bahamas: había atado un atún al barco y los tiburones lo habían agredido; cuando lo había izado a bordo quedaba tan sólo el esqueleto.
Una historia basada sobre un punto de partida parecido a la que publicó en Esquire en el número de abril 1936 con el tìíulo “ Sobre el agua azul”: en un párrafo del artículo se podía encontrar el meollo de “El viejo y el mar”, basado en un cuento que le había hecho Carlos Gutiérrez, su compañero de pesca, y que luego se volvió con Gregorio Fuentes el modelo del protagonista Santiago; y en el abril 1951 había escrito en ocho semanas “La historia de Santiago”, que hubiera tenido que ser la cuarta parte de la muchas veces imaginada ‘Novela del mar’...”
Recién entrevisté para mi periódico a la Pivano, que siempre está muy cansada pero tiene todavía la cabeza de una muchachita. “Nanda, ¿Quién era Hemingway?” “Un hombre extraordinario, autoritario y espléndido, una criatura magnífica y a veces muy difícil de comprenderlo.” “ ¿ Cómo trabajaste con él?” “Era una aventura y un desafío. A veces trabajaba con él de un modo muy malo, al revés de lo que me sucedía con Allen Ginsberg. Con él era muy difícil trabajar cuando me hacía trampas y me ponía en apuros o se entretenía con crearme dificultades. Una vez le había pedido aclaraciones con respecto a cierta palabra, una palabra de jerga, y él se encabronó conmigo: "...nunca utilicé la jerga, pues todas las palabras que pongo en mis libros se podían encontrar en las obras de Shakespeare" Era una mentira, pues en otros momentos se lucía por utilizar la que él llamaba la lengua franca, una mixtura de muchos idiomas. Una vez no me habló durante meses, pues durante una conferencia se me escapó decir que algunas de sus descripciones eran casi metafísicas. Ello lo indignó y lo hizo enfadarse mucho”.
“¿Qué emociones sentiste frente a la tumba de Hemingway?” “Estaba arrepentida y desesperada, dice la Pivano, por no haber ido nunca a la tumba de Hemingway, Me emocioné, pero me dio consuelo. Y por dos noches un lindo coyote con una larga cola apareció, a escondidas, me miró en los ojos y se alejó. Y ¿si hubiera sido él, Ernest?”:

Caro Guido, grazie di avere amato e di amare questo grandissimo scrittore (Ernest Hemingway).
Forse il più grande che abbiamo conosciuto.
Pace e Amore
Nanda Pivano

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